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Электронная книга - «Lola Lo Revela Todo». Краткое содержание книги:

Cuando la ex modelo Lola Carlyle se entera de que unas fotos suyas muy privadas están colgadas en Internet, decide esconderse en un lugar soleado y?eso cree? seguro, hasta que las habladurías se apaguen. Todo va bien en el yate en el que Lola intenta relajarse, hasta que un hombre que asegura llamarse Max Zamora y trabajar como agente secreto del gobierno se apodera de la embarcación. Su cobertura ha fracasado y debe ocultarse de los hombres que lo persiguen. Lola no le es desconocida: la ha visto, casi desnuda, en las portadas de las revistas de moda. Es más hermosa y sexy en persona, pero el problema es que cuando se enfada resulta insoportable…
Esta extraña pareja se encontrará a la deriva en medio del océano, mientras la temperatura sube sin control…
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Max dio media vuelta y se alejó del puente. Era mejor para ambos que no pensara en ella en absoluto. Se sentó en la misma silla que antes, estiró el brazo para coger la caña de pescar y lanzó el anzuelo. Se concentró en el sedal para evitar el recuerdo de la modelo de ropa interior que dormía en el puente.

Supuso que quizá picaría algún pez si tuviera idea de qué estaba haciendo. Durante los últimos años había ido a pescar algunas veces a un lago o arroyo, pero nunca había sido un auténtico pescador. En realidad, había practicado la «pesca» principalmente en el patio de la vieja casa que su padre y él habían alquilado en Galveston.

Ahora que lo pensaba, debía de contar con unos siete años cuando el viejo le compró aquella caña de metro ochenta con un carrete Zebco. Todavía la tenía escondida en un armario. Era una de las pocas pertenencias que conservaba de la infancia.

Incluso ahora sentía claramente el peso de esa caña y ese carrete en sus manos. Su padre, que se encontraba en la furgoneta en ese momento, le ató un plomo al extremo del sedal y le mostró cómo lanzarlo. Los dos permanecieron allí hasta el anochecer, el uno aliado del otro, lanzando el plomo sobre la hierba y charlando de los peces que pescarían algún día. Max todavía recordaba el tacto de las manos de su padre y el sonido de su acento cubano en la brisa húmeda y cálida.

Por desgracia, el hombre pasaba la mayor parte de su tiempo fuera con la furgoneta y nunca pudo llevar a Max a pescar, lo que no impidió que Max siguiese practicando y esperando. En unos cuantos años se convirtió en un excelente lanzador. Lanzando por arriba, de lado y por debajo, podía acertar cualquier blanco que se fijara. Siempre supuso que esa práctica había resultado útil y le había permitido dominar sin esfuerzo el tiro con rifle.

Cambió de postura y las costillas le dolieron sólo un poco menos que cuando andaba o estaba de pie. Se llevó los prismáticos a los ojos y observó el negro océano. Sólo había experimentado un alivio total del dolor que sentía en el costado durante las pocas horas que había pasado tendido boca arriba la noche anterior. Aunque no le habría venido mal dormir unas cuantas horas más, no podría darse ese lujo esa noche. En esos momentos cualquiera podía pillarle desprevenido.

Sin embargo, como no había dormido en dos días, cayó en un sueño profundo una hora antes de que el sol se levantara sobre el horizonte.

CAPÍTULO 4

Max despertó de repente, sin saber cuánto tiempo había dormido. El sol de la mañana brillaba en la superficie del agua y en los acabados cromados del yate. Sin cambiar de posición, Max percibió movimiento detrás de él. Supo que se trataba de Lola sin necesidad de mirar, no sólo porque ella era la única otra persona que había en el yate, sino también porque a esas alturas Max había aprendido a reconocer el sonido ligero de sus pasos. Lola se detuvo ante la puerta de la cocina un momento antes de entrar, seguida de cerca por el perrito.

Max se levantó despacio y giró la cabeza a un lado y al otro para estirar los músculos del cuello. El barco se balanceaba sobre las olas, y las costillas le dolían más que cuando acababan de propinarle la paliza; además, tenía los músculos tensos a causa de la mala postura en que había dormido. Max tenía treinta y seis años, y durante los últimos quince había forzado su cuerpo hasta el límite. De joven podía pasar la noche en cualquier lugar sin sufrir al día siguiente más que un ligero malestar. Pero ya no. Cuanto mayor se hacia, menos aguantaba su cuerpo. Mientras hacia unas rotaciones de hombros, oyó que Lola y el perro salían de la cocina. Miró hacia atrás y los vio dirigirse a proa. El vestido ondeaba sobre los muslos de Lola, que llevaba los prismáticos en una mano y una barrita de cereales en la otra.

Ella no le había dirigido la palabra todavía, así que Max supuso que todavía estaba molesta por lo del cepillo de dientes. Miró al cielo despejado y estiró los brazos por encima de la cabeza. Saltaba a la vista que era una mujer testaruda, de modo que él la dejaría en paz. No había necesidad de alterar la tranquilidad sólo para oír sus insultos. Ahora que Lola se había levantado y había ocupado su puesto a proa, aprovecharía para tomarse el calmante y descansar un rato.

De repente, un agudo chillido desgarró la quietud de la mañana caribeña, y Max volvió el cuerpo con tanta rapidez que sintió como si le asetaran una puñalada en las costillas. Inhaló con fuerza y corrió hacia donde estaba Lola justo a tiempo de verla saltar por la borda, con la falda del vestido volando por encima del trasero. Cayó al agua y enseguida emergió tosiendo y llorando en medio de las olas.

– ¡Baby! -llamó, buscando frenéticamente con la mirada a su alrededor-. Baby, ¿dónde estás?

La cabeza del perro salió a la superficie por un momento y volvió a hundirse, como una bola de pelo marrón a merced del mar azul.

– ¡Mierda! -exclamó Max mientras se quitaba la camiseta. A pesar del dolor en las costillas y el entumecimiento de los músculos se arrojó al océano Atlántico tras Baby Doll Carlyle. Sintió el impacto de la fría agua salada contra su cara y su pecho. Se sumergió tras el perro y agarró con una mano. Cuando sacó la cabeza del agua, buscó a Lola pero no la vio. El perro tosía y agitaba las patas, frenético, tiritando. Max estaba apunto de abandonar al perro y sumergirse otra vez en busca de Lola cuando ésta sacó la cabeza del agua

– ¡Baby! -gritó, con la boca llena de agua.

– Lo tengo -dijo Max mientras nadaba hacia ella.

Ella se giró y chapoteó hacia él. No sólo era una guerrera nefasta, sino que nadaba fatal. Con los ojos desorbitados, resollaba desesperadamente. Si no tenía cuidado, pronto hiperventilaría. Pero no parecía que Lola fuera a tener cuidado en un futuro cercano. Se agarró con fuerza a un hombro de Max y estuvo apunto de hundirlo. En sus tiempos de marine, Max aguantaba tres minutos bajo el agua y era capaz de nadar durante horas, así que ahora no tenía miedo de que ninguno de los dos se ahogara, ni siquiera el maldito perro. Sólo le preocupaba que Lola complicase más de lo necesario su regreso al barco.

– ¿Está bien Baby? -consiguió preguntar ella mientras intentaba llegar hasta el perro.

Una ola les pasó por encima de la cabeza y esta vez Lola consiguió que se hundieran todos en un amasijo de piernas y brazos. La rodilla de ella tocó contra el costado de Max, que abrió involuntariamente la boca, y se le llenó de agua salada. El perro le arañó el cuello mientras Lola le apretaba la cabeza contra sus pechos tratando de trepar encima de él, como si le tomara por una boya. Max agarró a Lola por el brazo y consiguió sacar la cabeza a la superficie para expulsar el agua de la boca.

– Tranquila -le dijo a Lola, acercando el rostro al de ella. Por un instante, las narices se tocaron y ambos respiraron el mismo aire-. Tranquilízate o te ahogarás.

Ella abrió la boca y la cerró, esforzándose por decir algo, pero sólo consiguió emitir un sollozo.

– Puedo llevaros a los dos hasta el barco, pero tienes que calmarte y dejarme a mí hacer todo el trabajo. No vuelvas a agarrarte a mí de esa forma y mantén las rodillas lejos de mis costillas. -Se quedó callado un momento y añadió-: Si me das un rodillazo en los cojones, tendrás que apañártelas sola.

Lola asintió, conforme, y él le acercó el perro. Ella lo sujetó cerca de su cabeza mientras Max le pasaba un brazo por encima de los hombros y sobre sus pechos. Arrastró a ambos hacia la plataforma de baño del barco, pero ella no se lo puso fáciclass="underline" le dio una patada en las espinillas en dos ocasiones en lugar de seguir sus instrucciones y dejarle a él hacer el trabajo, le golpeó la mejilla contusionada al girar la cabeza para ver adónde iban y, en un intento de propulsarse, empezó a patalear dentro del agua con las piernas rígidas como tijeras. Mientras levantaba el brazo para agarrarse a la plataforma, Max juró en su fuero interno que nunca volvería a lanzarse al Atlántico para salvar a una modelo de ropa interior y a su estúpido perro.

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