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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Actuó con tanta delicadeza como le fue posible, pero tenía que actuar con rapidez. Unos segundos después de que se hubiese abierto la puerta, estaba metiendo a empujones a Ailil debajo de la cama, junto a Shalon. Quizá no tenían nada que ver con lo ocurrido. Tal vez. Más valía tomar precauciones que lamentarlo después. Asestándole miradas furibundas por encima de las bocas amordazadas con unos pañuelos de Ailil, las dos mujeres forcejearon contra las ataduras hechas de la sábana rasgada en tiras con las que les había atado muñecas y tobillos. El escudo que ató sobre Shalon aguantaría un día o dos hasta que el nudo se deshiciera, pero alguien las encontraría antes y cortaría las otras ataduras.

Preocupado por lo del escudo, Rand abrió la puerta una rendija para echar una ojeada fuera, y luego salió apresuradamente al desierto pasillo. No había podido dejar a la Detectora de Vientos libre para encauzar, pero escudar a una mujer requería mucho más que una pizca de Poder. Si uno de sus atacantes se encontraba lo bastante cerca… Sin embargo, tampoco vio a nadie en los pasillos transversales que cruzó.

Cincuenta pasos más allá de la habitación de Ailil el corredor desembocaba en una galería abierta, de mármol azul y con una ancha escalinata en cada extremo, que se abría en un salón cuadrado, de techo abovedado, y con otra especie de galería en el lado opuesto. Tapices de diez pasos colgaban en las paredes, recreando pájaros en vuelo y motivos al estilo severo de Cairhien. Abajo, Dashiva miraba en derredor mientras se lamía los labios con incertidumbre. ¡Gedwyn y Rochaid se encontraban con él! Lews Therin farfulló sobre matar.

—Te repito que yo no he sentido nada —estaba diciendo Gedwyn—. ¡Ha muerto!

Entonces Dashiva vio a Rand, en lo alto de la escalinata.

La única advertencia que tuvo fue el repentino gruñido que crispó el rostro de Dashiva. Éste encauzó y, sin tiempo para pensar, Rand tejió… no supo qué, como le ocurría tan a menudo; algo extraído de los recuerdos de Lews Therin. Ni siquiera estaba seguro de ser él el que creaba totalmente el tejido o si Lews Therin aferraba el saidin. Aire, Fuego y Tierra se entrelazaron alrededor sin más. El fuego que salió de Dashiva estalló, destrozando mármol y lanzando a Rand por el aire, hacia el pasillo, rebotando y rodando dentro de la envoltura protectora, esa barrera que impediría el paso de cualquier cosa con excepción del fuego compacto. Incluido el aire.

Rand soltó el tejido, falto de aliento, mientras resbalaba sobre el suelo, con el estampido de las explosiones resonando todavía en sus oídos, el polvo flotando en el aire y fragmentos de mármol lloviéndole encima. Sin embargo, más que para poder respirar, soltó el tejido porque lo que podía mantener fuera al Poder también le impedía salir. Antes de que acabara de deslizarse por el pasillo, encauzó Fuego y Aire, pero tejidos de un modo muy distinto a como había hecho para la Luz Plegada. De su mano izquierda salieron disparados finísimos flujos rojos que se abrieron en abanico a medida que atravesaban los muros que se interponían entre él y el lugar donde Dashiva y los otros habían estado de pie. De su mano derecha salieron bolas ígneas, Fuego y Aire, en una sucesión vertiginosa, demasiado deprisa para poder contarlas, y traspasaron la piedra antes de estallar en la sala central. Un ininterrumpido y ensordecedor fragor hizo temblar el palacio. El polvo que había caído volvió a alzarse en el aire, y los fragmentos de piedra saltaron a lo alto.

Casi de inmediato, sin embargo, Rand se encontraba de pie y corría, de vuelta hacia las habitaciones de Ailil. El hombre que atacaba y se quedaba en el mismo sitio estaba pidiendo que lo mataran. Él estaba dispuesto a morir, pero todavía no. Tirantes los labios en un gruñido mudo, corrió por otro pasillo y bajó por una estrecha escalera de la servidumbre que lo llevó al piso inferior.

Se encaminó con precaución hacía el lugar donde había visto a Dashiva, listo para lanzar tejidos mortíferos en una fracción de segundo.

«Debí matarlos a todos al principio —jadeó Lews Therin—. ¡Debí matarlos a todos!»

Rand dejó que bramara de rabia sin hacerle caso.

El amplio vestíbulo parecía haber sido arrasado con fuego. De los tapices sólo quedaban fragmentos calcinados que aún eran pasto de las llamas, y el suelo y las paredes presentaban agujeros de un metro de diámetro. La escalinata en la que había estado Rand terminaba bruscamente a mitad de camino, diez metros por encima del vestíbulo. De los tres hombres no había señal. No podían haberse consumido por completo; tendrían que quedar restos.

Un criado con uniforme negro asomó cautelosamente la cabeza desde una pequeña puerta que había junto a la escalinata del lado contrario. Al ver a Rand, los ojos se le pusieron en blanco y se desplomó en el suelo, desmayado por la impresión. Una criada se asomó por un corredor, se remangó la falda y echó a correr por donde había venido al tiempo que chillaba a pleno pulmón que el Dragón Renacido estaba matando a todos los que se encontraban en palacio.

Rand abandonó el vestíbulo, torciendo el gesto. Se le daba muy bien asustar a la gente que no podía hacerle daño. Y desatar la destrucción.

«Destruir o ser destruido —rió Lews Therin—. Cuando es la única opción que se tiene, ¿qué diferencia hay entre lo uno o lo otro?»

En algún lugar de palacio, un hombre encauzó suficiente Poder para hacer un acceso. ¿Dashiva y los otros, dándose a la fuga? ¿O querían que pensara eso?

Recorrió los pasillos de palacio, sin molestarse ya en ocultarse. Cosa que todo el mundo parecía haber hecho. Los pocos criados que vio huyeron gritando. Corredor tras corredor, rastreó su presa, lleno a reventar de saidin, de un torrente de fuego y hielo que intentaba aniquilarlo como lo había intentado Dashiva, de un raudal de infección que se arrastraba abriéndose paso hasta su alma. No necesitaba la risa demente y los desvaríos de Lews Therin para estar colmado del ansia de matar.

Atisbó fugazmente una chaqueta negra y su mano descargó fuego que estalló arrancando la esquina donde se cruzaban los dos pasillos. Rand dejó que el flujo del tejido decreciera, pero no lo soltó. ¿Lo habría matado?

—¡Milord Dragón! —gritó una voz, al otro lado del recodo destrozado—. ¡Soy yo, Narishma! ¡Y Flinn!

—No te reconocí —mintió Rand—. Venid aquí.

—Creo que quizás estéis muy arrebatado —contestó la voz de Flinn—. Me parece que deberíamos esperar a que los ánimos se calmasen.

—Sí —dijo lentamente Rand. ¿De verdad había intentado matar a Narishma? No creía que pudiera poner como excusa a Lews Therin—. Sí, tal vez sea lo mejor. Durante un rato más.

No hubo respuesta. ¿Se oían pasos retirándose? Se obligó a bajar las manos y giró hacia la dirección contraria.

Buscó por palacio durante horas sin encontrar señales de Dashiva y los otros. Por los corredores y los grandes salones, incluso en las cocinas, no había ni un alma. No encontró nada ni descubrió nada. No. Comprendió que había averiguado algo: la confianza era un cuchillo, y su empuñadura era tan afilada como su hoja.

Y con ese conocimiento llegó el dolor.

El pequeño cuarto con los muros de piedra se hallaba a gran profundidad bajo el Palacio del Sol, y se estaba caliente a pesar de que no había chimenea, pero Min sintió frío. Tres lámparas doradas, colocadas sobre la pequeña mesa, daban luz de sobra. Rand había dicho que desde allí podría sacarla aun en el caso de que alguien intentara arrasar el palacio hasta sus cimientos. Por el tono de su voz, no hablaba en broma.

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