Ha estallado la paz
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:
Mateo hablaba así porque, en los ratos que Pilar le dejaba libre -Pilar y la preparación de los exámenes de junio, ya que Mateo por fin se había decidido a presentarse y terminar la carrera de Derecho-, se asustaba ante el creciente desnivel que se establecía entre quienes se enriquecían con asombrosa facilidad y las necesidades de los humildes. Según sus informes, cinco grupos bancarios controlaban en aquellos momentos el setenta por ciento de la riqueza industrial del país. Celebrábanse por doquier Primeras Comuniones con un lujo tal que "aquello se estaba pareciendo a las orgías de Negrín". Mateo, en los contactos que desde su boda había reanudado con Ignacio, había tenido que admitir que la vida económica de la nación iba desembocando en un capitalismo cerrado y despótico, muy alejado de las primitivas intenciones. El padre de Manolo, don José María Fontana, en su bufete de Barcelona, palpaba todo ello a diario: quien conseguía un determinado permiso de importación, el monopolio de cualquier producto o fletar un barco de lo que fuere, acumulaba, a veces, en cuestión de unas horas, una fortuna. Teniendo en cuenta, además, que la prolongación del conflicto internacional era ya cuestión obvia, la premisa podía establecerse así: "Era muy fácil, en provincias, encarcelar a estraperlistas de poca monta o a los accionistas de Tejero, S. A. Pero ¿y en Madrid? ¿Quién encarcelaba a quién en los centros oficiales de Madrid?".
Mateo, hablando con el Gobernador, llegó a la conclusión de que resultaba de todo punto ingenuo sorprenderse por lo que ocurría. De hecho, no podía ser de otro modo. Como tantas veces se había dicho, la Falange, debido a la guerra, se encumbró demasiado pronto. No hubo tiempo material para formar políticamente a un número de hombres lo bastante crecido para ocupar con la necesaria autoridad los puestos clave y para ejercer una presión determinante. Tampoco cabía echar en olvido aquellas consideraciones del profesor Civil acerca de la excesiva juventud de ciertos mandos… "Ha ocurrido lo inevitable: falta de experiencia".
El Gobernador asintió a la tesis de su entrañable amigo y camarada.
– En efecto, tienes razón. Pero ¿qué podíamos hacer, querido Mateo? Es más fácil producir un buen coronel de Caballería, como mi hermano, o buen hombre de negocios, que un buen Jefe Provincial o un buen Gobernador… La política es un arte abstracto. ¿Cómo saber si se ha acertado o no? ¡Y nuestro pueblo es tan difícil! Gobernar es empeño de años… y de tradición. Por ejemplo, cuando le di al comisario Diéguez aquellas órdenes a rajatabla creí haber hecho diana. Ahora, francamente, no sé qué pensar. Probablemente hemos cometido muchos errores, y es de suponer que a nuestras jerarquías nacionales les haya ocurrido lo mismo.
Se hizo un silencio entre los dos hombres, parecido al de los alumnos del Grupo Escolar San Narciso cuando mosén Obiols, entornando los postigos, los obligaba a realizar el examen de conciencia.
– Por otra parte -prosiguió el Gobernador-, tal vez José Luis Arrese tenga razón y lo que importe por encima de todo, dadas las circunstancias, sea conservar la unidad nacional, que tanto sacrificio nos costó. En Gerona, por ejemplo, ¿sería aconsejable romperla? ¿Sería aconsejable que yo, en nombre del yugo y de las flechas, me enfrentara abiertamente con el general Sánchez Bravo porque no comparte nuestras inquietudes sociales? ¿Y que me enfrentara por lo mismo con el obispo, con el notario Noguer y con 'La Voz de Alerta'? Los rojos cayeron en esta trampa; y el resultado fue la catástrofe. Pensándolo bien, no es culpa de nadie, ni de Franco, ni de Serrano Súñer, ni de nuestros Salazar y Núñez Maza, si poco después de nuestra victoria estalló esa horrible guerra sin fin. En resumen, pues, considero que nuestro deber en estos momentos es tener paciencia…
Todo aquello sonaba a desánimo sincero. Sin embargo, podía en cierto sentido ser la voz de la cordura, de esa cordura que María del Mar elogiaba siempre en Franco y que tal vez explicara satisfactoriamente la combinación que éste acababa de hacer en las altas esferas: reforzar y ampliar las atribuciones de la Falange… pero tenerla en un puño. Permitir que algunos se enriquecieran… pero evitar la desmembración. Hasta que la batalla que se libraba en el mundo hubiese terminado y España no tuviera que pedir de rodillas navicerts a los ingleses, que por cierto apretaban cada vez más, en el Atlántico, el cerco a los buques españoles -y no sólo a los que traían combustible del Caribe, sino incluso a los que traían víveres del Brasil o de la Argentina-, por temor a que cayeran en manos del enemigo. El Gobernador y Mateo no se atrevían a mirarse a los ojos. La cabellera mosqueteril de Mateo parecía haberse ajado; y las gafas negras del camarada Dávila eran dos esferas enlutadas. El silencio llegó a ser tan espeso que los dos hombres comprendieron que aquello no podía prolongarse. ¿No era su lema mantener el ánimo contra toda adversidad? ¿No se pasaron momentos más difíciles aún durante la guerra? "Zamora no se ganó en una hora…" ¿Cómo iba a ganarse en tan poco tiempo algo tan serio y profundo como la Revolución Nacional que había preconizado José Antonio?
José Antonio… Era el hombre que les hacía falta, la pieza maestra que se les fue, porque los hados, y el rabioso mecanismo de España, lo habían querido así… Si José Antonio hubiera sobrevivido a la contienda todo habría tomado un rumbo distinto. También él era joven; pero se había curtido desde la niñez… y gozaba ya de tradición. "Su palabra era exacta. Tenía autoridad moral. ¡Qué lástima que no existan teléfonos para llamar a los muertos!".
Estas palabras, que el Gobernador había pronunciado varias veces en sus discursos, tuvieron la virtud de hacer reaccionar al camarada Dávila. Por otra parte, era su obligación hacerlo. Le llevaba a Mateo varios años de ventaja y no podía permitir que el muchacho, ¡sobre todo teniendo en cuenta que su mujer esperaba un hijo!, se desmoronase.
– Mateo… ¿no estaremos dramatizando demasiado la cuestión?
Mateo suspiró… y levantó la vista. ¡Qué curioso! Tenía los ojos húmedos. Pero, inesperadamente, consiguió sonreír. Su sonrisa fue una mezcla de tristeza y de súbita esperanza. En cualquier caso, despertó en el camarada Dávila un sentimiento de vivo afecto hacia él.
El Gobernador añadió, imprimiendo un nuevo rumbo al diálogo sostenido hasta entonces:
– ¿Qué edad tienes ahora, Mateo?
Éste se encogió de hombros.
– Voy por los veintitrés…
El Gobernador miró al techo como echando cuentas.
– Así, pues, empezaste en Falange a los diecisiete…
– Más o menos.
– Un chaval…
El Gobernador miró sin querer el retrato de su mujer y de sus hijos que presidía la mesa. Mateo se anticipó a su comentario diciendo:
– Sí, era un poco mayor que Pablito…
El Gobernador pareció emocionarse.
– ¿Sabes que es la primera vez que me doy cuenta de lo que esto significa?
Mateo volvió a encogerse de hombros. No supo qué comentario hacer.
– Realmente… -prosiguió el Gobernador-, tu generación ha sido una generación heroica. Lo disteis todo: quiero decir, disteis la juventud. Mateo protestó:
– Más meritorio es lo vuestro. Tú te fuiste al frente estando casado y siendo padre de familia.
– Ya, ya… Pero nosotros habíamos vivido lo nuestro… Nos dio tiempo a cometer las maravillosas locuras de la adolescencia…
– ¡Bah! ¿Qué clase de locuras?
– ¡Todas! ¿No te das cuenta? A la edad en que tú llegaste a Gerona con un programa patriótico y la camisa azul, yo, en Santander, me dedicaba a comprar helados y a perseguir a todas las sirvientas que se me ponían a tiro… Mateo se rió.
– Verdaderamente -admitió-, no puedo negarte que te envidio un poco… Sí, a veces noto que me hace falta haber vivido unos años así -Mateo sacó tabaco y su mechero de yesca-. ¡Helados… y sirvientas! No está mal.