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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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– Andando.

– ¿De verdad? -parecía sorprendido-. Deberías haberme llamado para que te ayudara. ¿Estás trabajando?

– Sí -señaló con amargura hacia su caballete.

– Rachel…

Ben se interrumpió cuando sonó el teléfono. Como lo tenía justo a su derecha, descolgó el auricular sin pedirle permiso a Rachel.

– ¿Diga? -su rostro se tensó-. Yo pensaba que iba a llamarme al móvil. Sí, ¿saben algo de él? -miró a Rachel mientras escuchaba.

– ¿Quién es? -preguntó Rachel, aunque sólo consiguió ser completamente ignorada-. Ben…

Ben le puso la mano en la boca para silenciarla. Rachel lo fulminó con la mirada.

– Ahora mismo voy -dijo Ben, colgando el teléfono con engañosa tranquilidad mientras el miedo lo devoraba-. Tengo que marcharme.

– ¿Quién era?

– Dile a Em que volveré para la hora del desayuno.

– Ben…

Ya estaba en la puerta, pero soltó un juramento y regresó. Tomó el rostro de Rachel con una delicadeza increíble y le hizo alzarlo hacia él.

– No me pasará nada -le dijo, haciendo una promesa que Rachel no alcanzaba a entender.

– Ben…

– Sss -la besó en los labios-. Volveré.

Sí, claro, ¿pero cómo iba a decirle que era precisamente eso lo que temía?

Rachel se llevó la mano a los labios y lo observó marcharse, preguntándose por qué habría dejado que la besara.

Arrastrada por la curiosidad, Rachel levantó el auricular del teléfono y comprobó el identificador de llamadas. Inidentificable. Rachel alzó la mirada y miró hacia la puerta por la que Ben acababa de desvanecerse. Oyó que se cerraba la puerta de la calle. Y entonces pulsó el botón que le permitía devolver la llamada.

– Agente Brewer -contestaron al otro lado de la línea.

Rachel se quedó mirando el teléfono de hito en hito.

– ¿Diga?

Tras tartamudear una disculpa, Rachel colgó el teléfono y se preguntó qué demonios estaba pasando.

Capítulo 9

Ben fue informado durante la reunión con Brewer de que habían conseguido detener a uno de los cómplices de Asada.

– ¿Y qué ha dicho sobre él? -preguntó Ben.

– Todavía no ha soltado nada. Pero el hecho de que lo hayan detenido en Sudamérica nos indica que Asada todavía está allí. Estoy seguro de que pronto lo encontrarán.

Pero Ben quería algo más que una promesa. Él quería… que todo aquello terminara. No estaba acostumbrado a pasar tanto miedo, y, como rara vez se encontraba personalmente involucrado en ese tipo de situaciones, no sabía cómo enfrentarse a ellas.

Pero aquélla no era una situación cualquiera. Era su vida. La vida de Emily. La vida de Rachel.

– Pronto podría ser demasiado tarde.

El agente Brewer, un hombre que llevaba veinte años de servicio y vivía completamente entregado a su trabajo, asintió.

– Soy consciente de su miedo, pero estamos haciendo todo lo que podemos.

– Si Asada está en Sudamérica, con todos los contactos que tiene puede pasarse toda la vida escondido.

– Es preferible a que esté en los Estados Unidos, detrás de usted.

– Podría tener hombres aquí. Hombres dispuestos a obedecerlo a ciegas.

– Hemos estado revisando las cintas de vídeo del aeropuerto de Los Ángeles grabadas alrededor de la fecha en la que Rachel tuvo el accidente -presionó un mando a distancia y comenzaron a surgir imágenes en un televisor, mostrando a dos hombres saliendo de la terminal de Los Ángeles-. Estamos intentando seguir el rastro de estos dos hombres. Y queríamos que viera su aspecto.

El terror se instaló en el vientre de Ben como una roca. El terror y el sentimiento de culpabilidad. Él era el culpable de todo lo que le había ocurrido a Rachel. Del hospital, el dolor, de sus limitaciones… El peso de la culpa lo devoraba.

Cuando salió de la oficina de Brewer, South Village ya se había abierto a otro próspero día. Habiendo vivido durante tanto tiempo lejos de allí, resultaba duro reconciliar toda aquella evidente riqueza con el mundo que Ben conocía, un mundo en el que el sufrimiento y el hambre eran el pan de cada día.

Inmerso en un atasco, aprovechó para planear parte de su futuro trabajo. Podía escribir algunos artículos que había estado coleccionando para los días de lluvia. Sí, podía dedicarse a ello durante el día. De hecho, tendría que hacerlo si quería conservar la cordura.

– ¿Que vas a establecerte en una casa? -le preguntó el editor de la revista con fingido horror-. ¿Quieres decir que tienes una auténtica dirección?

– Resulta difícil de creer, ¿eh?

– Bueno, eso tendré que verlo. Nos mantendremos en contacto.

Ben se despidió y giró hacia la calle de Rachel. Felizmente ajena al mundo de su padre, Emily estaba sentada en el último escalón de la casa con Parches en el regazo y el portátil en precario equilibrio sobre sus rodillas. Tenía la cabeza inclinada, mientras sus dedos volaban sobre el teclado.

A Ben se le encogió el corazón. ¿Cómo era posible que aquella preciosa y dulce criatura no tuviera otro amigo que su ordenador? La necesidad de esconderla, de protegerla del terrible lobo que era la vida era tan sobrecogedora que, por un instante, Ben sólo fue capaz de mirarla sintiendo un dolor tan intenso que no sabía qué hacer consigo mismo.

Cuando Emily advirtió su presencia, cerró el ordenador y le dirigió una sonrisa radiante. Y el dolor desapareció. Dios, cuánto la quería.

– He intentado hablarle a mamá de Parches -dijo Emily-, pero siempre está dormida. O de mal humor.

– Está sufriendo mucho. Emily, no me gusta que me esperes fuera.

– South Village es un lugar seguro, papá.

– Por favor, Em.

– Sí, de acuerdo.

– Y, sobre lo del perro. Si no se lo dices hoy a tu madre, se lo diré yo.

– Vaya, te has convertido en un padre muy estricto -miró el reloj-. No tenemos tiempo para ir a atascar nuestras arterias.

¿Estricto? ¿Él era estricto?

Diablos, ¿ni siquiera sabía lo que era ser padre y su hija pensaba que era estricto?

Esa niña no sabía el significado de esa maldita palabra.

– ¿Qué te parece si pasamos por un McDonald’s de camino al colegio? -le preguntó.

– Mamá odia los McDonlad’s.

– Entonces le compraré algo repugnantemente saludable cuando vuelva hacia casa.

Emily le dirigió una sonrisa que disipó el frío que lo acompañaba desde aquella terrible llamada matutina.

– De acuerdo.

– Pero en serio, Emily, tienes que decirle a mamá lo del perro. Estoy cansado de esconderlo.

En un abrir y cerrar de ojos, la sonrisa de Emily se transformó en un ceño fruncido.

– Lo sé -le dio un beso al cachorro en la boca, provocando una mueca de Ben.

– Ahora.

– Oh, papá. Ahora no puedo decírselo, está durmiendo. Pero te prometo que será lo primero que le diga esta tarde -para dar cierto efecto a sus palabras, batió las pestañas sobre sus enormes ojos.

¿Estricto? En realidad era un infeliz.

– En cuanto cruces la puerta de casa.

– Te lo prometo. ¿Papá? -inclinó la cabeza y lo estudió con atención-. Tú quieres a mamá, ¿verdad? Ya sabes, como la querías cuando me tuvisteis.

– Emily…

– Porque sé que estabais enamorados. Se nota en la fotografía que tiene mamá.

– ¿Tu madre tiene una fotografía?

– Sí, en el cajón en el que guarda el joyero. Estáis muy jóvenes y tú la estás abrazando. Mamá se ríe y tú la miras como si estuvieras enamorado de ella.

Así que Rachel guardaba una fotografía… ¿Por qué una mujer que le había dicho que se marchara para siempre iba a hacer algo así?

– Eso fue hace mucho tiempo, Em, lo sabes.

– Pero eso no significa que los sentimientos tengan que cambiar. ¿Tú me querías cuando nací?

– Mucho.

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