Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
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El que Viene con el Alba
Las sombras del amanecer se acortaron y difuminaron mientras Rand y Mat trotaban a través del árido y todavía oscuro suelo del valle, dejando atrás Rhuidean y la eterna niebla que la envolvía. El aire seco apuntaba el calor que haría durante el día, pero la verdad era que la ligera brisa le resultaba fría a Rand, que no llevaba chaqueta. No duraría mucho, empero; el sol abrasador no tardaría en caer de lleno sobre ellos. Mantenían un trote vivo con la esperanza de adelantarse a la salida del astro, pero el joven dudaba que lo consiguieran. Por mucha prisa que se dieran, no sería suficiente.
Mat trotaba con paso inseguro, dolorido; un oscuro churrete se extendía sobre la mitad de su cara. Llevaba la chaqueta abierta de manera que se veía la camisa desatada y pegada al pecho por otro manchón de sangre medio seca. De vez en cuando se tocaba con sumo cuidado el grueso verdugón que le rodeaba la garganta y que ahora estaba casi negro. Gruñía entre dientes y tropezaba a menudo, viéndose obligado a apoyarse en la extraña lanza de mango negro al tiempo que se apretaba la cabeza. Sin embargo no se quejaba, lo que era mala señal. Mat era de los que protestaban por las pequeñas incomodidades, de modo que si ahora estaba callado era porque el dolor era fuerte de verdad.
Rand sentía como si algo le estuviera hurgando en la vieja herida del costado que nunca había acabado de curarse, y los cortes del rostro y la cabeza le ardían; trotaba pesadamente, medio doblado sobre el dolorido costado, pero apenas si prestó atención a sus molestias. Era plenamente consciente de que el sol estaba saliendo a su espalda y que los Aiel esperaban en la pelada montaña que había al frente. Allí arriba había agua y sombra, y la ayuda que precisaba Mat. El sol saliente detrás y los Aiel delante. El amanecer y los Aiel.
El que Viene con el Alba. Aquella Aes Sedai que había visto —o que soñó que había visto, antes de Rhuidean— había hablado como si tuviera el don de la Predicción. «Os unirá a todos con unos lazos imposibles de romper. Os llevará de regreso y os destruirá». Palabras pronunciadas como una profecía. Destruirlos. Las Profecías anunciaban que él desmembraría el mundo otra vez. La idea lo horrorizaba. Tal vez fuera capaz de evitar esa parte al menos, pero la guerra, la muerte y la destrucción ya brotaban a su paso. Tear era el primer sitio que no había dejado inmerso en el caos, con hombres muriendo y pueblos ardiendo, desde hacía… Lo que le parecía una eternidad.
De pronto deseó encontrarse a lomos de Jeade’en y alejarse galopando tan deprisa como pudiera llevarlo el caballo. No era la primera vez que sentía el imperioso deseo de escapar. «Pero no puedo huir. Tengo que hacerlo porque no hay nadie más. O lo hago o el Oscuro vence. —Una disyuntiva peliaguda, pero era la única que había—. Mas ¿por qué habría de destruir a los Aiel? ¿Y cómo?»
Esta última idea le heló el alma. Era casi tanto como aceptar que lo haría, que debía hacerlo, y él no quería hacer daño a los Aiel.
—Oh, Luz —masculló ásperamente—. Yo no quiero destruir a nadie. —De nuevo sentía la boca como si la tuviera llena de polvo.
Mat lo miró de soslayo, en silencio; con recelo.
«Aún no estoy loco», pensó sombríamente Rand.
En la parte alta de la ladera de la montaña, los Aiel empezaban a moverse por los tres campamentos. La realidad, contemplada con desapasionamiento, era que los necesitaba. Ésa era la razón de que empezara a plantearse todo esto cuando descubrió que el Dragón Renacido y El que Viene con el Alba podían ser la misma persona. Necesitaba gente en la que confiar, que lo siguiera por algo más que por el miedo que inspiraba o por codicia o por obtener poder. Gente que no planeara utilizarlo para sus propios fines. Por ello había cumplido los requisitos exigidos, y ahora se serviría de ellos. Porque no tenía más remedio. No, todavía no estaba loco —eso creía—, pero muchos estarían convencidos de lo contrario antes de que hubiera acabado.
El sol salió y el calor cayó sobre ellos con la fuerza aplastante de un mazazo cuando aún no habían empezado a ascender la ladera de Chaendaer. Rand trepó por la abrupta vertiente todo lo deprisa que le era posible, salvando depresiones y repechos, esquivando afloramientos rocosos; su garganta ya no recordaba cuándo había tragado agua por última vez, y el sol le secaba la camisa con igual rapidez con que el sudor la humedecía. Mat tampoco necesitaba que lo acuciara nadie. Había agua allí arriba.
Bair se encontraba delante de las tiendas bajas de las Sabias sosteniendo en las manos un odre que brillaba por la humedad condensada. Rand se lamió los labios cortados, convencido de que veía relucir las diminutas gotitas.
—¿Dónde está? ¿Qué le habéis hecho?
La increpación, manifestada en tono perentorio, hizo que Rand se parara en seco. El hombre pelirrojo, Couladin, estaba encaramado en lo alto de un macizo peñasco de granito que afloraba en la ladera. Más personas del clan Shaido se arracimaban alrededor de la base y sus ojos se clavaban en Rand y en Mat. Algunos iban velados.
—¿De qué hablas? —contestó Rand, cuya voz se quebró a causa de la sequedad de la garganta.
Couladin abrió desmesuradamente los ojos en un gesto de agravio.
—¡De Muradin, hombre de las tierras húmedas! Entró dos días antes que vosotros y sin embargo habéis salido primero. ¡Jamás fracasaría donde vosotros habéis sobrevivido! ¡Tenéis que haberlo matado!
A Rand le pareció oír un grito procedente de las tiendas de las Sabias; pero, antes de que tuviera tiempo siquiera de parpadear, Couladin se revolvió como una serpiente y le arrojó una lanza. La siguieron otras dos disparadas desde la base del peñasco.
En una reacción instintiva, Rand entró en contacto con el saidin y la llameante espada apareció en sus manos; la blandió como un remolino, ejecutando la maniobra Torbellino en la montaña —un nombre muy apropiado—, y partió los astiles de dos de las lanzas. Mat giró la lanza negra con el tiempo justo de desviar la tercera.
—¡Ahí tenéis la prueba! —aulló Couladin—. ¡Entraron armados en Rhuidean! ¡Está prohibido! ¡Mirad esas manchas de sangre! ¡Han matado a Muradin! —Todavía no había acabado de hablar cuando arrojó otra lanza, y esta vez fue una entre las doce que salieron disparadas.
Rand se zambulló de cabeza hacia un lado, apenas consciente de que Mat saltaba al lado contrario; antes de que tocara el suelo ninguno de los dos, las lanzas se precipitaron en el punto donde un instante antes estaba Rand de pie y chocaron unas contra otras. El joven rodó sobre sí mismo y se incorporó aprovechando el impulso; entonces vio las lanzas embebidas en el suelo rocoso, formando un círculo perfecto alrededor del punto de donde había saltado. Por un instante, hasta Couladin se quedó petrificado.
—¡Basta! —gritó Bair, que echó a correr cuesta abajo, rompiendo la extraña inmovilidad en que el tiempo parecía haberse detenido. Ni la larga falda ni su edad fueron impedimentos que estorbaran su descenso, ligero como el de una muchacha en contraste con la blancura de su cabello. Estaba furiosa—. ¡La paz de Rhuidean, Couladin! —Su fina voz sonaba como una vara de hierro—. Es la segunda vez que intentas romperla. ¡Hazlo una tercera y serás declarado proscrito! ¡Lo juro! ¡Tú y cualquiera que mueva una mano! —Se frenó delante de Rand, de cara a los Shaido, con el odre alzado como si tuviera intención de emprenderla a golpes—. ¡Y si alguien no me cree, que levante un arma! ¡Aquel que se atreva, será privado de sombra conforme al Acuerdo de Rhuidean, se le negará pertenencia a dominio, clan o tienda, y su propio septiar le dará caza como a una alimaña!
Algunos de los Shaido se apresuraron a bajarse el velo, no todos; las amenazas de la Sabia no habían disuadido a Couladin.