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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Marcó su posición aproximada en el mapa, que había calculado observando las estrellas y valiéndose de una brújula que había encontrado en el camarote. Estaba seguro de que se hallaban entre la isla Andros y la de Bimini. Lo que no sabía era a qué distancia. Iban a la deriva, arrastrados por una cálida corriente del noroeste, pero había empezado a soplar un viento del sureste. No creía que la velocidad del barco superara los dos nudos, fuera cual fuese la dirección.

Los golpecitos de unas uñas contra el suelo atrajeron la atención de Max hacia la puerta. Baby Doll Carlyle entró en la cocina y saltó al banco y de ahí a la mesa; irguió las orejas y fijó la mirada en Max.

– Oh, no, otra vez no -rezongó Max. Se levantó de la mesa, sacó una cerveza de la nevera, la segunda en todo el día, y la alzó en un silencioso saludo. Los Thatch no sólo le habían proporcionado un barco sino que lo habían aprovisionado de buena cerveza. En la cocina había canapés y bebida para un mes.

Por suerte, encontró provisiones más sustanciosas en la despensa. Estaba repleta de zumo de tomate, aceitunas verdes y vermut. Si hubiese sido un buen bebedor, habría podido pasar varias semanas borracho con el alcohol que había ahí almacenado. En uno de los estantes inferiores encontró arroz blanco y unas latas de peras.

Se acordó de Lola, de su mano aprisionada en la de él, y de sus pechos, a punto de hacer saltar los botones de ese horroroso vestido. Destapó la cerveza y durante medio segundo consideró la posibilidad de emborracharse por completo; la idea de evadirse de todo por medio de la bebida lo sedujo por un momento. Pero Max ya conocía esa forma de afrontar la realidad. La había visto en su padre y se prometió a sí mismo que nunca recurriría a eso. Él era fuerte y podía evitarlo. Más fuerte que la bebida y más fuerte que su padre. Nunca permitiría que nada lo dominase como el ron había dominado a Fidel Zamora.

El minúsculo perro que había encima de la mesa soltó un ladrido y Max lo miró.

– ¿Dónde está tu dueña? -le preguntó Max en voz alta, aunque tenía una ligera idea de dónde se encontraba: la había visto sacar una tumbona de un armario y llevarla al puente.

Max bebió un trago de Dos Equis y se dirigió hacia afuera. Lola no le había dirigido la palabra desde su discusión sobre el cepillo de dientes. Quizá debería haberle pedido permiso antes de cogerlo, pero pensó que ella se lo habría denegado y que él lo habría utilizado igualmente. Por eso, le había parecido inútil y todavía se lo parecía. Además, tal como le había dicho, no iba a contagiarle nada. Dios sabía que su revisión física anual incluía todas las pruebas conocidas por la comunidad médica, pero herviría el maldito cepillo si eso la hacía sentirse mejor.

Descalzo, subió las escaleras hasta el puente. Se acercó un poco y la miró, envuelta en las sombras de la noche. Las luces de babor y estribor todavía funcionaban, y su brillo se reflejaba en el cabello de Lola. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. El pecho le subía y le bajaba a ritmo lento, pero los botones del vestido aún parecían apunto de saltar. Tenía una mano sobre el vientre, mientras que la otra colgaba aun lado de la silla con el espejo todavía entre los dedos. El chal que utilizaba como falda se encontraba arrebujado entre sus piernas, y Max se las tapó con él. Luego recogió los prismáticos del suelo. Observó el horizonte con ellos, buscado alguna boya o algún signo que indicara la proximidad de la costa. No vio más que el reflejo de la luna en la negra superficie del mar y la ligera espuma de las olas.

La posibilidad de que lo arrestaran por robo y secuestro cuando los rescatasen era real. Por lo menos lo detendrían. Pero eso no le preocupaba en absoluto: con una llamada telefónica haría desaparecer todos los cargos.

Lo único que le preocupaba de verdad era el hecho de encontrarse en medio del Atlántico desprovisto de sus herramientas letales, sobre todo de 9 mm con munición subsónica y su cuchillo de asalto K-Bar. Sin ellos se sentía desnudo y a merced de cualquier barco que se cruzara con ellos. Max no se fiaba de nadie ni de nada, y mucho menos de los desconocidos.

Echó un vistazo a Lola y al cuchillo de pescado, que se había deslizado desde su mano hasta el suelo. Como guerrera era pésima. Dormía tranquilamente mientras él invadía su espacio, y ni siquiera estaba pendiente de su arma. Recogió el cuchillo del suelo y se lo colocó en el cinturón.

La luz de la luna acariciaba la mejilla y el labio superior de Lola. No cabía duda de que era una mujer hermosa. Era la clase de mujer con la que los hombres fantaseaban.

«Nunca seré una voluntaria en tus perversas fantasías», le había dicho, como si le hubiera leído el pensamiento. ¿Perversas? Sus fantasías no eran perversas. Bueno, no tanto como las de algunos tipos que conocía.

Aunque Max no era el típico hombre que se compraba calendarios de desnudos, habría tenido que ser de otro planeta para no saber quién era Lola, para no haberla visto en calendarios, anuncios de sujetadores, vallas publicitarias y portadas de revistas. Estaría muerto de cintura para abajo si nunca hubiese imaginado cómo sería acostarse con ella, sentir su sudor y su pelo revuelto, probar su carmín.

Recordó la primera vez que vio una fotografía de Lola. Fue en Times Square, hacía más o menos unos ocho años. Esperaba un taxi delante del Hiatt cuando miró hacia arriba y allí estaba ella, con la melena rubia hacia atrás, los ojos provocadores, como si estuviera mirando a su amante, y el exuberante cuerpo cubierto solamente con unas bragas de puntillas y un sujetador a juego.

De color blanco. Su preferido.

Ese día en que la vio por primera vez se preguntó quién sería. Al igual que todos los hombres que la miraban, se la imaginó desnuda y, consciente de que nunca tendría la oportunidad de estar con una mujer como ésa, se dijo que seguramente sería un polvo horroroso. Se la veía demasiado flaca y preocupada por su maquillaje. Seguramente era de esas chicas que esperaban que el hombre hiciera todo el trabajo. Sí, eso fue lo que se dijo aunque en realidad no tenía nada en contra del trabajo, y menos aún contra ese tipo de trabajo.

Al observarla ahora, decidió que no era tan delgada. De hecho, era la clase de mujer que le gustaba: de pechos grandes y con un trasero de tamaño justo para abarcarlo con sus grandes manos. Le gustaba sentir el cuerpo suave y sinuoso de una mujer contra el suyo. Le molestaba notar los huesos. No quería tener la sensación de que en cualquier momento podía romper.

Miró los labios entreabiertos y, de pronto, pensó en besar a Lola Carlyle. Ahora no llevaba carmín, y Max se preguntó cómo sería fundirse lentamente con ella en un beso y saborear sus labios. Sentir las dudas de ella, sus vacilantes intentos por detenerlo, justo antes del suspiro: el «ahhh» que le daría a entender que ella también lo deseaba, el momento en que ella rendiría a su boca, a él, a Max Zamora. El chico de Fidel Zamora. El chico de cara sucia de quien su padre se olvidaba cuando se entregaba a una botella de ron, cosa que sucedía la mayor parte del tiempo.

Max no estaba forrado de dinero, no era un actor famoso ni una estrella del rock, no era el tipo de hombre que las mujeres como Lola Carlyle buscaban, pero eso no le impidió preguntarse cómo sería tocar a una mujer como ella, sentir los senos blandos apretados contra su pecho mientras hundía los dedos en su fragante cabellera.

Max se llenó los pulmones de aire frío y salado y lo espiró despacio. Todas esas fantasías lo estaban conduciendo a un lugar del que más valía mantenerse alejado. Un lugar que provocaba tal reacción en su cuerpo magullado que le exigía que hiciese algo al respecto. Un lugar donde la sangre escocía y le causaba una dolorosa quemazón en las ingles. Un lugar adonde nunca iría con una mujer como Lola. A un lugar donde ella nunca iría con un hombre como él. Max no era rico, ni famoso, ni un modelo de rostro angelical. Una mujer como ésa no aguantaría a un hombre que desapareciera días y semanas y que nunca le diría cuándo volvería ni dónde había estado.

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