Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
«Mentirosa, mentirosa, mentirosa, mentirosa.»
Capítulo 6
Muy pocos son los hombres que se muestran reacios a dar a una mujer lo que ella quiere si es lo suficientemente atrevida como para limitarse simplemente a pedirlo. Además, muchos hombres desdeñan excelentes ideas sólo por haber sido sugeridas por una mujer. Así pues, la forma más expeditiva para que la mujer moderna actual consiga lo que quiere e implemente sus ideas es llevar al caballero en cuestión a creer que la idea fue de él desde un principio.
Guía femenina para la consecución
de la felicidad personal y la satisfacción íntima
CHARLES BRIGHTMORE
Andrew apoyó los hombros contra la repisa de mármol blanco de la chimenea del salón e hizo cuanto pudo para no lanzar una mirada airada al tributo floral que dominaba la estancia. Sin duda, no tuvo éxito en su intento (o eso, o quizá Spencer fuera clarividente), porque el chiquillo dijo:
– Espantoso, ¿verdad?
Andrew se volvió a mirar a Spencer, quien estaba sentado en un mullido sofá de brocado junto a la chimenea. La atención del chico estaba centrada en el trío de tartaletas de fruta que quedaban en la bandeja de plata y que Milton les había servido con el té.
– Espantoso -concedió Andrew-. Quienquiera que haya enviado este ramo ha vaciado todas las floristerías de la zona.
– El duque de Kelby -dijo Spencer, cogiendo una tartaleta cubierta de fresas de la bandeja-. Horrendamente acaudalado, aunque estoy seguro de que las flores proceden de su propio invernadero, y no de ninguna floristería local.
Maldición. El duque, con esos impertinentes y esa cara de carpa, era un hombre horrendamente acaudalado. Y con su propio condenado invernadero.
Antes de que Andrew pudiera añadir ningún comentario, Spencer le miró con una expresión de preocupación.
– ¿Está bien mi madre?
Una oleada de recelo puso en guardia a Andrew.
– ¿A qué te refieres?
– Parecía preocupada. ¿Ha pasado algo en Londres que la haya turbado?
Demonios. No deseaba mentir al chico, pero no podía olvidar que Catherine le había pedido que no mencionara el disparo.
– Creo que el viaje de regreso a Little Longstone la ha agotado -dijo con suma cautela.
El alivio que mostró Spencer era evidente, y Andrew se sintió como un cretino de primer orden por no haber sido sincero con él. Bien sabía Dios que había mentido en innumerables ocasiones a lo largo de su vida sin apenas un parpadeo, pero no le parecía bien no ser sincero del todo con aquel jovencito.
Estaba ansioso por cambiar de tema y no deseaba tener que decir más mentiras, así que preguntó:
– Dime, ¿qué clase de hombre es el duque?
– No sabría decirlo. Pero parece una carpa. Diría que tiene cabida en tu museo con el resto de reliquias. -Spencer se metió la mitad de la tartaleta en la boca con un enorme y entusiasta mordisco ante el que Andrew tuvo que reprimir una sonrisa. Tragó y a continuación añadió-: Pero no es sólo que parezca una carpa. Es que no le importa nada mi madre.
– ¿Y cómo sabes tú eso?
Spencer sacudió la cabeza, señalando la monstruosidad floral.
– Porque le envió esas flores. Mi madre odia esa clase de regalos grandes y ostentosos. Si conociera en algo a mi madre, sabría que ella habría preferido una sola flor.
Andrew tomó mentalmente nota de esa útil información y, enterrando la culpa que le atenazaba al verse interrogando a Spencer, preguntó:
– ¿Y qué otras cosas le gustan a tu madre?
Spencer arrugó la cara, concentrado en la respuesta.
– Cosas de niñas -dijo por fin.
– ¿Cosas de mujeres?
– Sí. Ya me entiende: vestidos, lazos, flores y demás. Pero sencillas. No como eso -añadió, señalando de nuevo el enorme ramo.
Humm. No estaba siendo de mucha ayuda.
– ¿Qué más? Supongo que también las joyas.
Spencer negó con la cabeza.
– No, o al menos no mucho. No lo creo, porque casi nunca lleva. A mamá le gustan los animales, pasear por el jardín, cuidar de sus flores, tomar las aguas y las fresas. Le encantan las fresas. -Se metió la otra mitad de la tartaleta en la boca y sonrió-. A mí también.
Andrew sonrió a su vez.
– Ya somos tres. -Se inclinó hacia la mesa y se sirvió una tartaleta de fresas, de la que dio cuenta con apenas un ápice menos de fruición que Spencer, provocando la risa en el niño.
– Bueno, me alegro de que el duque no sepa lo que le gusta a mamá -dijo Spencer, cuya expresión recuperó la seriedad-, ni él ni ninguno de los demás caballeros que están intentando ganarse su favor. No los necesita. No los necesitamos. -Paseó la mirada hasta posarla en su pie tullido y se le tensó la mandíbula. Cuando volvió a alzarla, a Andrew se le encogió el corazón ante las mil afrentas que vio impresas en los ojos de Spencer.
– Ojalá pudiera hacer que se llevaran sus flores, sus invitaciones y sus regalos y que dejaran en paz a mamá -dijo Spencer con un evidente temblor en su apasionada voz-. Ojalá fuera fuerte y supiera pelear. Como usted. Así la dejarían en paz.
– Yo peleo contra otros caballeros en el cuadrilátero de boxeo -dijo Andrew con suavidad-. No tengo por costumbre ir por ahí dando puñetazos a los duques en la nariz… ni siquiera cuando envían espantosos arreglos florales. «Naturalmente, esa es una política sensible a algunos cambios…»
Spencer no respondió con la sonrisa que Andrew había esperado de él.
– Tío Philip dice que también es usted un experto esgrimidor.
– No soy malo.
– Tío Philip dijo que le venció, y él es todo un experto. -Antes de que Andrew pudiera dar una respuesta, Spencer prosiguió-: ¿Quién le enseñó a pelear con los puños?
– Mi padre me dio algunas instrucciones… después de llegar a casa una tarde sangrando por la nariz, con el labio hinchado y los dos ojos morados. Me temo que el resto lo aprendí de la manera menos agradable.
Spencer se quedó literalmente boquiabierto.
– ¿Alguien le pegó?
– «Pegar» es casi un eufemismo si te refieres a la tremenda paliza que recibí.
– ¿Y quién le hizo una cosa así? ¿Y por qué? ¿No le tenían miedo?
Andrew se rió.
– Difícilmente. En aquel entonces sólo tenía nueve años y era más flacucho de lo que puedas imaginar. Volvía a casa después de una exitosa tarde de pesca en el lago cuando dos niños del barrio me atacaron. Tendrían más o menos mi edad, pero no eran ni la mitad de flacos que yo. Después de dejarme los ojos morados, me quitaron la pesca.
– Apuesto a que ahora no intentarían algo semejante -predijo Spencer.
– Sin duda les daría mucha más guerra que en aquel entonces -concedió Andrew.
– ¿Volvieron a hacerlo?
– Oh, sí. Me esperaban todas las semanas en el mismo sitio, cuando volvía a casa del lago. Cambié de ruta, pero rápidamente se dieron cuenta de la maniobra. Durante varios meses me amargaron la vida. -De pronto le embargó una oleada de recuerdos en los que volvía a sentir la vergüenza de llegar junto a su padre sin el pescado que le habían enviado a pescar. La humillación de verter lágrimas de dolor y de frustración delante de sus torturadores, a pesar de sus denodados esfuerzos por contenerlas. Su padre mirándole con ojos penetrantes, aunque tranquilos, le decía: «¿Cuántas veces más vas a permitir que esos bribones te sacudan y te roben nuestra cena, hijo?». Limpiándose la sangre de la nariz con el dorso de la mano y conteniendo las lágrimas, respondía. «Ninguna, papá. No van a sacudirme la próxima vez. Vuelve a enseñarme cómo plantarles cara…».
– ¿Y qué ocurrió entonces?
Andrew parpadeó y el recuerdo se desvaneció como a merced de una suave brisa.
– Aprendí a pelear. A protegerme. Y fui yo quien les sacó sangre de la nariz. Sólo tuve que hacerlo una vez.