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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Sosteniendo la corona de Illian en el regazo, contempló a Rand, que observaba detenidamente a Fedwin. Al ceñir las manos sobre la corona, las aflojó de inmediato cuando sintió los pinchazos de las minúsculas espadas escondidas entre las hojas de laurel. Qué curioso que la corona y el cetro hubiesen salido indemnes cuando el Trono del Dragón no era más que un montón de astillas doradas, enterradas entre cascotes. Una gran bolsa de cuero al lado de su silla, con el talabarte y la espada envainada de Rand recostadas contra ella, contenía todo lo que él había conseguido rescatar de los montones de escombros. Elecciones extrañas en su mayor parte, a su juicio.

«Redomada idiota —pensó—. No pensar en lo que tienes delante de las narices no hará que desaparezca».

Rand estaba sentado en el suelo de piedra, con las piernas cruzadas, todavía rebozado de polvo y lleno de arañazos, con la chaqueta desgarrada. Su rostro parecía tallado, contemplando fijamente, sin pestañear siquiera, a Fedwin. El chico también estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas en un ángulo abierto. Mordiéndose la punta de la lengua, Fedwin se hallaba concentrado en construir una torre con bloques de madera. Min tragó saliva con esfuerzo.

Todavía recordaba el horror experimentado cuando se dio cuenta de que el chico que la «guardaba» tenía ahora la mente de un niño pequeño. Tampoco se había borrado la sensación de tristeza —¡Luz, sólo era un muchacho! ¡No era justo!—, pero esperaba que Rand lo mantuviera aún escudado. No había resultado fácil convencer a Fedwin de que jugase con aquellos bloques de madera en lugar de arrancar piedras de los muros, utilizando el Poder, a fin de construir «una gran torre para mantenerte a salvo dentro». Y entonces fue ella la que se ocupó de vigilarlo hasta que Rand llegó. Oh, Luz, qué ganas de llorar tenía. Por Rand más aún que por Fedwin.

—Os resguardasteis en las profundidades, al parecer.

La profunda voz no había acabado de hablar desde el umbral de la puerta cuando Rand ya estaba de pie, haciendo frente a Mazrim Taim. Como siempre, el hombre de nariz ganchuda vestía una chaqueta negra con dragones azules y dorados ascendiendo en espiral por las mangas. A diferencia de los otros Asha’man, no llevaba los alfileres de la espada y el dragón prendidos en el cuello de la prenda. Su semblante era casi tan inexpresivo como el de Rand, quien, mientras contemplaba fijamente a Taim pareció rechinar los dientes. Min sacó subrepticiamente una daga de su manga. Igual de numerosas eran las imágenes y los halos que surgían en torno a un hombre y a otro, pero no fue una visión la que la había puesto repentinamente alerta. Ya había visto antes a un hombre intentando decidir si matar o no a otro, y eso era exactamente lo que veía ahora.

—¿Vienes aquí aferrando el saidin, Taim? —inquirió Rand, con demasiada suavidad. El otro hombre extendió las manos y Rand añadió—: Eso está mejor. —Sin embargo, no se relajó.

—Una mera precaución para no acabar alanceado por accidente comentó Taim—, en mi camino hacia aquí a través de corredores abarrotados de esas Aiel. Parecen muy alteradas. —Sus ojos no se apartaron de Rand un solo instante, pero a Min no le cabía duda de que la había visto tocando la daga—. Muy comprensible, por supuesto —continuó suavemente—. Me faltan palabras para expresar la alegría de encontraros vivo después de ver lo que hay ahí arriba. Vine para informar sobre unos desertores. Normalmente, no me habría molestado en hacerlo, pero se trata de Gedwyn, Rochaid, Torval y Kisman. Por lo visto, estaban descontentos con los acontecimientos de Altara, pero jamás imaginé que llegarían tan lejos. No he visto a ninguno de los hombres que dejé con vos. —Sus ojos se desviaron fugazmente hacia Fedwin, sólo una fracción de segundo—. ¿Ha habido otras… bajas? Me llevaré a éste, si queréis.

—Les dije que se mantuvieran fuera de la vista —replicó Rand con voz dura—. Y yo me ocuparé de Fedwin. Fedwin Morr, Taim, no «éste».

Entonces se volvió hacia la pequeña mesa para coger la copa de plata que había entre las lámparas. Min contuvo el aliento.

—La Zahorí de mi pueblo podía curar cualquier cosa —dijo Rand mientras se arrodillaba junto a Fedwin. De algún modo, se las arregló para sonreír al muchacho sin apartar la vista de Taim. Fedwin respondió con otra sonrisa, alegre, e intentó coger la copa, pero Rand la sostuvo para que bebiera—. Sabe más sobre hierbas medicinales que cualquier persona que conozco. Aprendí algo de ella, cuáles son peligrosas y cuáles no. —Fedwin suspiró mientras Rand retiraba la copa y recostaba al muchacho contra su pecho—. Duerme, Fedwin —murmuró.

Pareció que el muchacho se estaba durmiendo. Sus ojos se cerraron. Su pecho subió y bajó más despacio. Y más. Hasta que se paró. La sonrisa no se borró de sus labios.

—Una pizca de algo en el vino —musitó Rand mientras tumbaba a Fedwin en el suelo.

A Min le ardían los ojos, pero no iba a llorar. ¡No iba a llorar!

—Sois más duro de lo que creía —masculló Taim.

Rand le sonrió; era una mueca dura, feroz.

—Añade el nombre de Corlan Dashiva a tu lista de desertores, Taim. La próxima vez que visite la Torre Negra, espero ver su cabeza colgando en tu famoso Árbol de los Traidores.

—¿Dashiva? —gruñó Taim, los ojos muy abiertos por la sorpresa—. Se hará como decís. Cuando visitéis la Torre Negra —añadió, recobrándose con sorprendente rapidez, todo él roca pulida y aplomo de nuevo.

Con qué ansia deseó Min poder interpretar las visiones que se le ofrecían de ese hombre.

—Regresa a la Torre Negra y no vuelvas aquí. —Rand se levantó y se giró de cara al otro hombre, por encima del cadáver de Fedwin—. Es posible que me traslade a otro lugar durante un tiempo.

—Como ordenéis. —La reverencia de Taim fue minúscula.

Cuando la puerta se cerró tras él Min soltó un profundo suspiro.

—No tiene sentido perder tiempo y no hay tiempo que perder —murmuró Rand. Se arrodilló ante ella, cogió la corona y la guardó con las otras cosas en la bolsa de cuero—. Min, creía que yo era la jauría entera, dando caza a un lobo tras otro, pero al parecer el lobo soy yo.

—Maldita sea, Rand —exclamó Min; lo agarró del pelo y lo miró a los ojos, ora azules, ora grises, un cielo justo antes de amanecer. Y secos—. Puedes llorar, Rand al’Thor. ¡No te ablandarás porque llores!

—Tampoco tengo tiempo para las lágrimas, Min —respondió en voz queda—. A veces, los sabuesos alcanzan al lobo y desean no haberlo hecho. A veces, el lobo se revuelve contra ellos o los espera emboscado. Pero antes, el lobo tiene que huir.

—¿Cuándo nos vamos? —preguntó. No le soltó el pelo. No pensaba soltarse de él nunca. Jamás.

30

Comienzos

Manteniendo cerrada la capa forrada de piel con una mano, Perrin dejó que Recio avanzara al paso marcado por el propio animal. El sol de media mañana apenas proporcionaba calor, y la nieve surcada de roderas en la calzada que conducía a Abila presentaba una superficie irregular y resbaladiza que dificultaba la marcha. Sus doce compañeros y él compartían el camino con sólo dos carros tirados por yuntas de bueyes, que se movían lenta y pesadamente. En realidad, todos avanzaban penosamente, gachas las cabezas, sujetando sombreros o gorros cada vez que soplaba una ráfaga, pero aparte de eso iban concentrados en el terreno bajo sus pies.

Detrás de él, oyó a Neald hacer un comentario procaz en voz baja; Grady respondió con un gruñido, y Balwer aspiró el aire por la nariz con actitud remilgada. Ninguno de los tres parecía sentirse afectado por lo que habían visto y oído en el transcurso del último mes, desde que habían cruzado la frontera y entrado en Amadicia, o por lo que aún estaba por llegar. Edarra reprendía severamente a Masuri por dejar que su capucha resbalara. Edarra y Carelle llevaban sus chales puestos encima de las capas, cubriéndoles cabeza y hombros, pero incluso después de haber admitido la necesidad de ir a caballo, se habían negado en redondo a cambiar las amplias faldas por prendas más acordes, de manera que iban enseñando las piernas, enfundadas en medias oscuras, hasta la rodilla. El frío no parecía incomodarlas en absoluto; sólo lo que para ellas tenía de insólito la nieve en sí. Carelle empezó a advertir a Seonid lo que ocurriría si no mantenía bien oculto el rostro.

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