El hospital de los dormidos
- Автор: Павон Франсіско Гарсія
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El hospital de los dormidos». Краткое содержание книги:
– ¡No hay derecho! ¡No hay derecho!… a interrumpir la intimidad de la familia.
– Esta es su noche más sonada, Manuel -dijo el otro del balcón oscuro-, desde que volvió al pueblo. Debe ser la calina del agosto, que le seca las cuerdas.
Y conforme seguían y se abroncaban los resuellos artilleros deEl Tachuelas, se encendían más luces, se despertaban más pájaros y se escuchaban más ausiones, gritos y risotadas.
Siempre que El Tachuelas se tomaba algún respiro, nunca mejor dicho, se iba alguna gente y cerraban vidrieras, pero algunos que parecían haber decidido marcharse dos segundos antes de volver la redondez inacabable del ronquido, permanecían con la boca entreabierta y los ojos guiñados hasta que tornaba el silencio.
Plinio y don Lotario tardaron más en marcharse, porque el de las barbas había ido a por un cassette, y estuvieron un buen rato grabando los «rebuznos de almohada», como dijo uno. Luego, entre risas, pasaron la cinta y, aunque un poco alejados, como resollados dos pisos más arriba, resonaban un tanto misteriosos y aislados, pues mirando a la cinta dando vueltas, parecía imposible que de ella salieran.
Cuando al fin marcharon, todavía quedaban morosos sentados en los bordillos de las aceras.
– Nadie todavía en el mundo habrá dejado de herencia el son de sus ronquidos.
– Desde ahora en adelante, de las familias muertas nos quedará todo.
– Cassetes de ronquidos, de partos bien gritados y de las últimas pedorretas de los hombres más ilustres.
– Qué cosas tienes, Manuel… Y radiografías de calcañares… ¿Te imaginas una guerra civil de ronquidos y desde todas las puertas y balcones las gentes vomitando ronquidos al vecino?
– Don Lotario, conforme va usted siendo más viejo, le echa más imaginación a todo le repito.
– ¿Más que tú?
– Más que yo. E imaginación tomellosera… Y en el cementerio, por la noche, todas las tumbas burbujeando ronquidos, pero muy hondos, «a nivel» de tosca.
– No le digo.
– Sí, Manuel, eso de que no haya ningún caso que llevarse a la boca y que nos aburramos tantísimo, de casa al Casino y del Casino a casa, para compensar creo que se me acelera la imaginación y por todos lados veo profesores de francés, ronquidos, pubis afeitados y lobas tuertas.
– ¿Profesores de francés y lobas tuertas? ¿Pero qué le pasa a usted hoy?
– Nada, Manuel. Nada.
Y se echó a reír con unos respingos y gemidos que nunca le había notado.
Salieron a la calle de la Feria, solitaria en la noche ya un poco fresquita.
– Las mismas luces de siempre, Manuel. En fila, solas y sin esperar nada, alumbrando para nadie -decía don Lotario en medio de la calle con brazoteos de maestro de música y señalando a las luces del centro.
Plinio lo miraba con una mano en el mentón y la otra en la rodilla.
– Perdona, Manuel -dijo al fin poniéndose formal-. Vamos a echar el último «caldo», el último de la noche -y le ofreció el paquete azul, con cara entre pensativa y sonriente.
Plinio, ya serio, tomó el cigarro, reliaron ambos, se dieron la llama y echaron a andar como siempre, con las manos atrás y mirando al suelo.
Hacia las siete de la tarde del día siguiente, cuandoPlinio, de vuelta del Casino, leía la última hoja del periódico de la mañana, que decía lo mismo que ya había oído en la televisión, entró Maleza en el despacho a decirle:
– Jefe, que el hijo del hermano Rufo quiere hablarle.
– … El hermano Rufo. ¿De qué tiempos me hablas? ¿El hermano Rufo, el de Las Labores de San Juan?
– Su hijo, jefe.
– Ya. Que pase.
– Manuel, perdona la visita -dijo el viejo enseñando mucho los dientes-. Traigo ahí en el remolque dos hombres… Que de verdad no sabía si traerlos aquí o al ambulatorio, pero como al fin y al cabo, les pase lo que les pase, me los han echado ilegalmente en el remolque, he creído que lo primero era que lo supieras tú… No, no me interrumpas hasta que lo cuente todo. Estaba yo en la viñeja echandoojeás a las uvas, a ver si es verdad, como dicen algunos, que la cosecha va a ser tan buena, cuando me dio el rayo de vientre ése que me da algunas tardes, y sobre todo cuando anda el verano… Yo había dejado el tractor con el remolque medio cargado de melones en la carretera de Argamasilla, mientras me corría la viña, cuando al levantarme, después del rayo, allí en la otra punta de la viña, que estará como a tres fanegas de la carretera, me pareció que arrancaban dos coches que habían estado parados junto al remolque, o, a ver si me entiendes, que los coches pasaban muy despacio y pegados a mi remolque… Bueno, pues no hice caso, como es propio. Me subí en el tractor, lo puse en marcha y, antes de arrancarlo, como debe hacerse, miré hacia atrás por si venía alguien, que ya sabes cómo está ahora esa carretera, y vi sobre los melones de agua dos tíos tumbaos, como lo oyes. Dos tíos que no conocía. Pensé lo peor, que estaban muertos. Lleno de miedo me bajé y subí en el remolque. ¿Tú me entiendes? Y toqué a los tíos y no, de verdad que estaban… y están calientes… y hasta con cara de gusto. No sabes cómo me tranquilicé. Y en paz, los miré y remiré a ver si sus caras me decían algo, pero ni ésa… Deben de ser forasteros. Los meneé bien sobre los melones, pero ni intentar despertarse. Al revés, parece que uno dormía con más gusto. Total, que fue cuando me dije: «Pues se los llevo a Plinio, a ver qué dice que debo hacer con ellos», que ahí siguen como troncos, pero como troncos contentos. Y aquí estoy.
– ¿Les has echao agua?
– Agua, no, pero como he dicho, los he meneao por todos sitios y hasta les he hecho mamolas, y que si quieres, una poca risa, como para decir «quita, tonto» yna más.
Plinio se sonrió y se rascó la patilla.
– ¿Y te quedas así, tan llano?
– ¿Qué quiere usted que haga? Con estos dos ya llevo vistos cuatro modorros reidores… Y no te creas que en seis u ocho horas vuelven en sí.
– ¡No me digas! Y cuando vuelven ¿qué explican que les ha pasado?
– Mut, como dicen los valencianos.
– Pero ¿mut, mut, mut?
– Mut.
– Será que se chispan con algún vino dulzón.
– Si fuera eso no tenían por qué callarlo.
– Eso sí. O que toman alguna droga de esas de contrabando, que atontilan y, según dicen, te hacen ver todos los cacharros dorados.
– ¿Los cacharros?
– Bueno, todo lo que se ve o se sueña. Y por eso se ríen.
– Vamos a verlos.
– Tengo el tractor ahí pegado a laPosada del Rincón.
Al salir,Plinio se arrimó a Maleza:
– Acércate a la farmacia de don Luis Menchen, y al laboratorio de don Federico Martínez y Siles que hagan el favor de venir, que tengo aquí «dos cuerpos presentes», dos dormidos de los que les dije.
– ¿Dormidos?
– Sí.
– ¿Pero dónde?
– En aquel remolque ¡cansino!
– Desde luego, jefe, cada tres o cuatro años, lo entiendo menos.
– Para que veas lo inteligente que soy.
– O lo tontorro que soy yo.
– Tanto no, Maleza. Pero miope, una legua.
– Será. Voy.
– Desde el tractor -dijo el hijo del hermano Rufo- los veremos mejor y así no armamos teatro.
– Venga, subamos.
– Como tú digas, que ha;, sido el transportista.
– Tienen pinta de ricotes de algún pueblo de al lado -dijo Rufo pensativo.
– O de Badalona, porque hoy todo el mundo viste igual. ¿Y qué edad aparentan?
– Están alrededor de los sesenta, Manuel -dijo mientras se acercaban.
– Los sesenta son diez, de modo que según dices, lo mismo pueden ser sesenta que setenta.