Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
– Confiesa que todo esto era impensable, amigo Chaos… Ahora te tomarás, además, esas pastillas. Y mientras tanto, dime. En el orden espiritual, ¿qué sientes por Sólita?
El doctor Chaos, que parecía transfigurado, que vivía una primavera que no podían soñarla los prados de hierba seca, le contestó:
– Estoy loco por ella… La quiero. La quiero con toda mi alma.
– ¿Has dicho alma? ¿He oído bien?
– Sí. ¿Por qué no? Sólita asegura que tenemos alma. ¿Entonces…?
El doctor Andújar veía en lontananza la posibilidad de que su amigo Chaos -¡cuánto lo quería, cuánta ternura sentía por él!- se afianzase en su pasión y llegara a casarse. "Eso sería la solución, como tantas veces te he dicho. Probablemente, todavía alguna vez te estremecerías al ver a otro hombre, al Rogelio de turno… Y caerías. Pero no por ello dejarías de amar a Sólita y de estar con ella. Sobre todo, si tuvieras un hijo".
La idea del hijo, que el doctor Andújar le había expuesto a su amigo desde el primer día, perseguía ahora al doctor Chaos. Le ocurría lo que nunca le ocurrió: veía un niño por la calle y se quedaba absorto contemplándolo, pensando que podría ser suyo. Le gustaba coincidir con la salida de los colegios, lo que 'La Voz de Alerta' hubiera atribuido a un incremento de su perversión. Y no era así. Lo demostraba un hecho: ingresó en la clínica, para ser operada de amígdalas, la hija del delegado de Sindicatos, camarada Arjona, que contaba nueve años de edad. El doctor Chaos sintió hacia ella en seguida una inclinación especial. Necesitó llevarle juguetes y besarla en la frente. "En mi infancia la hubiera arañado", pensó el doctor Chaos.
La situación llegó a un punto tal que no podía prolongarse mucho más. Chaos pensaba en Sólita día y noche y a ésta le ocurría lo propio con él. En la clínica, el anestesista Carreras, estupefacto, los observaba con el rabillo del ojo. Contrariamente al doctor Andújar, el anestesista Carreras no creía en los milagros.
– Sólita, ¿por qué no cenamos juntos un día de éstos? ¿El sábado, por ejemplo? ¿Hace?
– ¿Dónde, doctor?
– En mi hotel…
– ¿En tu hotel?
– Sí. Lo he pensado detenidamente. Celebraremos… cualquier aniversario. El de la colocación de la gran campana de la Catedral…
Sólita reflexionó.
– Bien… ¿por qué no?
La cena transcurrió con intimidad, sin sobresalto, excepto el que experimentó el personal del hotel al advertir que el doctor Chaos había invitado a una mujer.
El doctor Chaos a lo primero se refirió a la cirugía. Afirmó que, pese a las trepanaciones craneanas realizadas por los egipcios mucho antes de Jesucristo, la cirugía había permanecido estancada durante milenios y no había dado su paso definitivo hasta mediados del siglo XIX, con el descubrimiento de la narcosis primero y de la antisepsia después. Al segundo plato el doctor Chaos se puso sentimental y brindó por esa ciencia, o ese arte, gracias al cual ellos se habían conocido y estaban aquella noche sentados uno frente al otro. A la hora del café Sólita fue completamente feliz tomando el azucarero y preguntándole al doctor Chaos:
– ¿Dos cucharadas como siempre, doctor? Faltaba el paso definitivo: enfrentarse con la sociedad… También fue dado. Ello tuvo lugar con motivo del I Congreso de Cirugía Española que se celebró en Barcelona a primeros de junio. El doctor Chaos fue invitado a leer en él una ponencia y hacer una demostración. Durante una semana, maestro y discípula trabajaron sin apenas descanso para preparar aquella intervención. Y la víspera, el doctor Chaos le dijo a Sólita:
– Tienes que acompañarme a Barcelona… Te necesitaré. Sólita escuchó la propuesta y notó escalofrío en la espina dorsal. Se pasó la mano por los ojos, cansados, y contestó:
– De acuerdo. Hablaré con mi padre y te acompañaré. Fue un viaje armónico, por carretera, en el coche del doctor, puesto que había coherencia entre las personas, las ideas y el paisaje que los circundaba.
También fue armónica la ponencia que leyó el cirujano en el Congreso, ante más de cien colegas, y también lo fue su actuación en el quirófano: una traqueotomía. Sólita, mientras le pasaba el instrumental, iba leyendo sus pensamientos… pese a la máscara.
El doctor Chaos y Sólita se hospedaron en el mismo hoteclass="underline" el "Majestic", del paseo de Gracia, donde antaño se hospedó el doctor Relken y en cuyo comedor éste le dijo a Julio García: "Mi cerebro me lo pago yo".
La tercera noche, mientras cenaban, después de la intensa jornada clínica, que fue la de clausura, el doctor Chaos -¿qué le ocurría?- no aludió para nada ni a la Inquisición ni a las diferencias existentes entre las técnicas operatorias de Barcelona y de Madrid. Comió vorazmente, como si llegara andando desde el ghetto de Varsovia. Y bebió vino tinto, de Perelada, pues dijo que su sabor le recordaba a Gerona y la tramontana que llegaba del Ampurdán, donde se alineaban los viñedos.
Sólita, a su vez, tenía coloreadas las mejillas. La palidez del quirófano se había esfumado. ¿O se habría puesto polvos, la muy sagaz? Sólita, además, fumó…, lo que no era habitual en ella. Y pidió una copa de coñac.
A medianoche, el ascensor los llevó al tercer piso, donde tenían las respectivas habitaciones. Y al encontrarse en el pasillo, con las enormes llaves en la mano, apenas si tuvieron necesidad I de pronunciar una palabra: el doctor Chaos miró a Sólita a los ojos, que brillaban como bocetos de estrellas, y la muchacha echó a andar.
Él la siguió y ambos entraron en la habitación de la mujer. El cambio fue brutal. Mientras Sólita se desnudó y el doctor Chaos hizo lo propio, las luces tenues del cuarto parecían entonar una musiquilla arrulladora. Pero en cuanto los dos cuerpos, debajo de las sábanas, entraron en contacto, el doctor Chaos experimentó una violenta sacudida y luego se quedó extático, sin fuerzas para moverse.
El hombre concentró toda su atención. Hizo lo imposible para darle órdenes a su mente, para sentir… Para demostrarle a Sólita no sólo que era un hombre, sino que era su hombre, con el que compartiría luego para siempre la Clínica, el amor y el pan.
Resultó inútil. El doctor Chaos notó una suerte de asfixia y sus manos, yertas sobre la piel caliente de Sólita, eran la imagen de la pena y de la impotencia.
Sólita dio una vuelta sobre sí misma y, la cara contra la almohada, martilleó ésta con los puños y rompió a llorar sin consuelo. El doctor Chaos deseaba morir. Contornos antiguos, de hombres, fustigaron su cerebro. Le invadió una indiferencia glacial. Se dio asco a sí mismo. Le dio asco Sólita. Le dio asco el mundo.
No se atrevió a pedir perdón… Saltó de la cama y su intención fue ducharse. Pero renunció a ello y vistióse con calma, en un estado de postración extrema. Se sentía infinitamente agotado. No era el mismo ser que el día anterior, con una fascinante rapidez de reflejos, operó una traqueotomía a la vista de más de cien colegas.
Una vez vestido se atrevió a balbucear:
– Perdón…
Y salió de la habitación de Sólita. En el pasillo del hotel había ceniceros y delante de algunas puertas, zapatos. Zapatos de hombre y de mujer, alineados correctamente. ¡Dios, qué horrible sensación!
Se pasó la noche en blanco, sin acertar a coordinar las ideas. Ya nada Je importaba. ¿Por qué el doctor Andújar, su amigo, lo achuchó hasta conducirlo a una situación semejante? ¿Por qué no lo dejó en paz con su anormalidad? En las paredes de la habitación colgaban grabados ingleses. Representaban caballos de carrera. Caballos vigorosos, de línea estilizada. Caballos de raza. También era de raza Goering, que dormía sosegadamente sobre la alfombra, a los pies de la cama.
Pensó en la castración. ¿Por qué no? Antiguamente en Roma los papas hacían castrar a los pequeños cantores para que no se malograsen sus voces infantiles… De una vez para siempre acabaría con la tortura. Y sabría a qué atenerse. Y el comisario Diéguez podría impunemente romper su ficha.