El camino de dagas
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #8
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
—No estoy… enojado —repuso Rand con voz tensa. Y empezó de nuevo a pasear arriba y abajo.
Min se planteó atizarle una patada en el trasero. Muy fuerte. Una de las puertas se abrió y dio paso a la canosa y arrugada Sorilea, que apartó de un empellón a Morr cuando el joven todavía miraba a Rand para ver si éste quería dejarla entrar o no. Rand abrió la boca —enojado, por mucho que lo negara—, y cinco mujeres vestidas con gruesas ropas negras, húmedas con la nieve derretida, siguieron a la Sabia al interior de la estancia, con la mirada baja y las manos enlazadas; las amplias capuchas no ocultaban del todo sus rostros. Llevaban los pies envueltos en andrajos.
A Min se le puso el pelo de punta. A sus ojos, imágenes y halos aparecían y desaparecían sucesivamente en torno a las seis mujeres, al igual que alrededor de Rand. Min había esperado que él se hubiera olvidado de la existencia de esas cinco. ¿Qué demonios estaba haciendo esa retorcida vieja?
Sorilea hizo un gesto acompañado del tintineo de los brazaletes de oro y marfil, y las cinco se colocaron apresuradamente en línea, sobre el Sol Naciente encastrado en el suelo. Rand caminó a lo largo de aquella línea, retirando las capuchas, dejando al descubierto unas caras a las que miró fríamente.
Todas las mujeres de negro estaban sucias, con el cabello apelmazado por el sudor. Elza Penfell, una hermana Verde, buscó ansiosa aquella mirada, con una chocante expresión de fervor. Nesune Bihara, una Marrón esbelta, lo contempló con igual intensidad que él a ella. Sarene Nemdhal, tan hermosa que a pesar del polvo y la suciedad una pensaría que su aparente juventud era natural, daba la impresión de estar manteniendo sólo por un pelo la frialdad propia de su Ajah Blanco. Beldeine Nyram, demasiado nueva con el chal para poseer los rasgos intemporales, ensayó una sonrisa insegura que se borró ante la fija mirada del hombre. Erian Boroleos, pálida y casi tan bella como Sarene, se encogió y después se obligó a sostener aquella frígida mirada. Las dos últimas también eran Verdes, y las cinco formaban parte de las hermanas que lo habían raptado por orden de Elaida. Algunas habían estado entre las que lo habían torturado mientras lo llevaban camino de Tar Valon. A veces Rand todavía se despertaba sudoroso y jadeante, farfullando sobre estar confinado, ser golpeado. Min esperaba no ver la muerte en su mirada.
—A éstas se las declaró da’tsang, Rand al’Thor —anunció Sorilea—. Creo que ahora sienten su vergüenza hasta la médula. Erian Boroleos fue la primera en pedir que se la golpeara como hicieron contigo, al amanecer y al anochecer, pero todas han hecho la misma petición a estas alturas. Una petición que se les ha concedido. Todas han pedido también que se les permita servirte en lo que puedan. El toh por su traición no puede saldarse. —Su voz se tornó severa un momento; para los Aiel, el rapto era mucho peor que lo que habían hecho después—. No obstante, saben su vergüenza y quieren intentarlo. Hemos decidido dejar la decisión en tus manos.
Min frunció el entrecejo. ¿Dejarle a él la decisión? Las Sabias rara vez dejaban a otros una decisión que podían tomar ellas. Sorilea no lo hacía jamás. La nervuda Sabia se ajustó despreocupadamente el chal y observó a Rand como si aquello no tuviera la menor importancia. Sin embargo, lanzó una rápida y fría mirada a Min, y ésta comprendió de repente que si decía lo que no debía la anciana la despellejaría. Y no fue una visión. Simplemente, a estas alturas conocía a Sorilea mejor de lo que hubiese querido.
Resueltamente, se puso a estudiar lo que aparecía y desaparecía alrededor de las mujeres, tarea nada fácil al encontrarse tan cerca unas de otras que no tenía la seguridad de si una imagen en particular pertenecía a una de ellas o a la que estaba a su lado. Al menos los halos eran seguros siempre. ¡Luz, que fuera capaz de entender al menos algo de lo que veía!
Rand recibió el anuncio de Sorilea con tranquila frialdad, aparentemente. Se frotó lentamente las manos y después examinó las garzas grabadas en sus palmas con detenimiento. A continuación hizo lo mismo con los rostros de las Aes Sedai. Por último, detuvo la mirada en Erian.
—¿Por qué? —le preguntó suavemente—. Maté a dos de tus Guardianes. ¿Por qué?
Min se encogió. Rand era muchas cosas, pero rara vez suave. Y Erian era una de las pocas que lo había golpeado en más de una ocasión.
La pálida illiana se irguió. Las imágenes y los halos surgieron y desaparecieron en rápida sucesión. Nada que Min pudiese interpretar. A pesar de la cara sucia y el largo y negro cabello apelmazado, Erian hizo acopio de la autoridad Aes Sedai y sostuvo su mirada sin vacilar. Sin embargo, su respuesta fue simple y directa.
—Nos equivocamos al capturarte. Hemos reflexionado largamente sobre ello. Debes librar la Última Batalla, y nosotras debemos ayudarte. Si no me aceptas, lo entenderé, pero si me lo permites, te ayudaré como quieras y en lo que requieras.
Rand siguió contemplándola con gesto inexpresivo. Después hizo la misma pregunta a cada una de ellas, y las respuestas fueron tan distintas como lo era cada mujer.
—El Verde es el Ajah de Batalla —respondió, orgullosa, Beldeine, y a despecho de los churretes en sus mejillas y las ojeras marcadas en los párpados, realmente parecía la reina de las batallas. Claro que las mujeres saldaeninas parecían poseer ese rasgo como algo natural en ellas—. Cuando vayas al Tarmon Gai’don, las Verdes deben estar allí. Yo te seguiré, si me aceptas.
¡Luz, iba a vincular a un Asha’man como Guardián! ¿Cómo…? No; eso no era importante ahora.
—Lo que hicimos era lógico en ese momento. —La serenidad mantenida férreamente por Sarene dio paso a una obvia preocupación, y la mujer sacudió la cabeza—. Digo esto para explicarlo, no para disculparlo. Las circunstancias han cambiado. Para ti, podría parecer que el curso lógico sería… —Hizo una inhalación decididamente inestable.
Imágenes y halos; ¡una aventura amorosa apasionada, nada menos! Esa mujer era puro hielo, por muy hermosa que fuese. ¡Y no había nada útil en saber que algún hombre iba a derretirla!
—Sería devolvernos a la cautividad —concluyó la Blanca— o, incluso, ejecutarnos. Para mí, la lógica dice que debo servirte.
Nesune ladeó la cabeza y sus ojos oscuros parecieron tratar de almacenar hasta la última brizna de Rand. Un halo rojo y verde hablaba de honores y fama. Un edificio inmenso apareció sobre su cabeza y desapareció. Una biblioteca que fundaría.
—Quiero estudiarte —manifestó simplemente—. Y difícilmente puedo hacer eso acarreando piedras o excavando agujeros. Con ese tipo de trabajo se tiene tiempo a montones para pensar, pero servirte me parece un precio justo a cambio de lo que podría aprender.
Rand parpadeó por la franqueza de la Marrón, pero, aparte de ello, su expresión no cambió.
La respuesta más sorprendente la dio Elza, más por el modo que por las palabras en sí. Se hincó de rodillas y alzó los ojos febriles hacia Rand. Todo su rostro parecía iluminado por el fervor. Los halos resplandecieron y surgió una cascada de imágenes alrededor, que no revelaron nada a Min.
—Eres el Dragón Renacido —manifestó, falta de aliento—. Tienes que estar allí para la Última Batalla. ¡He de ayudarte a estar allí! ¡Haré todo lo que sea necesario! —Y se inclinó para besar el suelo delante de sus botas. Incluso Sorilea pareció sorprendida, y Sarene se quedó boquiabierta. Morr también la miró boquiabierto, y enseguida se puso a darle vueltas al botón de la chaqueta. A Min le pareció que reía quedamente, nervioso.