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Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
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Esperando que no fuera su jefe, descolgó el teléfono.

– ¿Tía Mel?

Una sonrisa cruzó su rostro, aunque sólo en parte era de alivio.

– Hola Emily, cariño.

– ¿Estás ocupada?

Mel miró hacia el hombre extremadamente hermoso y extremadamente desnudo que tenía a su lado.

– Un poco, ¿qué ha pasado? ¿Cómo está tu madre?

– Eso es lo que quería decirte, está bien. Está muy bien. Tan bien que ya no hace falta que vengas este fin de semana.

– ¿Estás segura?

– Claro que sí. Mamá dice que hagas lo que tengas que hacer, que estaremos perfectamente.

– Habéis conseguido una enfermera, ¿verdad?

– Sí, las cosas van muy bien, de verdad. Entonces… bueno, nos veremos el fin de semana que viene. O el siguiente.

– El próximo fin de semana, claro… -Melanie se interrumpió y entrecerró los ojos. Siendo la reina de los mentirosos, manipuladores y estafadores, podía reconocer a uno entre un millón-. No me has respondido, Em. ¿Habéis contratado una enfermera?

– Eh, sí, y está haciendo un trabajo magnífico.

Aparentemente cansado de esperar, Justin deslizó las dos manos por las piernas de Mel y comenzó a jugar con lo que encontró entre ellas.

Melanie cerró los ojos. ¿De verdad quería interrogar a su sobrina cuando tenía a aquel hombre maravilloso deseando rendir culto a su cuerpo?

En aquel momento, aquel hombre maravilloso deslizó un dedo en su interior.

– De acuerdo, te llamaré dentro de unos días para ver cómo va todo -consiguió decir-. Adiós, cariño…

A los diecisiete años, Ben se había tomado el embarazo de Rachel como si fuera el final del mundo. Había estrechado su mano y había descubierto que Rachel tenía los dedos helados.

– Todo va a salir bien.

Con una risa atragantada, Rachel había liberado su mano.

– ¿De verdad? ¿Y cómo es posible, Ben? Voy a tener un bebé, por el amor de Dios.

Sí, un bebé. El estómago le daba vueltas, pero podía ser por culpa del hambre, puesto que no había comido nada desde la hora del almuerzo.

Miró a Rachel y el corazón se le encogió en el pecho. Dios, la amaba. Ridículamente. ¿Quién habría pensado que aquel joven que no servía para nada pudiera llegar a sentir algo tan intenso que no era capaz de respirar ni de hacer nada si Rachel no formaba parte de su mundo?

E iban a tener un hijo. Por culpa de un accidente, iban a crear una vida, una vida perfecta… Y, de pronto, su pánico se transformó en algo mucho más ligero, mucho más cercano… al júbilo.

– Cásate conmigo.

– Ben…

– Mira, te quiero y eso nunca cambiará. A la larga habríamos terminado casándonos, así que lo único que vamos a hacer es adelantar un poco los planes.

– Pero… ¿dónde viviremos?

– Bueno, empezaremos viviendo en Sudamérica, pero…

– Ben…

– Tendremos que ir a África en otoño, y después…

– Ben…

La estaba perdiendo, podía oírlo en su voz, así que continuó hablando tan rápido como pudo.

– Y después tendremos que ir a Irlanda, porque…

Rachel le agarró las manos y se las llevó al corazón. Sus enormes ojos brillaban y hablaba tan bajo que Ben tuvo que inclinarse para oírla.

– Ben, escúchame. Me amas, y para mí eso es casi un milagro, créeme, pero no puedo. No puedo convertirme en la señora Asher.

– Entonces no te cambies el apellido -contestó, malinterpretándola deliberadamente-. A mí eso no me importa, Rach. Yo sólo te quiero a ti.

– No puedo. No puedo darte lo que quieres. Somos demasiado diferentes.

– Las diferencias no importan. Mira, Rachel, yo voy a irme y tú vas a venir conmigo. Nos queremos y…

– ¡No! Dios mío, ¿es que no lo entiendes? Yo… no te quiero, ¿de acuerdo? No te quiero.

Ben no podía moverse, no podía respirar.

– Lo siento -Rachel tomó aire y se levantó. Sus ojos volvían a ser inescrutables, como si estuviera escondiéndose de él. Algo que se le daba muy bien-. Y no quiero volver a verte. Adiós, Ben.

– Rach…

– Vete, por favor -había susurrado con la voz rota-. Vete.

Era una petición que le resultaba dolorosamente familiar. Rachel no lo amaba y quería que se marchara. Estupendo. Él no iba a suplicarle.

– Adiós, Rachel -le dijo, pero ella ya se había marchado, desvaneciéndose en la noche.

Ben se despertó jadeante del infierno particular de sus recuerdos. Estaba en la cama, empapado en sudor y jadeando como si hubiera corrido una maratón.

No, no estaba en el infierno, pero se le parecía mucho. Las paredes parecían cerrarse sobre él, estrangularlo.

¿Cuánto tiempo tardaría en salir de la ciudad? ¿Del país? Asia parecía estar suficientemente lejos. Seguramente podría llegar a Asia. Tras soltar un juramento, se frotó la cara, justo en el momento en el que alguien saltaba a su lado en el colchón.

Emily se sentó en su cadera con una alegre sonrisa.

– Buenos días, papá.

Y bastó eso para que su corazón suspirara. Incorporándose de aquella montaña de almohadas, dejó escapar un trémulo suspiro. Asada. Rachel.

Emily.

Definitivamente, estaba en el infierno.

– Buenos días, cariño.

– ¿No has dormido bien?

– Sí, he dormido estupendamente.

Pero la verdad era que no. La última llamada que había recibido en el móvil la noche anterior era de uno de sus editores. Habían recibido una carta en la revista en un extraño sobre de color verde olivo: todavía tendrás que pagármelas, decía.

Evidentemente, era de Asada, pero el hecho de que procediera de América del Sur le daba alguna esperanza. Asada todavía no sabía dónde estaba.

– Pareces cansado, papá. Quizá deberías dormir más.

– Em, deja de gritar, me estás destrozando el cerebro.

– Lo siento -se quedó callada, un milagro temporal, estaba seguro-. Mamá todavía está durmiendo. ¿Quieres salir a disfrutar de una buena dosis de colesterol antes de que tenga que irme a la cárcel?

– El colegio no es una cárcel, Em.

– Este colegio sí.

– Bueno, ¿y en qué consiste esa dosis de colesterol?

– Huevos revueltos, una montaña de beicon y el mejor estofado que hayas probado en toda tu vida. Es en el Joe’s, justo al doblar la esquina. Mamá odia ese lugar, pero ella no sabe disfrutar de la vida.

Ben desvió la mirada hacia el reloj y consiguió contener un gemido cuando vio que las tres agujas estaban señalando el número cinco.

– Pero todavía no son ni las seis -y, teniendo en cuenta los cambios horarios, sólo Dios sabía qué hora era para su cuerpo.

– Claro, por eso está durmiendo mamá. Vamos, así no se enterará -saltó de la cama y le tiró del brazo-. Podemos pedir un batido de chocolate doble. Son enormes.

Ben rara vez comía antes de las doce y había pasado tanto tiempo desde la última vez que había estado en los Estados Unidos que suponía que no podía culpar a su estómago por hacerle decir esperanzado:

– Dame cinco minutos para ducharme.

– Ya te ducharás más tarde -lo sacó prácticamente de la cama y le tiró los vaqueros y la camiseta que Ben se había quitado el día anterior.

– Date prisa. Estoy hambrienta.

– De acuerdo, me olvidaré de la ducha, pero aun así, necesito un par de minutos.

– Papá…

– ¡Dos minutos! -repitió, colocando una mano en el rostro de su hija y empujando suavemente hasta sacarla de la habitación.

El suspiro de Emily le llegó a través de la puerta.

– Te esperaré en el porche. Dos minutos. Ciento veinte segundos. No dos minutos de mamá, que son veinte.

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