La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Entretanto, Harbert, muy agitado por vagos presentimientos, manifest� repetidas veces su intenci�n de ir en busca de Nab; pero Pencroff le hizo comprender que ser�a in�til, que en aquella oscuridad y aquel tiempo tan malo no podr�a encontrar las huellas de Nab y que ser�a mejor esperar su vuelta; si al d�a siguiente no hab�a aparecido el negro, Pencroff no titubear�a en unirse a Harbert para ir a buscarlo.
Gede�n Spilett aprob� la opini�n del marino sobre este punto, a�adiendo que no deb�an separarse, y Harbert tuvo que renunciar a su proyecto; pero dos gruesas l�grimas rodaron por sus mejillas.
El periodista no pudo menos que abrazar al generoso joven.
El mal tiempo se hab�a desencadenado. Una borrasca de sudeste pasaba sobre la costa con violencia. Se o�a el reflujo del mar que mug�a contra las primeras rocas a lo largo del litoral. La lluvia, pulverizada por el hurac�n, se levantaba como una niebla l�quida, semejante a jirones de vapor que se arrastraban sobre la costa, cuyos guijarros chocaban violentamente, como carretones de piedras que se vac�an. La arena, levantada por el viento, se mezclaba con la lluvia y hac�a imposible la salida del punto de abrigo; hab�a en el aire tanto polvo mineral como agua. Entre la desembocadura del r�o y el lienzo de la muralla, giraban con violencia grandes remolinos, y las capas de aire que se escapaban en aquel maelstrom, no encontrando otra salida que el estrecho valle en cuyo fondo corr�a el r�o, penetraban en �l con irresistible violencia. El humo de la lumbre, rechazado por el estrecho tubo, bajaba frecuentemente llenando corredores y haci�ndolos inhabitables.
Por eso, cuando los tetraos estuvieron asados, Pencroff dej� apagar el fuego y no conserv� m�s que algunas brasas entre las cenizas.
A las ocho de la noche a�n no hab�a vuelto Nab; pero pod�a suponerse que aquel terrible tiempo le hab�a impedido volver y que hab�a tenido que buscar refugio en alguna cueva para esperar el fin de la tormenta o por lo menos la vuelta del d�a.
En cuanto a ir en su busca, tratar de encontrarlo en aquellas condiciones, era imposible.
La caza form� el �nico plato de la cena. Se comi� con ganas aquella carne, que estaba excelente. Pencroff y Harbert, a quienes su excursi�n les hab�a abierto el apetito, la devoraron.
Despu�s cada uno se retir� al rinc�n donde hab�an descansado la noche precedente. Harbert no tard� en dormirse cerca del marino, que se hab�a tendido a lo largo, pr�ximo a la lumbre.
Fuera, la tempestad, a medida que avanzaba la noche, tomaba proporciones mayores. Era un vendaval comparable al que hab�a llevado a los prisioneros desde Richmond hasta aquella tierra del Pac�fico; tempestades frecuentes durante la �poca del equinoccio, fecundas en cat�strofes, terribles sobre todo en aquel ancho campo, que no pon�a ning�n obst�culo a su furor. Se comprende, pues, que una costa tan expuesta al este, es decir, directamente a los golpes del hurac�n y batida de frente, lo fuese con una fuerza de la cual ninguna descripci�n puede dar idea.
Por suerte, la agrupaci�n de las rocas que formaban las Chimeneas era muy s�lida. Eran enormes bloques de granito, de los cuales, sin embargo, unos, insuficientemente equilibrados, parec�an temblar sobre su base. Pencroff sent�a que bajo su mano, apoyada en la pared, ten�an lugar unos estremecimientos; pero al fin, se dec�a, y con raz�n, que no hab�a que temer nada y que aquel refugio improvisado no se hundir�a. Sin embargo, o�a el ruido de las piedras, arrancadas de la cima de la meseta y arrastradas por los remolinos de viento, que ca�an sobre la arena. Algunas rodaban sobre la parte superior de las Chimeneas o volaban en trozos cuando eran proyectadas perpendicularmente.
Por dos veces, el marino se levant� llegando al orificio del corredor para observar lo que ocurr�a fuera; pero aquellos hundimientos poco considerables no constitu�an ning�n peligro y volv�a a su sitio delante de la lumbre, cuyas brasas crepitaban bajo las cenizas.
A pesar de los furores del hurac�n, el ruido de la tempestad, el trueno y la tormenta, Harbert dorm�a profundamente. El sue�o acab� por apoderarse de Pencroff, que en su vida de marino se hab�a habituado a todas aquellas violencias. Solamente Gede�n Spilett hab�a permanecido despierto, se reprochaba no haber acompa�ado a Nab, pues la esperanza no le hab�a abandonado. Los presentimientos de Harbert no hab�an cesado de agitarlo, su pensamiento estaba concentrado en Nab. �Por qu� no hab�a vuelto el negro? Daba vueltas en su cama de arena, fijando apenas su atenci�n en aquella lucha de los elementos. A veces, sus ojos, fatigados por el cansancio, se cerraban un instante, pero alg�n r�pido pensamiento los abr�a casi en seguida.
Entretanto la noche avanzaba. Pod�an ser las dos de la ma�ana, cuando Pencroff, profundamente dormido entonces, fue sacudido vigorosamente.
-��Qu� pasa? -exclam�, incorpor�ndose completamente despierto con la prontitud de las gentes de mar.
El periodista estaba inclinado sobre �l y le dec�a: -�Escuche, Pencroff, escuche!
El marino prest� o�dos y no distingu�a ning�n ruido distinto al de las r�fagas de viento. -Es el viento -dijo.
-�No -contest� Gede�n Spilett, escuchando de nuevo-; me parece haber o�do�
-��Qu�?
-�Los ladridos de un perro.
-��Un perro! -exclam� Pencroff, que se levant� de un salto. -S�, ladridos�
-��No es posible! -contest� el marino-. Y por otra parte, c�mo, con los mugidos de la tempestad� -Escuche� -insisti� el periodista.
Pencroff escuch� m�s atentamente, y crey�, en efecto, en un instante de calma, o�r ladridos lejanos. -�Y bien! -dijo Spilett, oprimiendo la mano del marino. -�S�, s�! -contest� Pencroff.
-��Es Top! �Es Top! -exclam� Harbert, que se acababa de levantar, y los tres se lanzaron hacia el orificio de las Chimeneas.
Les cost� trabajo salir; el viento los rechazaba; pero, por fin, salieron y no pudieron tenerse en pie sino asi�ndose a las rocas. Se miraban sin poder hablar.
La oscuridad era absoluta; el mar, el cielo y la tierra se confund�an en una igual intensidad de tinieblas. Parec�a que no hab�a un �tomo de luz difundida en la atm�sfera.
Durante algunos minutos el corresponsal y sus compa�eros permanecieron as�, como aplastados por la r�faga, mojados por la lluvia, cegados por la arena. Despu�s, oyeron una vez los ladridos en una calma de la tormenta y reconocieron que deb�an estar a�n bastante lejos.
No pod�a ser m�s que Top el que ladraba as�, pero �estaba solo o acompa�ado? Lo m�s probable era que estuviese solo, porque, admitiendo que Nab se hallara con �l, se habr�a dirigido a las Chimeneas.
El marino oprimi� la mano del periodista, del cual no pod�a hacerse o�r, indic�ndole de aquel modo que esperase, y entr� en el corredor.
Un instante despu�s volv�a a salir con una tea encendida y, agit�ndola en las tinieblas, lanzaba agudos silbidos.
A esta se�al, que parec�a esperada, los ladridos respondieron m�s cercanos y pronto un perro se precipit� en el corredor. Pencroff, Harbert y Gede�n Spilett entraron detr�s de �l. Echaron una brazada de le�a seca sobre los carbones y el corredor se ilumin� con una viva llama.
-��Es Top! -exclam� Harbert.
En efecto, era Top, un magn�fico perro anglonormando, que ten�a de las dos razas cruzadas la ligereza de piernas y la finura del olfato, las dos cualidades por excelencia del perro de muestra. Era el perro del ingeniero Ciro Smith.
�Pero estaba solo! �Ni su amo ni Nab lo acompa�aban!
Pero �c�mo lo hab�a podido conducir su instinto hasta las Chimeneas, que no conoc�a a�n? �Esto parec�a inexplicable, sobre todo en medio de aquella negra noche y de tal tempestad! Pero a�n hab�a otro detalle m�s inexplicable: Top no estaba cansado, ni extenuado, ni sucio de barro o arena�
Harbert lo hab�a atra�do hacia s� y le acariciaba la cabeza con sus manos. El perro le dejaba y frotaba su cuello sobre las manos del joven.
-��Si ha aparecido el perro, el amo aparecer� tambi�n! -dijo el periodista.