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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Por un instante se quedó paralizada, aterrorizada al pensar que la magia le había fallado. Entonces Riggs se le lanzó sobre una pierna.

Kahlan tiró de las riendas hacia atrás. El fiero caballo de batalla saltó inmediatamente, dispuesto a la acción y lanzó un relincho al tiempo que se encabritaba y golpeaba con las patas delanteras. Kahlan tuvo que agarrarse a sus crines para no caer y romperse el cuello. El caballo propinó a Riggs un tremendo golpe con un casco en el rostro, lanzándolo hacia atrás. A continuación Nick hizo pedazos la mesa. Los hombres sentados en las sillas cayeron hacia atrás. Con uno de los cascos delanteros el caballo aplastó la cabeza de uno de los oficiales d’haranianos y la pierna de otro.

Inmediatamente dio media vuelta y siguió propinando coces. Kahlan hundió los talones en sus flancos. El corcel se lanzó al galope mientras el mago se ponía en pie. Sorprendidos soldados se apartaban al impetuoso paso de ambos. Al mirar por encima del hombro vio cómo el hechicero extendía ambas manos al frente. Una bola de fuego de hechicero surgió frente a él y giró en el aire, esperando sus órdenes. Slagol extendió de nuevo las manos, con lo que arrojó la bola de fuego contra ella.

El caballo de guerra saltaba por encima de hogueras y hombres, levantando con sus cascos tanto nieve como leña ardiendo. Las patas se le enredaban en las cuerdas de las tiendas que tumbaba. Kahlan divisó lo que quería y necesitaba más que el aire para respirar, y guió a Nick en esa dirección.

Podía oír el lamento del fuego de hechicero que la perseguía, así como los gritos de los hombres que atrapaba a su paso. Una mirada de soslayo le bastó para ver la bola de fuego azul y amarilla, cada vez más grande, que avanzaba haciendo eses como si estuviera tan borracha como el mago. El fuego de hechicero debía ser guiado pero, ebrio como estaba, Slagol apenas podía controlar su propia obra. De haber estado sobrio, Kahlan ya estaría muerta.

«Queridos espíritus —rezó para sí—, si tengo que morir, dadme tiempo antes para hacer lo que debo hacer.»

Por fin alcanzó su meta, un grupo de lanzas clavadas en un banco de nieve. Sin detener al caballo, agarró una de ella al galope e hizo girar a Nick. Nuevamente hundió los talones en los flancos del corcel y éste se lanzó a galope tendido hacia adelante.

La bola de fuego aún la perseguía, envolviendo en llamas tanto tiendas como hombres. Se iba acercando dando tumbos, y cada vez era mayor.

La lanza pesaba más de lo que había esperado, pues había sido fabricada para hombres más musculosos que ella, por lo que tenía que llevarla en posición vertical para conservar las fuerzas. Ni el ruido, ni la confusión, ni los hombres corriendo, ni el fuego de hechicero afectaban a Nick, que seguía su frenético galope como si tal cosa. Kahlan lo guiaba hacia un lado y luego hacia el otro, sorteando obstáculos. Los cascos del caballo se hundían en la nieve pisoteada. Mujer y caballo avanzaban al galope hacia el fuego de hechicero y hacia quien lo había conjurado.

Slagol trató de cambiar el rumbo de la bola de fuego y detener el zigzagueante pero imparable avance de la Madre Confesora hacia él. Sus reacciones eran lentas, pero a medida que la distancia entre ambos se acortaba, Kahlan era consciente de que no tenía por qué ser rápido para alcanzarla.

En el último instante hizo girar a Nick a la derecha. La bola de fuego le pasó rozando tan cerca, que pudo oler a pelo quemado. Inmediatamente reemprendió el galope.

La bola de fuego de hechicero explotó detrás de ella y cayó en cascada sobre el suelo, como un dique que se rompiera de repente. El aire nocturno se llenó de los horrorizados gritos de hombres y bestias moribundos atrapados en las llamas. Docenas de hombres envueltos en llamas rodaban sobre la nieve para tratar de sofocarlas. Pero el fuego de hechicero estaba alimentado por un propósito concreto y no se extinguía así como así.

Los aullidos de dolor provocaban el pánico en todos aquellos que no comprendían qué estaba pasando. Algunos hombres gritaban de miedo, convencidos de que los espíritus los estaban atacando. Blandiendo espadas, se defendían de quienes corrían para salvar la vida del fuego. Estallaban luchas por todo el campamento. El aire transportaba no sólo el hedor de carne quemada sino también el olor de la sangre.

Kahlan hizo oídos sordos al griterío y buscó el silencio dentro de ella.

El mago se tambaleó hacia atrás y cayó, pero enseguida se levantó, haciendo girar los brazos. De las yemas de sus dedos brotó un arco de fuego.

Pese a la confusión general, Kahlan solamente veía una cosa: al mago Slagol.

Kahlan enristró la lanza, afianzó su base bajo el brazo derecho y la empujó con fuerza contra el tope de cuero. Entonces apretó los dientes y usó de toda su fuerza para levantar la pesada lanza por encima de la inclinada cabeza de Nick, hacia la izquierda, para no perder el equilibrio sobre la silla.

Nick enfiló hacia el objetivo como si le leyera la mente. Aunque avanzaban a galope tendido hacia Slagol, a Kahlan los últimos diez metros se le hicieron eternos. Era una carrera entre el caballo y el fuego que nuevamente conjuraba el mago.

Slagol alzó la vista para dirigir la bola de fuego justo cuando la lanza le atravesó el pecho. El impacto rompió la lanza en astillas hasta la mitad y casi partió al mago en dos. Ella y el caballo volaron entre una lluvia de sangre.

Kahlan blandió la mitad de la lanza contra el hombre que se lanzó a por ella, golpeándolo en la cabeza. El impacto le arrancó la lanza de las manos. La mujer hizo girar al caballo y se inclinó adelante sobre la cruz mientras emprendían la huida a galope tendido entre la confusión, tratando de alejarse de las tiendas de los oficiales. El corazón le latía tan rápido como los cascos del caballo.

Uno de los oficiales d’haranianos de la mesa de los generales pedía a gritos un caballo. Los hombres montaban a toda prisa, sin detenerse a colocar sillas. Mientras Kahlan empezaba a poner tierra de por medio entre ella y sus perseguidores, podía oír al oficial gritar que, si no la atrapaban, todos ellos serían descuartizados. Con una rápida mirada hacia atrás contó hasta tres docenas de jinetes que la seguían.

Lejos de las tiendas de los oficiales, en la parte del campamento por la que había entrado, los hombres ignoraban lo ocurrido y simplemente tomaban al jinete al galope como un elemento más de la jarana. Así pues, nadie movió ni un dedo para detenerla. Hombres, tiendas, hogueras, así como alabardas y lanzas clavadas en la nieve, desfilaban a ambos lados en una masa borrosa.

Nick saltaba sobre todos los obstáculos que no podía sortear. Los hombres se zambullían a los lados a su paso por miedo a que no saltara ni los evitara. Los jugadores se apartaban tambaleantes, lanzando al aire dados y monedas. Las patas del caballo se enredaban en las cuerdas de las tiendas, que, arrancadas, ondeaban tras ellos, envolviendo a sus perseguidores. Caballos y jinetes caían al suelo. Otros arrollaban a sus propios compañeros en un frenético intento por no perderla de vista.

Kahlan divisó una espada que colgaba de una funda sujeta al lado de uno de los carromatos y, al pasar al galope junto a ella, la desenvainó. Blandiendo el arma cortó las cuerdas a las que estaban amarrados los caballos y la descargó sobre la grupa de uno de ellos. El caballo herido coceó y lanzó un grito de dolor y terror, contagiando su pánico al resto de los animales. Todos salieron desbocados en todas direcciones. Los faroles, colocados sobre postes cayeron sobre las tiendas y les prendieron fuego.

Los caballos de sus perseguidores se plantaron ante los fuegos, se empinaron, corcovearon y arrojaron a sus jinetes al suelo. De pronto un hombre se lanzó para interceptarla, eludió los cascos de Nick e hizo ademán de agarrarla. Inmediatamente Kahlan le atravesó el pecho con la espada. La empuñadura se le escapó de la mano. La mujer se inclinó hacia adelante y se sujetó, mientras Nick acababa de atravesar a galope tendido ese campamento que no parecía terminar nunca. Había dejado atrás a sus perseguidores, pero ellos no cejaban.

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