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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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—Creo que debo ir a Abila —manifestó Faile, asiendo las riendas de Golondrina—. Alliandre, llevad a Maighdin y a Berelain con vos. —En otras circunstancias, el gesto de la mayeniense de apretar los labios le habría resultado divertido—. Parelean, Arrela y Lacile me acompañarán…

Un hombre gritó, y todos ellos dieron un respingo. A cincuenta metros, uno de los soldados de Alliandre se desplomó de la silla, y un instante después caía uno de la Guardia Alada, con una flecha atravesándole la garganta. Entre los árboles aparecieron Aiel, velados y disparando arcos al tiempo que corrían. Cayeron más soldados. Bain y Chiad se habían incorporado; los negros velos tapaban sus rostros hasta los ojos. Metieron las lanzas en las correas de los estuches de sus arcos, atados a la espalda, y sacaron éstos con gran agilidad, aunque echaron ojeadas a Faile. Había Aiel por todas partes, cientos, al parecer; un cerco que se iba cerrando. Los soldados montados pusieron lanzas en ristre al tiempo que formaban un círculo alrededor de Faile y los otros, pero enseguida empezaron a aparecer brechas a medida que las flechas Aiel daban en el blanco.

—Alguien debe llevar esta información sobre Masema a lord Perrin dijo Faile a Parelean y a las dos mujeres—. ¡Uno de vosotros tiene que llegar hasta él! ¡Cabalgad como el viento! —Su mirada se detuvo en Alliandre y Maighdin. Y también en Berelain—. ¡Todas vosotras, cabalgad como el viento o moriréis aquí! —Sin apenas esperar los gestos de asentimiento de las otras mujeres, clavó talones en los flancos de Golondrina y pasó a través del inútil círculo de jinetes—. ¡A galope! —gritó—. ¡A galope!

Inclinada sobre el cuello de Golondrina, azuzó a la negra yegua para que acelerara. Los cascos levantaron la nieve cuando el animal cabalgó a galope tendido, haciendo honor a su nombre. Tras un centenar de zancadas, Faile pensó que quizá lograría huir; entonces Golondrina relinchó y tropezó, cayendo hacia adelante con un seco chasquido a pata rota. Faile salió lanzada por el aire y aterrizó violentamente, de cara, y el impacto contra el suelo la dejó sin resuello. Jadeando, se incorporó trabajosamente mientras sacaba un cuchillo del cinturón. Golondrina había relinchado antes de tropezar, antes de que sonara el espantoso chasquido.

Un Aiel velado surgió ante ella como si saliese del aire y le golpeó la muñeca con el canto de la mano rígida. El cuchillo cayó de sus dedos, que de repente se habían quedado enervados, y antes de que Faile tuviera tiempo de sacar otro con la mano izquierda, el hombre se le echó encima.

Se resistió, lanzando patadas, puñetazos e incluso asestándole mordiscos, pero el tipo era tan corpulento como Perrin y una cabeza más alto. También parecía igual de duro, a juzgar por el nulo efecto que sus golpes tuvieron en él. Habría llorado de frustración por la facilidad con que la manejó, primero despojándola de todos sus cuchillos y guardándoselos en su propio cinturón, y luego utilizando uno de ellos para cortarle las ropas de arriba a abajo. Casi antes de darse cuenta de lo que ocurría, se encontró desnuda en la nieve, con los brazos atados a la espalda, codo contra codo, con una de sus medias, y la otra ceñida a su cuello como una correa.

No tuvo más remedio que seguirlo, tiritando y tropezando a través de la nieve. Se le puso carne de gallina por el frío. Luz, ¿cómo habría pensado antes que hacía buen día, que la temperatura no era gélida? ¡Luz, ojalá alguien hubiese conseguido escapar con la noticia sobre Masema! Y para informar a Perrin de su captura, naturalmente; pero podría escapar de algún modo. Lo otro era más importante.

El primer cuerpo que vio fue el de Parelean, despatarrado de espaldas, con la espada en una de las manos y la sangre empapando su fina chaqueta con cuchilladas de satén en las mangas. Después fueron muchos más cadáveres, de hombres de la Guardia Alada con sus petos rojos, de soldados de Alliandre con sus yelmos de color verde oscuro, el de uno de los halconeros, con el borní encapuchado aleteando en un esfuerzo inútil de soltarse de los grillos, todavía sujetos prietamente en el puño cerrado del muerto. Sin embargo, se aferró a la esperanza.

Las primeras personas capturadas que vio, arrodilladas entre hombres y mujeres Aiel, que ya habían bajado los velos, fueron Bain y Chiad, ambas desnudas, con las manos sin atar reposando sobre las rodillas. La sangre se deslizaba por la cara de Bain y apelmazaba su pelo rojo. Chiad tenía la mejilla izquierda hinchada y amoratada, y sus grises ojos parecían algo vidriosos. Permanecían arrodilladas, recta la espalda, impasibles y sin mostrar vergüenza por su desnudez, pero cuando el corpulento Aiel la empujó rudamente para que se pusiera de rodillas junto a ellas, ambas reaccionaron.

—Esto no es correcto, Shaido —masculló, furiosa, Chiad.

—Ella no sigue el ji’e’toh —instó Bain—. No podéis hacerla gai’shain.

—Las gai’shain deben guardar silencio —manifestó distraídamente una Doncella de cabello canoso.

Bain y Chiad dirigieron una mirada de disculpa a Faile y luego volvieron a su tranquila espera. Acurrucada, procurando tapar su desnudez, Faile no supo si reír o llorar. Habría escogido a esas dos mujeres para escapar de cualquier sitio, y ninguna de ellas movía un dedo para intentarlo a causa del ji’e’toh.

—Te lo repito, Efalin —rezongó el Aiel que la había capturado—, esto es una insensatez. Avanzamos muy lentamente con esta… nieve. —Pronunció la palabra con dificultad—. Hay demasiados hombres armados en la zona. Deberíamos dirigirnos al este, no tomar más gai’shain que nos retrasarán más aún.

—Sevanna quiere más gai’shain, Rolan —respondió la Doncella canosa. Sin embargo, frunció el entrecejo y en sus duros ojos grises asomó una expresión desaprobadora durante un instante.

Temblando, Faile parpadeó cuando los nombres cobraron sentido en su mente. Sevanna. Shaido. ¡Pero si estaban en la Daga del Verdugo de la Humanidad, a la mayor distancia posible de allí, salvo que cruzaran la Columna Vertebral del Mundo! Pero, obviamente, no se encontraban en aquel lugar. Eso era algo que Perrin debía saber; una razón más para escapar cuanto antes. No parecía que tuviera muchas posibilidades de hacerlo, acurrucada en la nieve y preguntándose qué parte de su cuerpo se congelaría antes. La Rueda se vengaba de su anterior regocijo por la tiritera de Berelain. De hecho, la idea de cubrirse con las túnicas de lana de los gai’shain se le antojaba muy apetecible. No obstante, los Aiel no hicieron intención de emprender la marcha. Había más cautivos a los que debían llevar.

La primera fue Maighdin, en cueros y atada como Faile, y resistiéndose a cada paso. Hasta que la Doncella que iba empujándola la zancadilleó violentamente. Maighdin se dio una tremenda culada en la nieve, y sus ojos se abrieron tanto que Faile se habría reído si no hubiese sentido tanta pena por ella. Alliandre llegó a continuación, casi doblada por la mitad en un intento de cubrirse, y luego fue Arrela, que parecía tan paralizada por su desnudez que dos Doncellas casi tenían que llevarla a rastras. Finalmente, otro alto Aiel apareció con Lacile, que pateaba furiosamente, cogida por debajo del brazo como si fuese un fardo.

—Los demás están muertos o han huido —informó el hombre mientras dejaba caer a la menuda cairhienina junto a Faile—. Sevanna tendrá que conformarse, Efalin. Da mucha importancia a tomar gente que lleva sedas.

Faile no se resistió un ápice cuando la obligaron a ponerse de pie y a emprender la trabajosa marcha a través de la nieve, a la cabeza de las otras prisioneras. Estaba demasiado conmocionada para luchar. Parelean muerto, Arrela y Lacile cautivas, así como Alliandre y Maighdin. Luz, alguien tenía que avisar a Perrin sobre Masema. Alguien… La idea fue como un último mazazo. Allí estaba, tiritando y apretando los dientes para que no le castañetearan, haciendo todo lo posible para aparentar que no estaba tan desnuda como su madre la trajo al mundo y atada, de camino hacia una incierta cautividad. Y como si todo eso no fuera suficiente, además tenía que confiar en que esa provocativa gata —¡esa sobona pelandusca!—, Berelain, hubiese logrado escapar para avisar a Perrin. En comparación con todo lo demás, eso le parecía lo peor.

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