Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
—Os lo agradezco, mi señor —dijo Holger, observando que de sus labios salían por sí solas las frases corteses—. La bruja Madre Gerd, que creo es una humilde sierva vuestra, me encomendó a vuestra gracia. Pensó que vuestra sabiduría podría solucionar una aflicción mía, por lo que vengo aquí a suplicaros el favor.
—Ah, ¿eso es? Habéis hecho bien en venir, entonces. Os ruego que vos y vuestros servidores permanezcáis aquí tanto como os plazca y me esforzaré por ayudar a un caballero de vuestra posición con todo el poder que pueda tener.
¿Mi posición?, reflexionó Holger, no olvidando que la criatura que le había atacado era sin duda del duque. Los tres corazones y los tres leones no parecían ser muy populares en el Mundo Medio. La cuestión era si Alfric entendía ahora que Holger no era el hombre al que quería matar. Y tanto si lo sabía como si no, ¿qué se ocultaba tras ese rostro liso y frío?
—Agradezco vuestra gracia —exclamó Holger en voz alta.
—Me duele tener que pediros que dejéis fuera la cruz y el hierro, pero ya conocéis la desafortunada debilidad de nuestra raza —dijo Alfric en tono cortés—. Mas no temáis, que a cambio se os darán armas.
—Nada tengo que temer, mi señor, en vuestro baluarte —dijo Holger, e inmediatamente pensó que se estaba convirtiendo en un mentiroso.
—Yo cuidaré de vuestras cosas, Holger —dijo Alianora—. De todas formas iba a quedarme fuera.
Alfric y los otros fariseos giraron hacia ella sus ojos de mirada vacía.
—Esta es la doncella—cisne de la que hemos oído hablar —dijo sonriendo el duque—. No, bella dama, malos anfitriones seríamos si no os ofreciéramos un techo.
Alianora agitó con tenacidad la cabeza. Alfric frunció el ceño.
—¿Rechazaréis nuestra invitación? —preguntó.
—Así es —contestó Alianora con tono intempestivo.
—Y yo me quedaré fuera con ella —se apresuró a añadir Hugi.
—No, entrarás con sir Holger —dijo la joven.
—Pero… —empezó a decir Hugi.
—Ya me has oído —le cortó Alianora.
Alfric se encogió de hombros.
—Si deseáis unios a nosotros, sir caballero —dijo con un leve gesto.
Holger descendió del caballo y se quitó la armadura. Los fariseos miraron hacia otro lado cuando tocó sus armas de empuñadura en forma de cruz. Papillon relinchó y contempló los caballos de los otros. Alianora cargó el equipo en el corcel y lo tomó por la rienda.
—Os esperaré en el bosque —dijo, llevándose al caballo. Holger siguió mirándola hasta que desapareció.
El grupo entró en el baluarte. Dentro se extendía un ancho patio, con árboles, lechos de flores y fuentes cantarinas, con música y un fuerte olor a rosas en el aire. Holger vio que, delante del torreón principal, las damas de Faene se habían reunido para observarlo todo. Durante un momento se olvidó de todo lo demás. ¡Por Judas! Merecía la pena cruzar varios universos sólo para ver eso. Confundido, les hizo una reverencia.
Alfric le dijo a un esclavo goblin de corta estatura y piel verde que le condujera a sus aposentos.
—Le esperaremos para la cena —dijo graciosamente.
Holger, con Hugi trotando tras él, cruzó corredores laberínticos, altos, abovedados y ligeramente brillantes. A través de las puertas en forma de arco pudo vislumbrar habitaciones que refulgían por las joyas que contenían. Evidentemente, pensó tratando de mantener el equilibrio, quien es capaz de conjurar esas cosas y sacarlas del aire…
Subiendo un tramo de escaleras largo y curvo llegaron a otro salón, y de allí a una serie de habitaciones que parecían sacadas de las Mil y una noches. El goblin saludó humildemente y les dejó solos. Holger miró a su alrededor, a las alfombras brillantes, los mosaicos de piedras preciosas, los colgantes hechos con paño de oro, las ventanas de las galerías que daban a extensos jardines. Los cirios ardían con una luz clara que no ondulaba. De un muro colgaba un tapiz cuyas figuras cambiaban lentamente, representando una historia, y Holger apartó de allí la mirada con un ligero estremecimiento.
—A fe q’aquí se lo saben vivir —afirmó Hugi—. Pero lo daría todo pa estar de nuevo bajo mi viejo roble. Hay aquí algo maligno.
—Sin discusión —dijo Holger, entrando en un baño que le ofrecía todas las comodidades de su hogar, como jabón, agua caliente corriente, tijeras, navaja de afeitar, un espejo de cristal, y que sin embargo no tenía nada de su hogar. A pesar de ello salió de allí sintiéndose muy recuperado. Sobre el lecho había un vestido que debía estar pensado para él; cuando se lo puso, le quedaba como si fuera una segunda piel. Mangas de seda hasta las muñecas, chaleco de satén morado, medias carmesí, manto azul corto, calzado de terciopelo negro, todo enhebrado con oro y joyas, terminado en suaves y extrañas pieles, lo que elevó aún más su moral. En una esquina observó que había un equipo militar, incluyendo una espada cuya guarda tenía la forma de una luna creciente. Era un educado rasgo de Alfric, aunque nadie podría llevar armas a una cena.
—Oh, buena figura tenéis, sir Holger —exclamó Hugi con admiración—. Vais a tener que defenderos de las damas de Faene. Pues se dice que son por aquí muy besuconas.
—Me gustaría saber por qué todos son tan amigables —dijo Holger—. ¿Acaso los fariseos no se llevan mal, como mínimo, con la humanidad? ¿Por qué Alfric se portará así conmigo?
—Quién sabe. A ver si es todo una trampa. A lo mejor le divierte ser amable. Es imposible saber lo que las gentes de Faerie pensarán o harán. No se conocen a sí mismos, ni les importa.
—Me hace sentirme culpable dejarte a ti aquí sentado, ya Alianora allí fuera en el bosque.
—Ah, me traerán algo que comer, y ella estará más feliz allí. Sé lo que estará pensando. Yo estoy aquí para ayudaros, y ella se queda fuera para hacer lo que pueda si se presenta la necesidad.
Apareció un goblin que anunció obsequiosamente que la cena estaba servida. Holger le siguió a través de unos salones de color azul humo llegando hasta una cámara tan enorme que apenas podía ver el techo ni el final. Las damas y señores de Faerie que rodeaban la mesa parecían un arco iris que se hubiera fundido. Esclavos no humanos corrían por allí, la música procedía de alguna parte, la charla y las risas se elevaban sobre un silencio que, de alguna forma mágica, no se veía interrumpido. Condujeron a Holger hasta la izquierda de Alfríe, sentando al otro lado a una joven a la que presentaron con el nombre de Meriven. El impacto del rostro y la figura de ésta fue tal que Holger apenas pudo escuchar el nombre. Tras inclinarse ante ella, se sentó y trató de iniciar una conversación.
Ella respondía fácilmente, a pesar de lo endebles que eran sus esfuerzos. Por lo que oía, Holger comprendía que aquí la conversación era un bello arte: rápida, ingeniosa, poética, cínica, siempre con una indicación de delicada malicia, siempre con unas normas muy elaboradas que ni siquiera empezaba a entender. Pensó que unos inmortales que no tenían otra cosa que hacer salvo cazar, practicar la magia, intrigar y librar guerras acabarían por desarrollar una sofisticación fuera de toda medida. Allí no habían oído hablar de los tenedores, pero la comida y los numerosos vinos constituían una sinfonía. Si Meriven no le distrajera tanto. Era la clásica situación de embarras de richesses.
—Verdaderamente sois un hombre audaz al aventuraros hasta aquí —dijo ella con suave voz y sosteniendo la mirada de Holger con esos curiosos ojos que, en ella, ya no le resultaban molestos—. La estocada mortal que disteis a vuestro enemigo, ah, ¡qué hermosa!
—¿La visteis? —preguntó él sorprendido.
—En el Pozo Negro, sí. Os vi. En cuanto a si sólo estábamos bromeando o queríamos vuestra vida, sir Holger, no sería bueno que un hombre joven conociera demasiado. Un poco de asombro le mantiene alejado de la estupidez —dijo riendo dulcemente—. ¿Pero qué os trajo aquí? Holger sonrió antes de responder: