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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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– Cuando llegue el verano -le dijo Emily, colocando cuidadosamente aquel portátil del que nunca se separaba-, le voy a pedir al dueño que me deje trabajar aquí.

– Cuando se tienen doce años, el verano no es para trabajar.

– ¿Entonces para qué es?

– ¿Para salir con los amigos, quizá?

Los ojos de Emily perdieron parte de su luz.

– Preferiría trabajar.

Ben recordaba que su preadolescencia también había sido muy difícil, pero Emily procedía de un mundo completamente diferente.

– ¿Qué problema tienes con los amigos?

– Ninguno.

– Em.

– Los otros niños son muy raros.

– ¿Raros en qué sentido?

– Las chicas están interesadas por los chicos y a los chicos sólo les interesan sus monopatines.

– Bueno, entonces las cosas no han cambiado mucho.

Emily levantó la carta para ocultar su rostro.

– Tengo hambre.

De acuerdo. Ben se inclinó hacia delante y le apartó la carta con un dedo.

– Sólo déjame decirte una cosa.

– ¿Tienes que hacerlo?

– Soy tu padre, sí.

Con un dramático suspiro, Emily dejó la carta sobre la mesa y lo miró con recelo.

– Preocuparme por ti es algo inseparable del hecho de ser tu padre. No puedo evitarlo.

– ¿Y quieres evitarlo?

– ¿Qué quieres decir?

Emily lo miró con los ojos entrecerrados.

– ¿Preferirías no tener que preocuparte en absoluto?

¿Cómo había podido olvidar lo inteligente que era su hija?

– No, no quiero evitarlo, Emily -le tomó la mano al verla desviar la mirada-. Quiero ser tu padre. Me encanta serlo.

– ¿Estás seguro?

– Completamente seguro.

Emily sonrió de oreja a oreja. Ben le devolvió la sonrisa.

– Entonces…

– Entonces, estoy bien.

– ¿Me lo prometes?

– Te lo prometo.

Pidieron comida suficiente para mantener las arterias bloqueadas durante un mes y Ben se pasó todo el desayuno esperando reconocer a Asada o a cualquiera de sus hombres en cualquier rostro.

Y lo odiaba. Odiaba la sensación de impotencia, de vulnerabilidad.

Después del desayuno, regresaron paseando a la casa.

– Vamos por aquí -dijo Emily, señalando un callejón.

En el mundo de Ben, un callejón era una trampa mortal.

– Prefiero que rodeemos el edificio y…

– ¿Has oído eso? Oh, mira…

Antes de que pudiera detenerla, Emily se adentró en el callejón, dejó el ordenador en el suelo y se levantó con algo en brazos.

Cuando llegó Ben a su lado, la niña estaba saltando con aquel pequeño bulto todavía entre sus brazos.

– ¿Podemos quedárnoslo? ¿Podemos quedárnoslo?

El «lo» en cuestión era el cachorro más pequeño y más feo que había sobre la faz de la tierra.

– Es un perro callejero, no tiene collar. Oh, mira, está hambriento -Emily miró a su padre-. Es huérfano, papá.

Y un infierno.

– No.

– Pero no podemos dejarlo aquí.

– Claro que podemos. Déjalo en el suelo y nos vamos.

Emily lo miró con desaprobación.

– Mamá dice que eres un héroe, que salvas a la gente. ¿Cómo puedes decir algo así?

¿Rachel había dicho que era un héroe?

– Em, no podemos llevar un perro a casa.

– Pero yo siempre he querido tener un perro, siempre. Estoy tan sola…

– Em…

– Mira, papá, ¿no es precioso? Tenemos que llevárnoslo a casa y darle de comer.

El cachorro, sintiendo su victoria, pareció animarse.

– Por favor, papá…

– Pero tu madre…

– Pensábamos tener un perro, te lo prometo. Justo antes del accidente de mamá habíamos decidido ir a rescatar a uno de los perros de la perrera, pero yo he encontrado antes a éste.

El cachorro le lamió la mejilla.

– Y, mira, tiene las orejas más oscuras que el resto de su cuerpo. Es tan bonito… Lo llamaremos Parches.

Parches suspiró encantado y expuso su vientre para que lo acariciaran.

Ben suspiró y se descubrió a sí mismo frotando aquella suave barriguita.

– Sólo hay un problema, Emily: Parches no es un chico.

Capítulo 7

Diecisiete años y embarazada. Su padre la mataría. Su madre, su madre se bebería un vaso de vodka y después se echaría a llorar.

Melanie la cuidaría. La envolvería en un enorme abrazo y después se ofrecería a llevarla a la misma clínica a la que Rachel la había acompañado en dos ocasiones.

Pero Rachel no quería considerar siquiera aquella posibilidad. Aunque la alternativa, tener un hijo… ¿cómo iba a hacerlo? Todo lo que ella iba a ser, todo lo que esperaba de sí misma, dependía de lo que hiciera durante los próximos años. Ella quería tener una profesión, quería seguridad, estabilidad. Pero, sobre todo, quería tener un hogar, un hogar estable en South Village.

Y no quería volver a depender nunca de nadie.

Sin embargo, de pronto había aparecido alguien en su vida que dependía completamente de ella. Pero qué podía saber ella de bebés, se preguntó medio histérica. Los bebés necesitaban calor, cuidados y un cariño incondicional. Y ella ni siquiera estaba segura de saber lo que aquellas palabras significaban.

Ben le habría dado todas esas cosas. Pero también quería arrastrarla por todos los rincones del planeta, sin llegar a establecerse nunca.

Aquella noche, al mirarlo a los ojos, Rachel había visto el amor que sentía hacia ella y había estado a punto de ceder. Pero, por irónico que pareciera, había sido la enormidad de lo que Ben sentía por ella lo que la había hecho retroceder.

De modo que había cedido al miedo y le había pedido que se marchara.

Y, con una facilidad impactante, Ben se había marchado, dejándola allí, sola, tal como ella quería.

Pero una parte de ella no podía dejar de preguntarse hasta qué punto era profundo su amor si había sido capaz de abandonarla tan fácilmente.

La despertó el sol que penetraba por la ventana. Sólo había sido un sueño. Un sueño horrible, devastador. Comenzó a suspirar aliviada, pero el intenso dolor le hizo recordarlo todo.

No era un sueño. Era verdad y había sucedido.

Pero ella ya no era una joven solitaria. Tenía a Emily, formaban una familia, y eso lo hacía todo más soportable. Para demostrárselo, intentó sentarse. La visión se le nubló durante unos segundos y sus costillas enviaron un intenso dolor a su cerebro. Se tensó, esperando una nueva arremetida, pero, sorprendentemente, no sintió nada que no fuera soportable.

Levantarse, sin embargo, era una historia completamente diferente. Lo intentó hasta que terminó jadeando y sudando sin haberlo conseguido.

De acuerdo, todavía no estaba preparada, decidió mientras se sentaba al borde de la cama y se secaba el sudor de la frente. ¿Y qué iba a hacer? Aquel pijama representaba un serio problema. Era completamente inadecuado para mostrarse ante un ex amante que de pronto había regresado a su casa.

Vestirse. Esa era la prioridad número uno. Quitarse la parte superior del pijama no fue difícil. La nueva escayola era sorprendentemente ligera. Se limitó a dejar caer los tirantes con la mano buena, negándose a ceder al dolor, y dejó que la camisola descendiera hasta su cintura. Con unos cuantos movimientos, consiguió quitarse también la parte de abajo.

Pero vestirse no iba a ser tan fácil. Al darse cuenta de que no tenía ropa limpia a su alcance, de pronto comprendió que quitarse el pijama no había sido un movimiento sensato. Y sí, aquello que estaba sonando era el timbre de la puerta.

Tenía la bata a los pies de la cama. Utilizando su brazo bueno, la agarró y la atrajo hacia ella. Hasta ahí todo iba bien. Pero la bata era demasiado pesada. Consiguió meter una mano, pero la otra…

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