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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– No lo sé. Se negó a contármelo, diciéndome que era su pequeño secreto. Hasta la fecha sigo todavía sin saberlo.

– Con lo cual intuyo que debe de haber dicho algo absolutamente atroz de usted -dijo Spencer con una sonrisa de oreja a oreja.

– Sin duda -concedió Andrew, riéndose.

– Bueno, Spencer y yo deseamos fervientemente saber más cosas de sus viajes durante su estancia aquí, señor Stanton. ¿Permite que le acomodemos? -Catherine tendió a Spencer su brazo ileso. Echaron a andar por el sendero y Andrew les siguió. Reparó en la firmeza del brazo de Catherine, permitiéndole soportar gran parte del peso de Spencer mientras el niño avanzaba cojeando por el sendero. Fue presa de un gran sentimiento de admiración por ella, por ambos. Andrew sabía de las cargas emocionales con las que ella bregaba. Aun así, Catherine lo hacía con humor y dignidad, mientras el amor que profesaba a su hijo brillaba como el cálido resplandor del sol. Y Spencer, a pesar de las dificultades físicas a las que se enfrentaba, era obviamente un joven inteligente y afable que correspondía abiertamente al afecto de su madre. Sin duda, un joven al que cualquier hombre estaría orgulloso de tener por hijo. Andrew apretó las manos al pensar en la crueldad con la que el padre del niño le había rechazado.

Atravesaron el umbral de la puerta principal y entraron en un espacioso vestíbulo, con suelo de parquet. Había una mesa redonda de caoba en el centro de la estancia sobre cuya brillante superficie reposaba un jarrón de porcelana con un enorme arreglo de flores recién cortadas. La fragancia de las flores llenaba el aire, mezclada con el agradable aroma de la cera de abeja. Asomando al otro lado del vestíbulo, Andrew vio la amplia y curva escalera que conducía a la planta superior, y pasillos que se perdían a derecha e izquierda. Varias mesas alargadas decoraban los pasillos, todas adornadas con jarrones llenos de flores frescas.

Un mayordomo formalmente uniformado y de estilizada figura estaba de pie junto a la puerta, como un centinela, con los anteojos cercanos a la punta de su ganchuda nariz.

– Bienvenida a casa, lady Catherine -dijo el mayordomo con una voz demasiado grave y sonora para provenir de un hombre de tan delgada figura. Cierto, parecía como si una ráfaga de viento pudiera hacer caer al hombre de espaldas.

– Gracias, Milton. -Mientras le entregaba su sombrero y el chal, le dijo-: Este es el señor Stanton, el socio de mi hermano y un gran amigo de la familia. Se quedará unos días. He dado instrucciones para que lleven sus cosas a la habitación azul de invitados.

Milton inclinó la cabeza.

– Iré a comprobar que la habitación esté preparada.

Spencer señaló con la barbilla la mesa de caoba.

– ¿Has visto tus flores nuevas, mamá?

Andrew se percató del ligero sonrojo que tiñó las mejillas de Catherine.

– Es difícil no verlas.

Spencer, enojado, soltó un bufido.

– Este es mucho más pequeño que el arreglo del salón. ¡Están convirtiendo nuestra casa en un jardín interior! ¿Por qué no te dejan en paz? -Se volvió hacia Andrew, buscando en él a un aliado-. ¿No le parece que tendrían que dejarla en paz?

– ¿Tendrían quiénes?

– Sus pretendientes. Lord Avenbury y lord Ferrymouth. El duque de Kelby, lord Kingsly. Y luego está lord Bedingfield, quien recientemente ha comprado la casa que linda con la nuestra por el oeste. Entre todos ellos, envían flores suficientes para hacer que uno se sienta como si viviera en una prisión botánica. -Spencer volvió a soltar otro bufido-. Me siento como si me estuviera ahogando con tantas flores. ¿No le parece que deberían parar?

«Sí, demonios.» Andrew se obligó a no lanzar una mirada asesina al tributo floral. Antes de poder responder, lady Catherine, cuyo sonrojo se había teñido de rosa, dijo:

– Spencer, eso es muy descortés de tu parte. Lord Avenbury, lord Ferrymouth y los demás sólo pretenden mostrarse amables.

Andrew se tragó el irritado «¡Bah!» que le subía por la garganta. ¿Amables? Difícilmente. Tuvo que morderse la lengua para no anunciar que ningún hombre enviaba flores suficientes como para hundir una fragata simplemente en un gesto de cortesía.

– ¿Sirvo ya el té? -preguntó Milton, vadeando en el incómodo silencio.

– Sí, gracias, pero sólo para dos. En el salón. -Se volvió hacia Andrew-. Me aseguraré de dejarle cómodamente instalado, pero lamento decirle que tengo una cita previa. -Tocó la manga de Spencer-. ¿Te ocuparás del señor Stanton en mi ausencia?

– Sí. ¿Tu cita es con la señora Ralston o con el doctor Oliver?

– ¿Con el doctor? -preguntó Andrew, al tiempo que su mirada saltaba sobre lady Catherine-. ¿Está usted enferma?

– No -se apresuró a responder lady Catherine-. Mi cita es con la señora Ralston.

Spencer se volvió a mirar a Andrew.

– La señora Ralston es la mejor amiga de mi madre. A menos que el tiempo lo impida, mamá va a su casa todos los días para visitarla y prestarle su ayuda.

– ¿A ayudarla? -preguntó Andrew.

Spencer asintió.

– La señora Ralston sufre de artritis en las manos. Mamá le escribe las cartas y se ocupa de sus flores.

Andrew sonrió a lady Catherine.

– Muy gentil de su parte.

Catherine pareció sonrojarse.

– Genevieve es una dama muy querida.

– Y afortunada de poder contar con una amiga tan fiel. -Andrew volvió a centrar su atención en Spencer-. ¿Y quién es el doctor Oliver? -preguntó, como restándole importancia.

– Otro pretendiente, aunque bastante agradable, y además no es tan adinerado como para enviar esos exagerados ramos. No, el doctor se limita a mirar a mamá con ojos soñadores. -Spencer procedió entonces a parodiar lo que él entendía por la expresión «ojos soñadores» adoptando una expresión bobalicona y haciendo revolotear sus pestañas.

Si la mujer implicada en la parodia hubiera sido otra, a Andrew le habrían parecido muy divertidas las bufonadas del jovencito. Sin embargo, reparó, taciturno, en que las mejillas de lady Catherine ardían hasta teñirse de carmesí. Recordó con claridad haber oído mencionar a Philip que uno de los admiradores de lady Catherine era un médico de pueblo. A tenor de su reacción, Andrew tuvo la indudable sospecha de que ese era el hombre.

– Tonterías, Spencer -dijo Catherine-. El doctor Oliver no pone esas caras y no es más que un amigo.

– Que pasa a verte a diario.

– No, a diario no. Y, además, simplemente lo hace en un afán por mostrarse cortés.

– Al parecer, hay abundancia de caballeros corteses en Little Longstone -dijo Andrew secamente.

Spencer miró al techo.

– Sí, y todos empeñados en cortejar a mi madre.

– No puede hablarse de cortejo si yo muestro indiferencia -dijo lady Catherine con voz firme-. Su interés cesará en cuanto se den cuenta de que no estoy en absoluto interesada.

Andrew se aclaró la garganta.

– Si tenemos en cuenta estas muestras -empezó, agitando la mano e incluyendo con su gesto el trío de arreglos florales-, todavía no se han dado cuenta.

– Ahora lord Bedingfield ya lo sabe -dijo Spencer-. Yo mismo se lo dije cuando vino a verte ayer por la tarde.

– ¿Qué diantre le dijiste? -preguntó lady Catherine.

– Le dije: «Mamá no está interesada en usted».

Lady Catherine emitió un sonido semejante a una carcajada mal disimulada seguida por una tos. Andrew se mordió el labio para reprimir su sonrisa. Spencer era sin duda un buen chico.

– ¿Y qué dijo lord Bedingfield? -preguntó Catherine.

Spencer vaciló y luego se encogió de hombros.

– Algo de que a los niños se les ve pero no se les oye.

Milton se aclaró la garganta.

– De hecho, su señoría dijo algo extremadamente desagradable que no merece repetición, momento en el cual le invité a abandonar la casa antes de echarle los perros.

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