El Ojo Del Huracan
- Автор: Хиггинс Джек
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Ojo Del Huracan». Краткое содержание книги:
La minuciosa preparación del golpe, los ciegos esfuerzos del servicio secreto por evitarlo, forman el nudo de una obra tan inteligente como trepidante. La maestría de Jack Higgins -de quien Grijalbo ha publicado Ha llegado el águila y El águila emprende el vuelo- alcanza en esta obra la máxima sutileza, energía y verosimilitud.
– Era Downing Street. El primer ministro quiere verle.
– ¿Cuándo?
– Ahora mismo, señor.
Ferguson se incorporó, quitándose las gafas de présbita.
– Pide el coche. Tú me acompañarás y esperarás fuera.
Ella descolgó, impartió una breve orden y colgó.
– A su entender, ¿cuál será el motivo, brigadier?
– No estoy seguro. Mi jubilación inminente, o tu retorno a empleos más rutinarios. O ese asunto de Francia. A estas alturas ya estará enterado. En fin, vayamos allá y lo sabremos -inició la marcha hacia la salida.
Después de pasar los controles de seguridad a la entrada de Downing Street, Mary Tanner se quedó en el coche mientras Ferguson pasaba por la puerta más famosa del mundo. Estaba todo bastante tranquilo en comparación con la última vez que había visitado aquello. En esa ocasión la señora Thatcher daba una fiesta de Navidad para el personal de la casa: encargadas de la limpieza, mecanógrafas, oficinistas. Un rasgo muy típico en ella, o la otra cara de la Dama de Hierro.
En realidad era una lástima que ella no continuase en el cargo, se dijo con un suspiro mientras seguía a un secretario joven por la escalera principal donde se alinean las copias de retratos de tantos grandes hombres de la historia: Peel, Wellington, Disraeli y muchos más. Entraron en un pasillo, el joven llamó a la puerta y la abrió.
– El brigadier Ferguson, primer ministro.
La última vez que Ferguson había visto aquella habitación, el toque femenino se manifestaba inequívocamente en una infinidad de detalles; ahora las cosas eran diferentes, un poco más austeras. Oscurecía fuera y John Major estaba revisando una especie de informe. En su mano, la pluma se movía con celeridad considerable.
– Disculpe la espera, será sólo un momento -dijo.
La naturalidad de la cortesía sorprendió a Ferguson; tal género de consideraciones no abundaba entre los jefes de estado. Major firmó el informe, lo dejó a un lado y se acomodó en su asiento: un hombre de cabello gris y gafas de montura de concha, de aspecto más bien agradable, el primer ministro más joven del siglo xx. Casi desconocido para el público en general en el momento en que sucedió a Margaret Thatcher, su manera de conducirse durante la crisis del golfo le había definido ya como un estadista de verdadera talla.
– Tome asiento, brigadier, por favor. Tenemos poco tiempo, así que iré derecho al grano. El asunto que ha afectado a la señora Thatcher en Francia. Muy inquietante, como es obvio.
– Lo es en efecto, primer ministro. Menos mal que las cosas salieron como salieron.
– Sí, pero más por efecto de la buena suerte que por otra cosa, a lo que parece. He hablado con el presidente Mitterrand y estamos de acuerdo en que el interés de todos, teniendo en cuenta principalmente la situación actual en el golfo, impone, a la mayor brevedad la adopción de máximas medidas de seguridad.
– ¿Y la prensa, primer ministro?
– Nada debe filtrarse a la prensa, brigadier -le advirtió John Major-. ¿Entiendo que les falló a los franceses la captura del individuo en cuestión?
– Temo que es así, señor, según mis últimas informaciones, pero el coronel Hernu, del Action Service, se mantiene en estrecho contacto con nosotros. Diariamente, intercambiamos información.
– Hablé con la señora Thatcher y ha sido ella quien llamó mi atención sobre usted, brigadier. Según he creído entender, ¿el departamento de información llamado Grupo Cuarto fue creado en 1972, responsable únicamente ante el primer ministro, con la finalidad de abordar y resolver casos concretos de terrorismo y subversión?
– Es correcto.
– Lo que significa que ha servido usted a cinco primeros ministros, contándome yo mismo.
– Lo siento, primer ministro, pero no es del todo exacto -objetó Ferguson-. Tenemos una dificultad en estos momentos.
– ¡Ah! Estoy al corriente. A los servicios normales de seguridad nunca les agradó demasiado su presencia, brigadier. Viene a ser algo demasiado parecido a un ejército privado del primer ministro. Por eso creyeron que el relevo en el Número Diez sería una buena oportunidad para librarse por fin de usted.
– Me temo que así es, primer ministro.
– Bien, pues no está en mis planes y no sucederá. He hablado con el director general de los servicios de seguridad. El asunto está solventado.
– Lo celebro sinceramente.
– Bien. Ahora mismo, su primera urgencia, como es obvio, consistirá en cazar al responsable de ese incidente francés, quienquiera que sea. Además, si pertenece al IRA es asunto nuestro de todas maneras, ¿no le parece?
– Totalmente de acuerdo.
– Bien. Puede retirarse, y ponga manos a la obra. Téngame informado acerca de cualquier novedad importante, pero siempre por los conductos reservados a mi exclusiva atención.
– Naturalmente, primer ministro.
La puerta se abrió como por arte de magia, apareció el ayudante para acompañar a Ferguson y el primer ministro se puso a trabajar con otro legajo de papeles mientras se cerraba la puerta y el brigadier Ferguson era conducido escaleras abajo.
Mientras se ponía en marcha el sedán, Mary Tanner se adelantó a cerrar el cristal.
– ¿Qué ha pasado? ¿Por qué le hizo llamar?
– ¡Ah! El asunto francés -habló con sorprendente indiferencia Ferguson-. ¿Sabes una cosa? Me ha parecido que éste tiene bastante madera.
– No insista en ese tema, por favor -dijo Mary-. ¿No cree que después de tantos años de administración tory teníamos derecho a esperar un cambio?
– Buena defensora de los trabajadores estás hecha tú -replicó él-. Tu padre, Dios lo tenga en su gloria, era profesor de cirugía en Oxford, y tu madre es dueña de la mitad del Herefordshire. Y ese piso tuyo de Lowndes Square no valdrá menos de un millón, digo yo… ¿Por qué será que los hijos de los ricos siempre salen tan izquierdosos, pero sin abandonar la costumbre de cenar en el Savoy?
– Qué grosera distorsión de los hechos.
– En serio, querida. Yo he trabajado para tantos primeros ministros laboristas como conservadores. El color del político no importa. El marqués de Salisbury cuando era primer ministro, Gladstone, Disraeli, todos tuvieron problemas muy parecidos a los que tenemos hoy. Los fenianos, los anarquistas, las bombas en Londres… sólo que entonces usaban la dinamita y hoy el Semtex, ¡y que no sufrió pocos atentados la reina Victoria! -contempló la circulación por Whitehall mientras se dirigían hacia el Ministerio de Defensa-. En el fondo nada cambia.
– Muy bien, tomo nota de la conferencia, pero ¿qué ha pasado? -exigió ella con impaciencia.
– Pues que volvemos a tener empleo, ¡eso es lo que ha pasado! -dijo él-. Temo que tendremos que aplazar tu reincorporación a la Policía Militar.
– ¡Condenado…! -exclamó ella con júbilo, arrojándole los brazos al cuello.
El despacho de Ferguson en el tercer piso del Ministerio de Defensa ocupaba la esquina posterior, con vistas a la Horse Guards Avenue, el Victoria Embankment y el río al fondo. Apenas se había sentado detrás de su escritorio cuando entró Mary corriendo.
– Fax de Hernu, codificado. Acabo de pasarlo por la máquina. No le va a gustar.
Contenía la esencia de la conversación entre Hernu y Martin Brosnan, los datos acerca de Sean Dillon, todo.
– ¡Santo cielo! -exclamó Ferguson-. No podría ser peor. Ese Dillon es como un fantasma. ¿Existe o no existe ese fulano? Tan peligroso como Carlos en tanto que terrorista internacional, pero totalmente desconocido para los medios y para la opinión en general, y sin nada que nos permita hincarle el diente.
– Una cosa sí tenemos, señor.
– ¿El qué?
– Tenemos a Brosnan.
– Cierto, pero ¿querrá ayudarnos? -Ferguson se puso en pie para acercarse a la ventana-. Hace un año le pedí a Martin un favor, y no quiso saber nada del asunto.