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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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Emily volvió a mirar a su padre. ¡Sí! Tenía el ceño fruncido mientras miraba a Adam saliendo de la habitación. Sí, sí, sí… ¡A él tampoco le había gustado que hubiera besado a Rachel! De modo que si sus padres todavía no se habían enamorado tal y como ella esperaba, quizá lo hicieran en un día o dos.

Aun así, tendría que trabajar rápido. Con la mala suerte que tenía, Adam era capaz de hacer alguna estupidez, como proponerle a su madre matrimonio.

– Ahora sí tengo que irme -y salió corriendo hacia el pasillo.

Ignorando los gemidos de la perrita, bajó por la barra y llegó al cuarto de estar justo en el momento en el que Adam estaba terminado de bajar las escaleras.

Emily le abrió la puerta de la calle y salió tras él.

– Gracias por venir a ver cómo estaba mi madre -le dijo.

– No tienes por qué darme las gracias, Emily. Me gusta venir a verla.

– Pero ahora que está mi padre aquí, puede cuidarla él.

Adam escrutó su rostro y asintió lentamente.

– Sí, ya entiendo.

– ¿De verdad?

– Sí -asomó a sus labios una sonrisa-, te gustaría que me desvaneciera.

Emily se sonrojó.

– Bueno, no quería herir tus sentimientos ni nada parecido.

– Quieres que vuelvan a estar juntos -dijo Adam con una sonrisa.

– ¿Cómo lo sabes?

– Mis padres estaban divorciados. Digamos que reconozco la desesperación. Emily, sabes que tus padres llevan mucho tiempo separados y…

– ¡Sé que volverán! ¡Estoy segura de que volverán a estar juntos!

Adam cerró la boca, la miró con una sonrisa y asintió.

– Es posible.

– ¿Entonces vas a dejar de besarla?

Adam dejó escapar una risa.

– Te diré una cosa: si tu madre me pide que deje de besarla, lo haré.

Estaba Emily regresando al interior de la casa tras despedirse de Adam, cuando sonó el teléfono. Emily contestó esperando que fuera Alicia, su nueva amiga cibernética. Se habían conocido unas semanas atrás y habían decidido ser las mejores amigas. Alicia, que vivía en Los Ángeles, le había prometido llamarla para que pudieran hablar de verdad.

– Eh, cariño, ¿cómo está tu madre?

Era su tía Mel. Caramba, eso significaba que aquella mañana no había conseguido convencerla de que no se preocupara por ellas.

– Hola. Ya te he dicho que mamá está muy bien. De hecho, creo que acaba de decir otra vez que no quiere que tengas que perder el tiempo con ella porque se encuentra perfectamente.

– ¿De verdad?

– De verdad. Se ha levantado ella sola de la cama -en aquel momento, entró su padre en el cuarto de estar con el cachorro bajo el brazo y le dirigió una larga mirada antes de sacar a Parches al jardín.

– ¿Y qué tal el colegio? -le preguntó entonces Mel.

– Es asqueroso.

Mel se echó a reír. En aquel momento, volvió a entrar su padre levantando el pulgar y señalando a Parches, lo cual significaba que la perrita había cumplido con sus obligaciones. Pero al ver a Emily, Parches comenzó a ladrar emocionada.

– Tía Mel, tengo que colgar si no quiero llegar tarde al colegio -dijo rápidamente-. Pero de verdad, las cosas van…

– ¿Estupendamente?

– Sí, así que quédate donde estás y ya sabes, disfruta de la vida.

Parches volvió a ladrar por segunda vez.

– ¿Qué ha sido eso? -preguntó Mel.

– Nada. El autobús del colegio. ¡Tengo que irme!

Capítulo 8

Rachel no consiguió vestirse aquel día. Cuando por fin abandonaron todos su dormitorio, regresó a la cama, derrotada y deprimida hasta el agotamiento. Se quedó dormida y volvieron a perseguirla en sueños unos brazos fuertes y adorables y unos ojos del color del whisky que la veían, que realmente la veían y, por alguna suerte de milagro, la amaban. Pero su propia debilidad y su miedo le impedían devolver ese amor.

Despertó de nuevo y permaneció tumbada, con la mirada fija en el techo. El estómago le sonaba y habría jurado que acababa de oír el ladrido de un perro. Pero, seguramente, aquel ladrido todavía formaba parte del sueño. Se dijo a sí misma que no habían sido ni la debilidad ni el miedo los que los habían destrozado a ella y a Ben hacía ya tanto, tanto tiempo, sino los fríos y duros hechos.

Ben tenía que marcharse, y ella tenía que quedarse.

Así de sencillo.

En aquel momento se abrió la puerta del dormitorio y entró Ben con una bandeja en la que llevaba una tortilla francesa y unas tostadas con mantequilla. La ayudó a sentarse, dejó la bandeja en su regazo, acercó la silla que había en una esquina de la habitación y se sentó a horcajadas en ella.

– Come. Más tarde tenemos una cita con el fisioterapeuta, así que tienes que reunir fuerzas.

Como si le resultara fácil comer estando él allí delante.

– En realidad no tengo hambre -el rugido de sus tripas sonó en toda la habitación.

– Sí, claro, no tienes hambre. Come, Rachel, no pienso marcharme hasta que hayas comido.

Con ese incentivo, Rachel se dispuso a devorar la bandeja entera.

– ¿Te encuentras mejor?

– Si digo que sí, ¿te irás en el próximo avión?

– Probablemente no -contestó Ben con una sonrisa.

Rachel no pudo evitar devolvérsela.

Al atardecer, Emily entró en la habitación con otra bandeja en la que llevaba una humeante sopa y una nueva ración de tostadas. Tras ella permanecía Ben con expresión solemne y, si no lo conociera bien, Rachel habría dicho que casi insegura. No había vuelto a hablar con él desde que, tras la sesión de fisioterapia, la había llevado de vuelta a la habitación, la había dejado en la cama y le había dado un delicado beso en los labios.

Rachel había prolongado ligeramente aquel contacto y después, sorprendida por su actitud, había vuelto la cabeza y se había hecho la dormida.

– Mamá, papá me ha enseñado a hacer sopa -resplandecía mientras aspiraba con orgullo el aroma de la sopa-. Está de rechupete. Huele mejor que esas latas que siempre usas. Eh, cuando te recuperes papá podría enseñarte a cocinar.

Rachel miró a Ben, que tuvo la sensatez de no sonreír.

– ¿Quieres que te haga compañía? -sin esperar respuesta, Emily dejó la bandeja en el regazo de Rachel y se sentó en la cama.

Era la primera vez que Rachel la veía sin el ordenador pegado como un apéndice a su brazo.

– Vamos, papá -dijo Emily, palmeando la cama-, siéntate.

Ben sacudió la cabeza.

– No, yo…

– ¡Papá! Mamá odia comer sola. Vamos, siéntate a mi lado. A ella no le importará, ¿verdad, mamá?

Ben la miró mientras se acercaba y se sentaba en la cama muy lentamente, teniendo mucho cuidad de no moverla.

Y lo único que Rachel fue capaz de pensar, estúpidamente, fue que estaban en la misma cama.

– Ahora ya sé hacer hamburguesas y sopa -anunció Emily y frunció el ceño-. Papá, ¿qué más puedes enseñarme a cocinar? ¿Sabes hacer pizza?

Ben arqueó una ceja.

– Bueno, podríamos hablar de eso en cuanto le hables a tu madre de Parches…

– ¡Oh, espera! -Emily lo interrumpió e inclinó la cabeza-. Sí, está sonando mi ordenador. Lo siento, tengo que irme.

– Yo no lo he oído -dijo Rachel, pero Emily había salido corriendo como un tornado.

Rachel fijó la mirada en la sopa.

– Gracias -estando Ben tan cerca, tenía que luchar contra la ridícula necesidad de meterse entre las sábanas y esconder la cabeza.

– No me lo agradezcas hasta que hayas comido -metió la cuchara en el cuenco de sopa y se la tendió.

– Puedo comer yo sola.

Ben se limitó a empujar suavemente la cuchara y un delicioso caldo se deslizó en su interior. Esperó a que Rachel hubiera tragado.

– ¿Y bien?

– Asombrosa -admitió Rachel, Ben sonrió y le dio una nueva cucharada.

– De verdad, puedo hacerlo yo.

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