Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
– Entiendo -murmuró él-. ¿Y qué es lo que determinará quién es el ganador?
– Si lee usted el libro, el libro entero, por supuesto, siendo así capaz de entablar una discusión bien informada sobre los contenidos del mismo, usted gana. Si no lo logra, gano yo.
Al ver que él guardaba silencio, ella murmuró:
– Claro que si tiene usted miedo…
– ¿De una simple apuesta? Lo dudo.
– Entonces, ¿por qué duda?
– La verdad es que dudo seriamente si, a pesar de la gran tolerancia que tengo al dolor, seré capaz de sufrir las tonterías de Brightmore. Sin embargo, puesto que lo peor que puede pasar es simplemente que le deba un favor, supongo que no hay mal alguno en que acepte su apuesta. ¿Qué período de tiempo sugiere?
– ¿Digamos que tres semanas?
Asintió.
– Muy bien. Acepto.
Catherine apenas pudo reprimir el júbilo. Había muchas tareas que un hombre fuerte y robusto como el señor Stanton podía hacer en la propiedad. Lo único que necesitaba precisar era no sólo con cuál le sería de más ayuda, sino, además, cuál le irritaría más. Sin duda debería horrorizarla experimentar tal estremecimiento ante la idea de vencerle y de borrar así una porción de su arrogancia. Debería… pero no era así.
– Naturalmente -dijo el señor Stanton-, en el plazo de tres semanas, sin duda el chismorreo que rodea el contenido real de la Guía quedará suplantado por el escándalo que causará el desenmascaramiento de Charles Brightmore.
A Catherine le dio un vuelco el corazón. Andrew se refería sin duda al investigador que había sido contratado. Con suerte, el hombre no encontraría el rastro que le llevaría a Little Longstone. Pero si lo hacía, bien, mujer prevenida valía por dos. Desde luego no conseguiría la menor información de sus labios. Obligándose a hacer gala de una calma que estaba lejos de experimentar, soltó una risa ligera:
– ¿El desenmascaramiento? Cielos, cualquiera que le oyera creería que el señor Brightmore es un bandido.
– Mucha gente en Londres lo considera así.
– Incluido usted.
– Sí.
– Quizá cambie de opinión después de haber leído su libro… suponiendo que lo lea, claro.
El encogimiento de hombros con el que Andrew saludó su comentario indicó que no tenía una sincera intención de leer «esas tonterías», y de que, incluso aunque lo hiciera, no cambiaría de opinión. Una sensación de fastidio le recorrió la columna. Qué hombre tan irritante. ¿Cómo podía haberle creído galante? ¿Agradable? Sin duda, se había visto erróneamente predispuesta a una opinión favorable basada en los maravillosos informes de su hermano sobre el carácter del señor Stanton. La relajada camaradería que habían compartido en el pasado se debía sin duda a los temas que habían tocado, es decir, Philip y Meredith. Su boda, y, más recientemente, el inminente nacimiento de su hijo. El museo era también un tema común de conversación. Frunció el ceño. Volviendo atrás en el pasado, Catherine reparó en que todas sus conversaciones habían sido de naturaleza muy impersonal. De hecho, sabía muy poco acerca del señor Stanton. Lo había aceptado como amigo y buen hombre, sin cuestionarse nada más, porque Philip decía que lo era. Según Philip, el señor Stanton le había salvado de varias situaciones difíciles cuando ambos estaban en el extranjero. Definía a su amigo norteamericano como un hombre leal, firme, bravo y excelente con los puños y con el espadín. En fin, Catherine no tenía ninguna razón para dudar de que fuera todas esas cosas. Sin embargo, Philip había olvidado añadir, como tampoco ella había logrado discernir en el curso de sus anteriores encuentros, que el señor Stanton era también un hombre testarudo, obstinado e irritante.
Lo observó. Estaba mirando por la ventanilla al tiempo que un músculo le palpitaba en su mejilla suavemente afeitada, subrayando la tensión de su mandíbula. Su testaruda mandíbula. Aunque Catherine no podía negar que era una fuerte mandíbula testaruda. Con la intrigante sombra de un hoyuelo en el centro. Eso era algo que Philip no había mencionado. Como tampoco había hecho mención del perfil del señor Stanton… el ligero bulto que tenía en el puente de la nariz. Seguramente se trataba de un recuerdo de sus combates pugilísticos. Debería de haberle restado atractivo a su aspecto, y sin embargo le daba un aire tosco, mezclado con una apenas perceptible sensación de peligro, recordándole que, a pesar de su elegante atuendo, Andrew no pertenecía a su clase. Un tipo duro, sin duda.
E innegablemente atractivo.
– Tiene usted una expresión realmente intrigante, lady Catherine. ¿Le importaría compartir lo que piensa conmigo?
El calor le inundó las mejillas. Dios mío, ¿cuánto tiempo llevaba mirándole? ¿Y por qué la estaba observando él de esa… forma especulativa? ¿Como si ya le hubiera adivinado el pensamiento? Bah. Un aspecto más de él que sumar al irritante conjunto.
Adoptando lo que esperaba que pudiera pasar por un aire desenfadado, Catherine dijo:
– Estaba pensando que, a pesar del tiempo que hemos pasado juntos durante los últimos catorce meses, lo cierto es que no nos conocemos demasiado. -Arqueó las cejas-. ¿Y en qué pensaba usted?
– De hecho, en algo muy similar… que no la conozco todo lo bien que creía.
Catherine arrugó la nariz y olisqueó el aire acusadamente.
– No sé por qué, pero eso no me ha sonado demasiado halagador.
– No pretendía insultarla, se lo aseguro. -La malicia parpadeó en los ojos de Andrew-. ¿Le gustaría que la piropeara? Estoy seguro de que, si eso la complace, podría llegar a ocurrírseme algún cumplido.
– Le suplico que no se esfuerce usted por mí -respondió Catherine con una voz seca como el polvo.
Él respondió con un gesto desestimativo.
– Le aseguro que no es para mí ningún esfuerzo. -Su mirada se paseó por el vestido de viaje de color verde bosque de Catherine-. Está usted preciosa.
Tres simples palabras. Sin embargo, algo en su forma de decir «preciosa», combinado con el inconfundible calor de sus ojos, provocó un revoloteador estremecimiento que la recorrió por entero. Andrew impidió cualquier respuesta que ella hubiera podido darle, concentrando toda su atención en su boca.
– Y sus labios… -Sus ojos parecieron oscurecerse, y se inclinó hacia delante. Todo el interior de Catherine se paralizó… a excepción de aquellos inexplicables revoloteos, que de pronto se volvieron mucho más… revoloteadores. Dios mío, ¿acaso iba a besarla? Sin duda no…
Su propia mirada quedó prendida de los labios de Andrew, y por primera vez reparó en su atractiva boca. Parecía suave y firme a la vez. La clase de boca que sin duda sabía besar a una mujer…
– Sus labios -dijo él en voz baja, acercándose aún más hasta que sus rostros quedaron a menos de dos pies de distancia y ella fue presa de la abrumadora necesidad de inclinarse hacia él y borrar esos escasos centímetros-. Se han… desinflamado mucho y tienen mejor aspecto que tras el incidente de anoche. Casi han recuperado su belleza habitual.
Se retiró y esbozó una amplia sonrisa. Fuera cual fuese la locura que había hecho presa en ella, se desintegró como una nube de humo y Catherine se incorporó de inmediato, pegando la espalda al cojín, horrorizada. No tanto con él, como consigo misma. Le subió el calor por el cuello y rezó para no sonrojarse. Dios mío, durante un instante de locura había creído que él pretendía… que ella quería que él…
La besara. Pero aún más humillante era el hecho de que se sentía decepcionada porque no lo había hecho. Demonios, estaba perdiendo la cabeza.
– ¿Lo ve? -dijo él-. Contrariamente a lo que usted cree, soy muy capaz de hacerle cumplidos. Y no veo la hora de visitar su casa, puesto que dispondré así de la oportunidad de descubrir cuánto es lo que todavía no sabemos el uno del otro.
Buen Dios, la de cosas que él no sabía de ella… Catherine tenía intención de dejarlas como estaban.