Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Escabullirse por el mismo camino que habían venido era imposible. Perrin lo sabía desde el principio; aun en el caso de que los Luhhan se hubieran movido con suficiente sigilo, cosa que dudaba, Bode y Eldrin se aferraban la una a la otra, conmocionadas por el sorprendente rescate. Sólo los quedos murmullos tranquilizadores de su madre impidieron que prorrumpieran en llanto por la intensa sensación de alivio. Perrin había pensado en esto; hacían falta caballos, tanto para llevar a cabo una rápida huida del campamento como para continuar viaje después. En las ringleras de estacas había caballos de sobra.
Los Aiel se adelantaron, silenciosos como fantasmas, y a continuación fue Perrin, con Faile y las Cauthon detrás y Haral y Alsbet cerrando la marcha. Al menos, a primera vista, parecían tres Capas Blancas escoltando a cuatro mujeres.
Había guardias en las ringleras de caballos, pero sólo en el lado opuesto a las tiendas. Después de todo, ¿para qué guardarlos de los hombres que los montaban? Aquello facilitó mucho la labor de Perrin. Sólo tuvieron que acercarse a la hilera de caballos más próxima, donde cada animal estaba atado con una simple lazada, y desatar uno por cabeza, excepto para los Aiel. La parte más difícil fue conseguir que la señora Luhhan montara a pelo; hizo falta que Perrin y Haral se emplearan a fondo para subirla. La mujer no dejaba de tirar de la falda para taparse las piernas. Natti y las chicas se encaramaron con facilidad; y ni que decir tiene que Faile también. Los guardias que se suponían estaban vigilando los caballos siguieron caminando a lo largo del recorrido marcado y avisándose que no había novedad en la noche.
—Cuando diga yo, salimos… —empezó Perrin, y entonces alguien gritó en el campamento, y después volvió a gritar con más fuerza.
Sonó el toque de un cuerno y de las tiendas empezaron a salir hombres. Tanto daba si habían descubierto que los prisioneros habían escapado o al hombre que lo atacó al principio.
—¡Seguidme! —gritó Perrin, que taconeó con fuerza los flancos del oscuro corcel que había elegido—. ¡A galope!
Fue casi una desbandada disparatada, pero el joven procuró no perder de vista a nadie del grupo. Maese Luhhan era casi tan mal jinete como su esposa, y los dos procuraban desesperadamente mantener el equilibrio mientras los caballos corrían. Bode o Eldrin, una de las dos, gritaba a pleno pulmón, ya fuera de nerviosismo o de terror. Afortunadamente, los guardias no esperaban problemas procedentes del interior del campamento. Un Capa Blanca que escudriñaba la oscuridad se volvió justo a tiempo para zambullirse de cabeza apartándose del camino de los caballos lanzados a galope al tiempo que soltaba un chillido casi tan estridente como los de la joven Cauthon. Más cuernos resonaron a sus espaldas, y varios gritos, que sonaban inequívocamente a órdenes, retumbaron en la noche mucho antes de que llegaran al abrigo del bosquecillo. Claro que tampoco era un buen escondite a estas alturas.
Tam tenía a todo el mundo montado a caballo, como Perrin le había pedido. O, más bien, ordenado. El joven pasó del corcel robado a lomos de Brioso sin tocar el suelo. Verin y Tomás eran los únicos que no estaban brincando de nervios sobre las sillas, y sus caballos eran también los únicos que no caracoleaban contagiados por el nerviosismo de sus jinetes. Abell intentaba abrazar a su esposa y a sus hijas, a las tres al mismo tiempo, y los cuatro reían y lloraban. Maese Luhhan trataba de estrechar todas las manos que le tendían. Aparte de los Aiel, la Aes Sedai y el Guardián, los demás estaban felicitándose unos a otros como si ya estuviera hecho todo.
—¡Vaya, Perrin, pero si eres tú! —exclamó la señora Luhhan. Su redondo rostro tenía un aspecto extraño debajo del yelmo cónico, que estaba torcido a causa de la trenza—. ¿Qué es esa cosa que llevas en la cara, jovencito? Te estoy muy agradecida, pero no pienso consentir que te sientes a mi mesa con ese aspecto de…
—No hay tiempo para eso —la interrumpió, pasando por alto la expresión conmocionada de la mujer. No era la clase de persona a la que la gente dejaba con la palabra en la boca, pero los cuernos de los Capas Blancas resonaban con un tono distinto del de alarma; más bien era una llamada repetitiva, aguda e insistente. Una orden de algún tipo—. Tam, Abell, llevad a maese Luhhan y a las mujeres a ese escondrijo que conocéis. Gaul, tú ve con ellos. Y Faile. —Eso incluiría a Bain y a Chiad—. Y también Hu y Jaim. —Con ese grupo habría suficiente seguridad—. Moveos en silencio. El sigilo es más importante que la velocidad, al menos durante un tiempo. Vamos, partid ya.
Aquellos a los que había nombrado se pusieron en marcha hacia el oeste sin rechistar, aunque la señora Luhhan, que se agarraba a la crin de su montura con las dos manos, le lanzó una mirada penetrante en extremo. Sin embargo, el hecho de que Faile no le discutiera fue lo que lo dejó estupefacto y le dio unos segundos para caer en la cuenta de que había llamado a maese al’Thor y a maese Cauthon por sus nombres de pila.
Tanto Verin como Tomás se habían quedado atrás, y el Guardián lo miraba de hito en hito.
—¿Hay alguna posibilidad de contar con vuestra ayuda? —preguntó a la Aes Sedai.
—Quizá no del modo que esperas —contestó sosegadamente, como si en el campamento de los Capas Blancas, a poco más de un kilómetro, no se hubiera desatado un pandemónium—. Mis razones no han cambiado de ayer a hoy, pero creo que podría llover dentro de… eh… una media hora. Tal vez menos. Será todo un aguacero, espero.
Media hora. Perrin asintió con un gruñido y se volvió hacia los chicos de Dos Ríos que quedaban. Prácticamente temblando por el deseo de huir a toda prisa, sujetaban los arcos con las manos tan crispadas que tenían blancos los nudillos. Perrin confiaba en que todos ellos se hubieran acordado de traer cordaje de repuesto para los arcos, ya que iba a llover.
—Nosotros vamos a encargarnos de atraer a los Capas Blancas para que la señora Cauthon, la señora Luhhan y los demás puedan escapar y ponerse a salvo. Haremos que nos sigan hacia el sur, por el Camino del Norte, hasta que los despistemos con la lluvia y los dejemos atrás. Si alguno no quiere tomar parte en esto, más vale que se marche ahora mismo. —Unas cuantas manos manosearon con inquietud las riendas, pero todos siguieron plantados rectos en las sillas, mirándolo—. Está bien, entonces ya podéis empezar a gritar como si os hubieseis vuelto locos para que nos oigan. Gritad hasta que hayamos llegado al camino.
Dando ejemplo, Perrin se puso a bramar a pleno pulmón al tiempo que hacía volver grupas a Brioso y emprendía galope hacia la calzada. Al principio no las tenía todas consigo de si los jóvenes lo seguirían, pero sus salvajes aullidos ahogaron el suyo y el atronador trapaleo de los cascos de sus monturas. Si los Capas Blancas no los oían es que estaban sordos.
No todos dejaron de gritar cuando llegaron a la calzada de tierra del Camino del Norte y viraron hacia el sur galopando a tumba abierta a través de la noche. Algunos reían y lanzaban gritos. Perrin se desembarazó de la blanca capa y la dejó caer. Los cuernos sonaron de nuevo, en esta ocasión un poco más apagados.
—Perrin —llamó Wil, inclinándose sobre el cuello de su caballo—, ¿qué hacemos ahora? ¿Qué es lo siguiente?
—¡Cazar trollocs! —gritó el joven por encima del hombro.
Por el modo en que las risas se redoblaron, supuso que no le creían. Pero todavía sentía los ojos de Verin clavados en su espalda. La Aes Sedai lo sabía. El seco estampido de un trueno en la noche hizo eco del trapaleo de los cascos.