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Historia Del Rey Transparente

Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:

En sus andanzas por los burgos y los campos de Francia, Leola se topa con un enigma tr?gico: trovadores, muchachas o vecinos inician el relato de la historia del Rey Transparente y caen fulminados tras unas pocas frases. Nyneve, que parece estar al tanto del enigma, reacciona siempre con furia ante la sola menci?n del nombre de ese rey misterioso. El acertijo s?lo lo conocer? el lector en las ?ltimas p?ginas: se trata, en realidad, de una f?bula moral que resume la filosof?a de toda la novela.
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Nos hemos pasado dos ¡ornadas enteras en Lou negociando el botín del torneo. Por un día de justas, dos días de controversias monetarias. Menos mal que Nyneve está acostumbrada a este comercio:

– Ah, sí, esto es lo más pesado de las justas…, todos los acuerdos económicos que hay que discutir y afinar después… Sobre todo en torneos como éste, en los que predominan los bachilleres que ignoran las verdaderas normas de la caballería… Aunque debo decirte que también me he topado alguna vez con duques avaros y reyes miserables y tramposos.

Al final me he quedado con el caballo del hombre tembloroso, un percherón robusto de largos y amarillentos pelos en las patas, y hemos aceptado una libra en lugar de su ornamentada ropa de hierro. Todo cuanto llevaba mi segundo vencido, el muchacho de la armadura grande, era alquilado, incluyendo el jumento. No nos quedó más remedio que tomar en prenda al propio caballero y pedir rescate por é! a su Señor, que por fortuna era el de Lou, porque sí se hubiera tratado de un Señor más lejano habríamos tenido que esperar muchos días y, para peor, alimentarlo en el entretanto. Le hemos perdonado al joven el coste de las armas y de la armadura y nos hemos contentado con recibir otro caballo, un castaño un poco entrado en edad, pero bastante bueno. En cuanto al botín de mi tercer vencido, se lo entregue íntegramente al brabanzón ante quien me rendí. Henos aquí, pues, con nuestras cuentas hechas, libres y ricas, cada una montada en un bridón. Contemplo el mundo desde arriba y ahora sí que me siento un caballero.

Poco después de salir de Lou hemos encontrado un pequeño río que al parecer es afluente del Tarn, Estamos siguiendo el sinuoso sendero que se ciñe a su curso y que conduce hasta un estrecho puente de piedra que nos cruzará a la otra orilla. Pero sobre el puente hay alguien.

– Vaya… No sé si esto me gusta-dice Nyneve.

Ese alguien, ahora lo veo, es un hombre de hierro… Peor: es el caballero que acompañaba a la noble Dama del torneo. Que también está aquí, sentada sobre unos cojines de seda, almorzando a un lado del camino. Sus criados le sirven algo de beber en un diminuto vaso de oro. Me detengo al llegar a su altura y la saludo con una inclinación de cabeza. Quiero continuar mi viaje, pero el hombre de hierro, montado a caballo y con su lanza, está plantado en mitad del puente y me impide el avance.

– Señor, no nos dejáis pasar.

– Señor, si queréis cruzar este puente, tendréis que combatir antes conmigo.

Nyneve resopla a mi lado, exasperada:

– Ya empezamos con estas tonterías caballerescas… -masculla.

Yo miro alrededor, por ver si hay otra manera de seguir el sendero. Pero por aquí las laderas del río son abruptas y están llenas de zarzas, y la corriente parece encajonada y bastante fuerte. Además, dudo que el caballero me hubiera permitido vadear el afluente sin lanzarse contra mí. No lo entiendo. ¿Por qué?

– ¿Por qué queréis que combatamos? No os deseo ningún mal y no os he hecho nada.

El hombre se ríe, despectivo.

– Qué extraña pregunta… ¿Por qué quiere el pájaro volar y el corzo correr? Está en mi sangre de caballero… Es el orgullo de la espada. Soy sir Wolf de Cumbria, y provengo de once generaciones de grandes guerreros. Ni mi padre, ni el padre de mi padre, ni el padre del padre de mi padre murieron en casa. Todos mis antepasados perecieron por el frío acero en la batalla.

Lo dice con orgullo, escupiendo las palabras. Pero yo no entiendo por qué se enorgullece de matar y ser muerto sin sentido, por una mera baladronada sobre el cruce de un puente.

Miro a la Dama, esperando encontrar en ella alguna sensatez. Pero la joven mordisquea un pastelillo de carne y me sonríe, maliciosa y aparentemente divertida con la situación.

– Pues yo no quiero pelear con vos. Además, ni siquiera dispongo de lanza.

– Da lo mismo. Lucharemos a pie y con la espada. Esa cobardía que estáis demostrando, además de vuestra falta de blasones, me hace sospechar que no sois un caballero, sino un impostor. De manera que, o bien lucháis conmigo como un hombre, o bien acabo con vos como quien acaba con una rata, en castigo a vuestro atrevimiento de farsante. Escoged lo que prefiráis.

Lo dice en serio, lo sé. Los hombres de hierro pueden ser así de arbitrarios y de violentos. Llevamos armas verdaderas y el combate está planteado a sangre, quizá a muerte. Es la lucha más peligrosa a la que me he tenido que enfrentar hasta ahora, pero por alguna razón no siento miedo… Siento una aturdida y hueca extrañeza, como si me hubiera salido de mí cuerpo, como si estuviera contemplando la escena desde fuera. Suspiro y me bajo del percherón. Le entrego las riendas a Nyneve:

– No sé para qué sirve que seas bruja, si no puedes hacer algo en estos casos… -le susurro.

– Siempre hago algo, aunque tú no lo adviertas.

Descuelgo mi escudo de la silla y lo embrazo; luego desenvaino la espada y me vuelvo hacia el puente. Sir Wolf ya ha desmontado y me está esperando. Hace un hermoso día de otoño y los árboles estiran sus ramas desnudas para gozar de los últimos soles. Es curioso: tengo la sensación de que el mundo se ha detenido y de que puedo apreciarlo todo al mismo tiempo con una minuciosidad extraordinaria. Las peladas copas de los árboles, las sombras alargadas de la tarde, el mirlo de pico rojo que curiosea la escena posado en el pretil, las frías y revueltas aguas del río, los peces que centellean entre la espuma, la Dama que arruga la boquita para escupir un hueso de su comida, el inquieto piafar de mi caballo, el siseo lento y cauteloso de la armadura bien engrasada de mi rival.

Súbitamente, la vorágine. Relámpagos de velocidad y de acción pura. Entrechocar de hierros, repique de espadas. Jadeos que no sé si salen de mi garganta o de la de mi oponente. Giro y golpeo y me agacho y me inclino, bailo sin pensar la danza del acero. Hasta que, de pronto, el ritmo se interrumpe. Algo ha sucedido. Mi espada gotea sangre. He herido a mi enemigo en un costado, un tajo profundo que ha cortado los eslabones de su loriga: nunca me hubiera creído capaz de hacer algo así. Entonces todo se viene abajo. No sé qué me sucede. Dejo de contemplar la escena desde fuera y ahora sólo soy consciente de mi hoja ensangrentada, de la tremenda herida. Pierdo mi concentración, descuido mí postura. Sir Wolf se arroja hacia delante con un grito de rabia y me clava su espada en el pecho. La noto penetrar, fría y abrasadora al mismo tiempo, un hielo que quema. El cielo todavía está azul y en el aire limpio y quieto ya se huele el invierno.

Adiós, Leola, adiós, despídete para siempre de esta tarde tan bella, me dicen afectuosamente las truchas desde el brillante tío. Las rodillas se me doblan, la vista se nubla. Caigo dentro de la oscuridad con un gemido. El cuerpo duele, Maestro.

Llevo largas semanas tumbada boca arriba, contemplando el techo de madera labrada del castillo de Dhuoda. Me he aprendido hasta la última muesca, hasta el más pequeño detalle que la gubia del maestro ebanista ha extraído del leño, esa lengua retorcida del dragón que remata la viga, esos ojos expresivos y asimétricos del rostro sonriente en el rosetón central. Al caer la tarde, la oscuridad va trepando por la madera y borrando los contornos de las figuras talladas. Duermen también ellas, encima de mí, durante las noches; a veces incluso me parece escuchar sus ronquidos. Durante los largos días de fiebre y de delirio, se me antojaban monstruos furiosos. Ahora son amigos, cómplices prudentes de mi secreto.

– Nyneve, ¿cómo es posible que no hayan advertido que soy una mujer?

– Sólo te he cuidado yo. Y prohibí que te viera ningún médico. Lo cual, por cierto, te ha salvado la vida, porque son unos médicos malísimos.

Aun así, no lo entiendo. Llevo mucho tiempo aquí y las criadas me han visto febril y quizá delirando con mi voz de mujer. Mientras estuve aprendiendo a combatir con el Maestro, intenté adquirir gestos y maneras de varón: para sentarme, para caminar, para mover las manos. Además, hablo siempre en voz baja y susurrante, en el registro más grave que puedo extraer de mi garganta. Y nunca río en público. La risa, lo he descubierto, es femenina. Sin embargo, me sigue asombrando que los demás admitan mi añagaza sin plantearse dudas ni preguntas. Tal vez sea simplemente una cuestión de costumbre. Tal vez las rutinas nos cieguen y sólo veamos lo que creemos que debemos ver. Recuerdo ahora a ese primo del señor de Abuny… Era tan bello y delicado que le llamaban La Pucelle, La Doncella. Era un gran guerrero y murió combatiendo en tierra de infieles. Ahora que lo pienso, quizá La Pucelle fuera una mujer… y quizá los demás no nos diéramos cuenta porque ni siquiera nos detuvimos a planteárnoslo.

La espada de sir Wolf se clavó por debajo de mi clavícula y por encima de mi corazón. Me lo ha explicado Nyneve, que tiene un extraordinario conocimiento del cuerpo humano y que desde luego posee la mágica sabiduría de curar. También ha salvado a sir Wolf, que al parecer ha estado más grave que yo, porque mi tajo le cortó las entrañas y esas heridas enseguida se pudren y te envenenan con sus humores mortales. Yo perdí mucha sangre y tuve calentura. Recuerdo vagamente a Nyneve sentada a horcajadas sobre mí, cosiéndome la herida y aplicando emplastos de esas raras hierbas que ella siempre guarda en sus alforjas. Ahora llevo semanas de convalecencia, y disimulo el retorno de mis fuerzas por el placer de gozar de esta vida suntuosa que jamás pensé que conocería. MÍ lecho es amplio, cálido y suave como plumón de pato. Solícitas sirvientas me traen tres veces al día los bocados de comida más exquisitos. He gustado un pan tan blanco y fino como nunca pensé que existiera, acostumbrada como estaba al pan negro de sorgo" He probado el hipocrás, ese delicioso vino caliente y especiado de los ricos, y ahora es mi bebida favorita. Veo nevar a través de los vidrios emplomados de la ventana, pero en la chimenea de mí cuarto siempre crepita el fuego. Y de cuando en cuando viene a visitarme Dhuoda, la misteriosa y bella mujer del torneo de Lou, también llamada la Dama Blanca porque solamente viste ese color. Ahora, por el frío, viene envuelta en hermosas capas de seda forradas con armiño. Dhuoda me está enseñando a jugar al ajedrez, un extraordinario pasatiempo procedente del reino árabe de Valencia.

– Bueno, el ajedrez viene de más antiguo… Hace ya más de un siglo, mi pariente el rey Alfonso VI de Castilla levantó el sitio a la ciudad mora de Sevilla porque perdió una partida contra el rey al-Mutamid… Eso sí, Alfonso se llevó el ajedrez, que era de sándalo, oro y ébano, y duplicó el tributo que le tenían que pagar los sevillanos… -me explicó Dhuoda con un gracioso mohín de suficiencia-. Pero hace poco, en el Reino de Valencia, añadieron al juego la figura de la reina. Y eso es esencial. Ahora que ya sabes jugar, Leo, ¿tú te imaginas el ajedrez sin reinas? Sería como el hipocrás sin especias… Algo muy aburrido e insustancial. El mundo necesita reinas y los hombres nos necesitáis a las mujeres.

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