El caso de la mosca dorada
- Автор: Crispin Edmund
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El caso de la mosca dorada». Краткое содержание книги:
Edmund Crispin se mueve, en EL CASO DE LA MOSCA DORADA, dentro de las características de la novela policiaca inglesa para relatar una historiaen la que también aparecen concomitancias con un antiguo relato de fantasmas.
Esta novela es la primera en la que aparece Gervase Fen, excéntrico detective aficionado, profesor de Inglés y Literatura en St Christopher's College, supuestamente basado en el profesor de Oxford W.E. Moore. El libro contiene abundantes alusiones literarias que van desde la antigüedad clásica a mediados del siglo 20.
Cuando volvió a ver a Yseut, Nigel llevaba en el bar desde las diez en compañía de Robert, charlando de intrascendencias, pero sin poder sobreponerse a su embarazo. A eso de las diez y diez, Donald Fellowes había entrado y depositado sobre un radiador la pila de piezas para órgano que traía, y fue a hacerles compañía. No estaba muy animado esa mañana; por el contrario parecía sumido en un estado de hosquedad permanente. Con toda premeditación habló dirigiéndose siempre a Nigel, lo que consiguió irritar sobre manera a Robert para quien posiblemente la misma actitud habría sido motivo de diversión dos días antes; y como hablaba principalmente de música, tema en el que Nigel no era muy entendido y sobre el cual no tenía interés en aprender nada, la conversación pronto se tornó esporádica. Los tres se obstinaban en eludir toda referencia a temas personales, de manera que sobre la reunión de la víspera sólo se dijo una que otra observación vaga y convencional. Y era evidente que Donald aún no se había repuesto de los efectos de la borrachera.
El ensayo de esa mañana estaba fijado para las once. Después del primer ensayo Nigel no había vuelto al teatro, y en conjunto tenía muy pocos deseos de hacerlo, por lo menos no antes del domingo.
– Hoy nos tomaremos una hora para almorzar -anunció Robert-, y después seguiremos sin descanso toda la tarde.
– ¿Quiere hacerme un favor, preguntarle a Helen si acepta almorzar conmigo? Estaré esperándola aquí, en el hotel, a partir de las doce.
– ¿A Helen? Sí, cómo no.
En ese momento Yseut entró en el bar. Vestía con el mismo desaliño que Nigel había advertido más temprano esa mañana, y todavía llevaba en la mano el bolso y la libreta. Nigel captó la expresión de ira ciega que reflejó el semblante de Robert al verla, y también un sobresalto que éste no pudo disimular; en seguida lo vio dominarse con esfuerzo y adoptar un aire despreocupado que no pudo ocultar su desasosiego. «Teme que se le prenda del cuello otra vez, y dispare una andanada de indirectas sobre lo que pasó entre ellos anoche», pensó Nigel, agregando mentalmente la acotación, «que es exactamente lo que hará». Yseut miró a Robert con una mezcla de orgullo y desafío, depositó sus cosas en algún lado y fue hacia el mostrador contoneándose. Ninguno de los tres hombres se ofreció a traerle una bebida, pero ella estuvo observándolos atentamente mientras pedía coñac al encargado y traía el vaso hasta la mesa.
– Bueno, chicos -dijo-, ¿qué tal se sienten después de la orgía de anoche? Pobre Donald, estás verde.
– No sé, pero me parece más apropiado que nosotros le hagamos esa pregunta a usted -dijo Nigel secamente.
– ¿Oh, tan mal estuve anoche? -Yseut ensayó una sonrisa forzada-. Bueno, no se es joven más que una vez, como dicen. Este…, esta mañana fui a tu cuarto, Robert querido. Lamenté mucho no encontrarte. Y lo peor es que cuando el pobre Nigel me vio salir pensó lo peor. Y Rachel también. Fue una lástima que tropezara con ella; tenía la impresión de estar siendo tan discreta -tomó el vaso con mano temblorosa y apuró la mitad del contenido de un trago-. De cualquier forma, encontré lo que buscaba -sonrió torpemente.
– Me alegro -dijo Robert-. Yo también lamento que no me hayas encontrado.
– No importa…, querido.
«Empiezan las indirectas», pensó Nigel resignado.
– Claro que hoy no te veré en el ensayo -prosiguió Robert-, pero como supongo que querrás hablarme de algo…
La muchacha enarcó las cejas.
– ¿Yo, querido? De nada, absolutamente de nada. Lo que acabas de decir suena a conspiración, ¿no, Nigel? Como si quisieras darme un cheque para que no te haga chantaje. En ese caso no creo que a los demás les importe. Aunque desde luego no pienso aceptar ningún cheque, ni te estoy chantajeando; es una solución tan poco inteligente, y encuentro mucho, muchísimo más justo, que se sepa la verdad.
– ¿Quieres explicar de qué demonios estás hablando, Yseut? -preguntó Donald de mala manera.
– De nada, querido. Era una broma entre Robert y yo.
– Es hora de que me vaya -balbució Donald, torpemente.
– ¿Tan pronto, Donald? ¿Vas a practicar en el órgano? Bueno, ve entonces y toca bien.
Donald se levantó, tomó sus piezas de música y permaneció mirándola un momento. Después, con un movimiento brusco, giró sobre los talones y se marchó, seguido por la sonrisa condescendiente de Yseut.
– Buen muchacho -comentó-, pero un poco rústico. Esperen que les traigo otra copa.
Nigel se levantó automáticamente.
– ¿Qué toman? ¿Whisky y soda? Acompáñeme, Nigel, así me ayuda a traer los vasos.
Camino del bar, Yseut volvió la cabeza varias veces para mirar a Robert y sonreírle. Una vez junto al mostrador se apoyó de espalda, dejando que Nigel hiciera el pedido.
Por desgracia, justo cuando el encargado daba a Nigel los vasos, uno se le escurrió entre las manos, derramando su contenido por el mostrador. Nigel apartó a la joven rápidamente, pero no a tiempo para impedir que el líquido oscuro le manchara la blusa.
– ¡Pedazo de…! -gritó Yseut-. ¡Si será torpe! Rápido, deme un pañuelo para limpiar esto.
Nigel le dio el pañuelo, pugnando en vano por sentir algún remordimiento, y luego pidió otro coñac mientras Yseut se frotaba la blusa. De pronto, se sintió espantosamente descompuesto -sin duda un efecto tardío de la reunión de la víspera- y muy, pero muy cansado de Yseut y de todas las personas relacionadas con ella. Irritado, presa de súbito rencor, pensó: «¿Por qué no se morirán todos juntos?»
Volvieron a la mesa con las bebidas (que Yseut por propia conveniencia había olvidado pagar). Nigel la vio mirar alrededor, ponerse rígida y enrojecer de rabia. Miró a Robert con una expresión de odio tal que, contra su voluntad, le acudieron lágrimas a los ojos.
– ¡Maldito seas! -gritó, y arrojando literalmente su vaso sobre la mesa arrebató el bolso de donde lo había dejado y se marchó.
El asombro pintado en la cara de Robert era natural.
– ¡Vaya, vaya! -exclamó-. ¿Qué bicho le ha picado?
Con un gruñido, Nigel se sentó.
– Que Dios la ayude -dijo, harto, y apuró el whisky doble de un trago. Como era de prever, aquello acabó de descomponerlo; con inmenso alivio vio aparecer a Rachel, que le brindó así una buena coyuntura para despedirse con un pretexto. Evidentemente Rachel querría hablar a solas con Robert, y la conversación seguiría canales intrascendentes hasta que se marchara.
– ¿No olvidará mi mensaje para Helen? -preguntó poniéndose de pie.
– ¿Su mensaje? -repitió Robert, sin comprender-. Ah, sí, claro. No, no olvidaré.
– Adiós entonces.
Rachel le dirigió la sombra de una sonrisa.
– A rivederci -dijo Robert.
– A rivederci -repitió él, y se marchó.
«Hipócrita despedida», pensó furioso mientras empujaba las puertas de vaivén para salir a la calle, rumbo a St. Christopher's; «nada me agradaría más que no volver a ver a ninguno de ellos. Que todos sigan peleándose como perros y gatos. Que se maten unos a otros con revólveres robados, maldito si me importa. Pero esa gente no tendría agallas ni para eso. Son todos superficiales, huecos, estúpidos, en una palabra. No, no tendrían agallas».
Pero se equivocaba. Porque ahora, en las fronteras de la mente, los chacales y las hienas volvieron a sus cuevas, y los lobos salieron de ronda con sigilo en círculos que iban convergiendo poco a poco hacia un punto, y al llegar a ese punto la manada se abalanzó enfurecida sobre una silueta que gritaba forcejeando, pugnando por liberarse, y la callaron. Por obra de una súbita alquimia secreta, las pullas y discusiones se convirtieron en terror físico, en agonía física, en muerte violenta. Esa tarde Nigel abandonó Oxford con destino a Londres; regresó a la tarde siguiente y oyó un disparo.