La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– Rach, todavía estás agotada.
Rachel desvió la mirada, pero Ben le tomó la barbilla con delicadeza y la hizo volverse hacia él.
– ¿Tan terrible es que tenga que ayudarte?
Dios, tenía unos ojos tan profundos.
– No -susurró-. Veo que sigues siendo un gran cocinero -comentó al cabo de unos segundos.
– Sí, bueno, cuando creces teniendo que arreglártelas tú solo, o pasas hambre o aprendes rápido.
Rachel sintió que el caldo se le atragantaba. Habían bastado aquellas palabras para evocar una imagen que le desgarraba el corazón; la de un niño hambriento. ¿Cuántas veces había sospechado Rachel que aquel hogar adoptivo no era un buen lugar para Ben? Pero a pesar de sus preguntas, él nunca había querido hablar sobre ello.
– ¿Rach?
Rachel sacudió bruscamente la cabeza al ser consciente de que había estado a punto de dormirse delante de él.
– Lo siento.
– Eh, estás cansada, es normal -retiró la bandeja y la ayudó a ir al baño, donde ella se lavó los dientes y se preparó para irse a la cama.
Después, se quedó dormida con la imagen de Ben en la mente. En medio de la noche, se despertó de nuevo con el cuerpo dolorido y el corazón pesado y alargó la mano hacia el interruptor que Emily había insistido en colocar en la cama, un interruptor que había considerado estúpido hasta aquel momento, cuando no tenía fuerzas para hacer nada.
Se quedó mirando la libreta que tenía al lado de la cama y que normalmente utilizaba para apuntar ideas para su tira cómica cuando no podía dormir. Pero una tira que le parecía tan importante antes del accidente, de pronto se le antojaba… frívola. Como un puñado de dibujos estúpidos al lado de lo que estaba haciendo otra mucha gente para ayudar a los demás.
Como Ben.
– ¿Rach?
Hablando del rey de Roma. Ben, que estaba en el marco de la puerta, se adentró en la habitación, dejándose bañar por el resplandor dorado de la lámpara de noche.
– ¿Estás bien? -le preguntó.
– Defíneme «bien».
– ¿Necesitas que te ayude a ir al cuarto de baño?
Estaba tan intenso, tan serio. ¿De verdad tenía tan mal aspecto? Sí, decidió Rachel, probablemente sí.
– Estoy bien, de verdad. Simplemente, no puedo dormir -admitió-. Y tampoco puedo dibujar.
– Oh -Ben se rascó el pecho y miró a su alrededor sin saber cómo ayudarla con un problema tan poco tangible.
– No te preocupes -dijo Rachel secamente-, no voy a pedirte que te pongas a cantar y a bailar para devolverme el sueño.
– Podría leerte un cuento -le ofreció Ben con una sonrisa.
– Me limitaré a leerlo yo misma.
– ¿Estás segura?
Rachel no estaba segura de nada, pero necesitaba que saliera cuanto antes de su habitación.
– Claro que sí, puedes marcharte.
– Rach, ya sabes que todavía no puedo…
– Me refería a que salieras de la habitación -pero le gustaba saber que él tenía incluso más ganas que ella de abandonar aquella casa.
Ben asintió ligeramente y dio media vuelta.
– ¿Ben?
Ben tensó los hombros, haciendo a Rachel consciente de que ella no era la única que estaba nerviosa aquella noche.
– Gracias -susurró, y esperó a quedarse sola de nuevo antes de tomar la novela romántica que le había regalado una de las enfermeras del hospital.
Cuando se despertó a la mañana siguiente, descubrió a Ben a los pies de la cama, con las manos en los bolsillos de los vaqueros y una camiseta azul que le hacía parecer al mismo tiempo duro y sexy, una imagen realzada por el pendiente de plata que brillaba en su oreja.
Su pirata, pensó Rachel con unas ganas ridículas de reír y bajando la mirada hacia la novela que descansaba en su pecho.
Ben se acercó a ella y tomó el libro, que estaba abierto por una escena tan tórrida que la noche anterior había empañado las gafas de Rachel. Ben leyó unas cuantas líneas en silencio y arqueó significativamente las cejas.
– ¿Palpitante masculinidad? Caramba.
– ¿Estás aquí por alguna razón?
– Sí -Ben dejó el libro a un lado y respiró lentamente-. ¿Necesitas que te ayude a levantarte?
– No, lo haré yo.
– Déjame por lo menos llevarte al baño.
– He dicho que lo haré yo. Por favor, vete…
Ben apretó la mandíbula.
– Creo que ya ha quedado claro que no voy a marcharme.
Pero se había ido en otra ocasión. Y, maldito fuera, Rachel sentía la loca y juvenil urgencia de castigarlo por ello y de hacer que deseara volver a marcharse una vez más. Pero si algo sabía Rachel de Ben era que debía de tratarse del hombre más cabezota del planeta. Había prometido quedarse, por lo menos temporalmente, y no iba a incumplir su promesa.
En vez de marcharse, Ben la destapó y la levantó de la cama.
– ¿Vamos primero al baño? -le preguntó con calma, como si aquel fuera el ritual de cada día-. ¿Quieres que te lave con la esponja?
Tenía un brazo bajo su espalda y apoyaba los dedos justo debajo de su seno. El otro brazo lo tenía bajo sus piernas.
¿Sabría acaso que no llevaba nada debajo del pijama?
– Sí, pero…
– Déjame imaginar. Puedes hacerlo tú sola -entró en el baño, la dejó sobre una silla y se volvió hacia la bañera-. Quédate ahí.
¿Acaso tenía otra opción? Rachel se preguntó por qué demonios habría pensado que lo de la enfermera era una mala idea.
– Toma.
Allí estaba Ben otra vez, en cuclillas y delante de ella. Tenía una bolsa de plástico en la mano y antes de que Rachel hubiera podido darse cuenta de lo que pretendía, le abrió completamente la bata.
– Eh…
– Me darás las gracias en cuanto estés en el agua, confía en mí -y sin desviar la mirada de su tarea, le colocó una bolsa en la escayola de la pierna izquierda y la aseguró con un trozo de cinta adhesiva. Se inclinó hacia adelante y utilizó sus propios dientes para cortar la cinta.
Rachel fijó la mirada en la cabeza de Ben, en aquel momento entre sus piernas, sintiendo el roce de sus muslos, y no sabía si abrir las piernas todavía más o darle una patada.
Darle una patada, decidió. Con una exclamación de sorpresa, Ben cayó de rodillas y puso los brazos en las caderas.
– ¿Te encuentras mejor? -le preguntó Ben.
– Eh, sí -admitió-, lo siento.
– No, no lo sientes -le quitó delicadamente una de las mangas de la bata y repitió la operación.
A su alrededor, con el agua caliente de la bañera, el cuarto de baño se estaba llenando de vapor.
– Entonces -dijo Ben con una sonrisa-, ¿cómo quieres que hagamos esto, de la forma más fácil o de la más difícil?
Rachel se aferró a su bata.
– A partir de ahora puedo arreglármelas sola.
– Entonces de la más difícil -musitó Ben-, genial.
Le tendió la esponja que colgaba de la ducha y se colocó de espaldas a ella.
Rachel miró aquel burbujeante baño y la esponja que tenía en la mano. Hundirla en la bañera y frotarse el cuerpo le parecía la gloria. Pero…
– No puedo hacerlo si tú estás delante.
– Tengo los ojos cerrados.
– Sí, pero…
– Pero nada, Rachel, ¿quieres lavarte o no?
Rachel miró el vapor que ascendía desde la bañera. ¿Quería lavarse? Lo deseaba más que respirar.
– Sí.
– Entonces, hazlo. Estás temblando como una hoja en el primer día de otoño. Y no, no me voy a ir, porque quiero asegurarme de que no te caigas.
– Entonces cierra los ojos -consiguió incorporarse lo suficiente como para quitarse la bata y dejarla caer a sus pies y fue a sentarse al borde de la bañera.
Pero se sentía terriblemente torpe y dejando caer demasiada presión en las costillas y en la pelvis.
– ¿Y ahora qué pasa? -Ben estaba de espaldas a ella, con los ojos todavía cerrados. Rachel lo sabía porque veía su reflejo en el espejo.
– Nada -contestó Rachel, y deseó llorar. Maldita fuera, ¡un mes atrás estaba en perfectas condiciones físicas!-. Ben…