El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]
- Автор: Гуин Урсула К. Ле
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Edhasa
- ISBN: 978-84-350-2212-5
- Переводчик: Horacio Gonz
- Жанр: Социально-философская фантастика
Электронная книга - «El ojo de la garza [The Eye of the Heron - es]». Краткое содержание книги:
Algunos invitados no habían llegado puntualmente. Se hizo tarde y seguían sin aparecer. El concejal Falco fue llamado a la cocina por su hija: los rostros de los cocineros tenían expresión trágica, se echaría a perder la soberbia cena. Falco ordenó que trasladaran la larga mesa al salón y la pusieran. Los invitados tomaron asiento; se sirvió el primer plato, comieron, retiraron la vajilla usada, se sirvió el segundo y entonces, sólo entonces, aparecieron los jóvenes Macmilan, Marquez y Weiler, libres y afables, sin disculparse y, lo que era aún más grave, en compañía de un montón de amigos que no habían sido invitados: siete u ocho petimetres corpulentos con látigo en el cinto, sombrero de ala ancha que no tuvieron la sensatez de quitarse al entrar en la casa, botas embarradas y una retahíla de expresiones groseras y estentóreas. Hubo que hacerles lugar, encajarlos entre los invitados. Los jóvenes habían estado bebiendo antes de presentarse y siguieron bebiéndose la mejor cerveza de Falco. Pellizcaron a las criadas e ignoraron a las damas. Gritaron de uno a otro extremo de la mesa y se sonaron las narices con las servilletas bordadas. Cuando llegó el momento supremo de la cena, el plato de carne, compuesto por conejo asado —Falco había contratado a diez tramperos durante una semana para ofrecer tamaño lujo—, los recién llegados llenaron sus platos tan vorazmente que no alcanzó para todos y los que estaban sentados en la punta de la mesa no probaron la carne. Otro tanto ocurrió con el postre, un budín moldeado, preparado con fécula de tubérculos, compota de frutas y néctar. Varios jóvenes lo tomaron sacándolo de los cuencos con los dedos.
Falco hizo señas a su hija, sentada en la punta de la mesa, y Luz encabezó la retirada de las señoras hacia la sala de estar del jardín, en el fondo de la casa. Ello dio aún más libertad a los descarados jóvenes para repantigarse, escupir, eructar, maldecir y emborracharse un poco más. Tragaron como si de agua se tratara las copitas de coñac que daban fama a las destilerías de Casa Falco y gritaron a los desconcertados criados que volvieran a llenarlas. A varios de los otros jóvenes y algunos mayores les agradaba este comportamiento tosco, o quizá pensaron que ése era el modo en que se esperaba que uno se comportara en una cena, y se sumaron a la juerga. El viejo Helder se emborrachó tanto que tuvo que ir a un rincón a vomitar, pero regresó a la mesa y siguió bebiendo.
Falco y algunos amigos íntimos —el viejo Marquez, Burnier y el médico— se retiraron al hogar e intentaron hablar, pero la barahúnda en torno a la mesa larga era ensordecedora. Algunos bailaban y otros discutían; los músicos contratados para tocar después de la cena se habían mezclado con los invitados y bebían como esponjas; el joven Marquez había sentado a una criada en sus rodillas y la chica estaba pálida, cohibida y musitaba:
—¡Oh, hesumeria! ¡Oh, hesumeria!
—Luis, es una fiesta muy divertida —dijo el viejo Burnier después de un estallido muy penoso de cánticos y chillidos.
En ningún momento Falco había perdido la serenidad. Su expresión era tranquila cuando replicó:
—Una prueba de nuestra degeneración.
—Los jóvenes no están acostumbrados a estos banquetes. Sólo Casa Falco sabe dar una fiesta a la vieja usanza, según el auténtico estilo de la Tierra.
—Son degenerados —insistió Falco.
Su cuñado Cooper, un hombre de sesenta años, asintió y dijo:
—Hemos perdido el estilo de la Tierra.
—En absoluto —afirmó un hombre tras ellos. Todos se volvieron. Era Herman Macmilan, uno de los que habían llegado tarde; había bebido y gritado como el que más, pero ahora no mostraba rastros de ebriedad, exceptuando el color subido de su rostro apuesto y joven—. Caballeros, creo que estamos redescubriendo el estilo de la Tierra. Al fin y al cabo, ¿quiénes fueron nuestros antepasados, los que llegaron del Viejo Mundo? No eran hombres débiles ni dóciles, ¿verdad? Eran hombres valientes, osados y fuertes, sabían vivir. Nosotros estamos aprendiendo de nuevo a vivir. Planes, leyes, reglas, modales, ¿qué tienen que ver con nosotros? ¿Acaso somos esclavos, mujeres? ¿De qué tenemos miedo? Somos hombres, hombres libres, amos de todo un mundo. Ya es hora que recibamos nuestra herencia. Y así son las cosas, caballeros. —Sonrió respetuoso pero absolutamente seguro de sí mismo.
Falco estaba impresionado. Tal vez ese fracaso de cena sirviera para algo. El joven Macmilan, que hasta entonces no le había parecido más que un buen animal musculoso y un posible partido para Luz Marina, mostraba voluntad e inteligencia, parecía tener madera de hombre.
—Don Herman, coincido con usted —dijo Falco—. Puedo coincidir con usted sólo porque todavía somos capaces de hablar. Eso lo diferencia de casi todos sus amigos presentes. Todo hombre debe ser capaz de beber y pensar. Puesto que de los jóvenes sólo usted parece capaz de hacer ambas cosas, dígame: ¿qué opina de mi idea de crear latifundios?
—¿Quiere decir grandes granjas?
—Sí, grandes granjas. Extensos campos de monocultivo para ganar en eficacia. Mi idea consiste en seleccionar administradores entre nuestros mejores jóvenes; darle a cada uno una extensa región que administrar, una propiedad, y suficientes campesinos para trabajarla. Luego hay que dejar que cada uno haga lo que quiera. Así se producirán más alimentos. El exceso de población del Arrabal se pondrá a trabajar y se mantendrá bajo control para evitar que siga hablando de independencia y nuevas colonias. La siguiente generación de hombres de la Ciudad incluirá una serie de grandes propietarios. Hemos estado encerrados para conservar las fuerzas más tiempo del necesario. Como usted mismo ha dicho, ha llegado la hora para que nos despleguemos, aprovechemos nuestra libertad y nos convirtamos en amos de nuestro rico mundo.
Herman Macmilan lo escuchó sonriente. Sus delgados labios mantenían una sonrisa casi permanente.
—La idea no está mal —opinó—. La idea no está nada mal, senhor concejal.
Falco mantuvo el tono paternalista pues había llegado a la conclusión que Herman Macmilan le podría ser útil.
—Piénselo —añadió—. Piénselo con respecto a usted. —Sabía que era exactamente lo que estaba haciendo el joven Macmilan—. Don Herman, ¿le gustaría ser dueño de una de esas haciendas? Me refiero a un pequeño…, ya no recuerdo cómo se dice, es una vieja palabra…
—Reino. —El viejo Burnier le proporcionó la palabra.
—Exactamente, un pequeño reino para usted. ¿Qué le parece?
Falco habló aduladoramente y Herman Macmilan se pavoneó. Falco pensó que los presumidos siempre son capaces de presumir de algo más.
—No está mal —respondió Macmilan y asintió juiciosamente.
—Para llevar a cabo el plan, necesitaremos el vigor y la inteligencia de los jóvenes. Crear nuevas tierras de cultivo siempre ha sido un proceso lento. El trabajo obligatorio es la única solución para limpiar deprisa superficies extensas. Si continúan los disturbios en el Arrabal, podemos hacer que buena parte de los campesinos rebeldes sean condenados a trabajos forzados. Como son pura palabra y nada de acción, quizás haya que presionarlos, tal vez tengamos que restallar el látigo para que luchen, tal vez tengamos que arrastrarlos a la rebelión, ¿comprende? ¿Qué le parece este tipo de acción?