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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– Te suplico que no lo hagas, al menos durante uno o dos días. Hubo un testigo que puede identificar al culpable. Mi padre me ha prometido que me escribirá para comunicarme si han apresado al autor de lo ocurrido. De ser así, nos estamos preocupando en vano. Esperemos a tener noticias de mi padre.

Genevieve arrugó el labio inferior y finalmente asintió en señal de acuerdo.

– Muy bien. Pero si no has tenido noticias de él mañana por la noche, viajaré a Londres al día siguiente. Mientras tanto, debemos hacer algo para garantizar nuestra seguridad. Baxter se encargará de que nada me ocurra, pero temo que, a pesar de su valentía, Milton y Spencer no puedan ofrecerte la protección necesaria en caso de que la necesites.

– Ya me he ocupado de eso. El amigo norteamericano de mi hermano, el señor Stanton, me ha acompañado a Little Longstone y se queda unos días de visita.

– Pero ¿podrá protegerte? -preguntó Genevieve con voz dubitativa.

La imagen del señor Stanton llevándola en sus fuertes brazos parpadeó en su cabeza y, mortificada, sintió que el calor le subía por el cuello.

– Ejem… sí. No me cabe duda.

La mirada de Genevieve se tornó especuladora y a continuación arqueó una ceja rubia, dibujando con ella una curva perfecta.

– ¿Ah, sí? Muy bien, me dejas enormemente aliviada. Recuerdo haberte oído mencionar al señor Stanton, aunque sólo vagamente. ¿Cómo es?

– Fastidioso y testarudo -respondió Catherine sin la menor vacilación.

Genevieve se rió.

– Querida, así son todos los hombres. ¿Posee acaso alguna buena cualidad?

Catherine se encogió de hombros.

– Supongo que, si me viera presionada a pensar en ello, se me ocurriría una o dos. -Al ver que Genevieve seguía esperando con expresión expectante, Catherine miró al techo y soltó un suspiro resignado-. Al parecer fue de gran ayuda cuando me hirieron anoche. Y, bueno… no tiene un olor corporal desagradable.

Algo sospechosamente parecido a la diversión chispeó en los ojos de Genevieve.

– Entiendo. La rapidez de ingenio y el compromiso con el aseo personal son sin duda buenas cualidades en un hombre. Dime, ¿cuál fue exactamente la ayuda que te prestó tras el disparo?

Una nueva oleada de calor invadió a Catherine.

– Presionó la herida hasta que llegó el médico.

– Excelente. Está claro que sabe algo sobre cómo tratar unas heridas. -Abrió aún más los ojos-. Oh, pero, te lo ruego, ¡no irás a decirme que el médico te examinó allí mismo, en el salón!

– No. -«Maldición, qué calor hace aquí dentro.» Consciente de que Genevieve terminaría por sacarle toda la información, Catherine la miró directamente a los ojos y dijo con su mejor voz evasiva-: El señor Stanton fue tan amable de llevarme en brazos al dormitorio de mi padre para apartarme de los ojos curiosos de los demás invitados.

– Ah, y además es un hombre de demostrada discreción -dijo Genevieve con una aprobatoria inclinación de cabeza-. Y supongo que percibiste que no posee un ofensivo olor corporal mientras te llevaba en sus brazos.

– Sí.

– Y, obviamente, es un hombre fuerte.

Catherine lanzó a su amiga una mirada maliciosa.

– ¿No estarás insinuando que peso más de lo que debiera?

La musical risa de Genevieve repicó de pronto.

– Por supuesto que no. Simplemente me refería a que sólo un hombre fuerte puede llevar a una mujer en brazos desde el salón a la alcoba, viaje que naturalmente incluye el ascenso por las escaleras, mientras mantiene la presión sobre su herida. Realmente impresionante. ¿Es hombre de fortuna personal?

– Nunca lo he preguntado.

Genevieve sacudió la cabeza.

– Querida mía, estoy segura de que alguna idea debes de tener. ¿Cómo es su ropa?

– Muy refinada. Cara.

– ¿Su residencia?

– Tiene habitaciones en Chesterfield. No conozco su condición puesto que, naturalmente, jamás le he visitado allí.

– Una elegante parte de la ciudad -dijo Genevieve, aprobatoria-. Hasta ahora, suena muy prometedor.

– ¿Prometedor? ¿Para qué?

La expresión inocente de Genevieve era comparable a la de un ángel.

– Para que te preste la protección necesaria, naturalmente.

– Una fortuna y ropas de buen corte no resultan suficiente para ello. Es un experto esgrimidor y un gran pugilista, y lo bastante musculoso como para que su presencia resulte amenazadora. Es todo lo que necesito.

– Naturalmente, estás en lo cierto. Así que pugilista. Supongo que tendrá muchas cicatrices y que le habrán roto algunos huesos en el pasado. Lástima. -Genevieve soltó un suspiro-. ¿Debo entender que es un hombre de escaso atractivo?

Los dedos de Catherine juguetearon con el cordón de terciopelo de su retícula.

– Bueno, si he de hacerle justicia, no diría eso.

– ¿Oh? ¿Y qué dirías entonces?

«Que esta conversación ha dado un giro de lo más incómodo.» Le vino a la cabeza una imagen del señor Stanton, sentado delante de ella en el carruaje, con sus ojos oscuros firmemente posados en ella y una sonrisa burlona asomando a sus labios. Se aclaró la garganta.

– Aunque el señor Stanton no sea poseedor de una belleza clásica en ninguno de los sentidos, entiendo que cierta clase de mujer pueda encontrarle… no desagradable.

– ¿Qué clase de mujer?

«Toda mujer que viva y respire.» Las palabras brotaron de improviso en su mente, horrorizándola. Cielos, estaba perdiendo los nervios.

– No sabría decirte -dijo, mucho más envarada de lo que era su intención-. ¿Quizá las miopes?

Desgraciadamente, Genevieve hizo caso omiso del tono envarado de su respuesta.

– Oh, querida. Pobre hombre. ¿Y cuál es exactamente el aspecto del señor Stanton?

– ¿Su aspecto?

La preocupación veló los ojos de Genevieve.

– Querida, ¿estás segura de que el golpe que te diste en la cabeza no es más serio de lo que crees? Tu comportamiento es de lo más extraño.

– Estoy bien. -Soltó un profundo suspiro-. El señor Stanton es… tiene… «Unos atractivos ojos oscuros de los que te obligan a apartar la mirada. Una sonrisa lenta y cautivadora que, por alguna razón enfermiza, hace que el corazón se me acelere simplemente al pensar en ella. Una mandíbula fuerte y esa preciosa boca que parece a la vez firme y deliciosamente suave. Pelo oscuro y sedoso, con algunos mechones cayéndole sobre la frente de un modo que a una le entran deseos de volver a colocar los rizos en su sitio…»

– ¿Tiene qué, querida?

La voz de Genevieve sacó a Catherine de su ensueño con un sobresalto. Dios mío, sin duda acababa de perder por completo el norte. Quizá se había golpeado la cabeza más fuerte de lo que creía.

– Tiene el pelo oscuro, los ojos oscuros y una… ejem… sonrisa bastante agradable. -Su conciencia se resistió al oír de sus labios la tibia descripción de «agradable» de la sonrisa del señor Stanton, aunque apartó a un lado con firmeza su voz interior.

– Entonces, es un hombre de aspecto bastante común.

¿Común? Catherine intentó aplicar la palabra al señor Stanton y su intento resultó espectacularmente fallido. Antes de que pudiera pensar en una respuesta, Genevieve continuó.

– Bueno, quizá sea mejor así. Está aquí para protegerte. Si te sintieras atraída por él, quizá hasta te plantearas entablar una liaison con él, y eso llevaría a toda clase de complicaciones que podrían distraerle de sus funciones.

– Puedo asegurarte de que una liaison con el señor Stanton, o con cualquier otro hombre, ahora que lo mencionas, es lo último que tengo en mente.

Genevieve sonrió.

– En ese caso, gracias a Dios que no le encuentras ningún atractivo.

– Sí, gracias a Dios.

Sin embargo, incluso mientras esas cuatro palabras salían de sus labios, oyó susurrar a su voz interior cuatro palabras por iniciativa propia.

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