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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Los labios de Spencer se cerraron con fuerza, dibujando una fina línea.

– Apuesto a que su padre estuvo orgulloso de usted cuando logró reducir a esos rufianes.

El dolor implícito en esas palabras era evidente, y a Andrew se le encogió el corazón por aquel jovencito cuyas heridas eran obviamente muy profundas y quien, a pesar de contar con todo el amor de su madre, todavía anhelaba el amor y la aceptación de un padre.

– Mi padre estuvo orgulloso, sí-concedió Andrew con suavidad, negándose a reconocer el nudo de emoción que amenazaba con cerrarle la garganta-. Y muy aliviado al ver que ya no volveríamos a perder nuestra pesca.

– ¿Por qué no iba su padre con usted al lago para impedir que los niños le acosaran?

– Bueno, en aquel tiempo, también yo le hacía, a él y a mí mismo, la misma pregunta. Y nunca he olvidado su respuesta. Me dijo: «Hijo, un hombre no deja nunca que otro pelee sus batallas por él. Si otro tiene que luchar por tu orgullo, entonces en nada te pertenece». -Andrew sonrió-. Mi padre era un hombre muy sabio.

– ¿Era?

Andrew asintió.

– Murió cuando cumplí dieciséis años.

La solemne expresión de Spencer indicó que comprendía la sensación de perder a un padre.

– ¿Y piensa en él… a menudo?

Por su tono, era obvio que la pregunta era seria para Spencer, de modo que Andrew lo pensó bien antes de responder.

– Cuando murió, pensaba en él constantemente. Intentaba no hacerlo, me obligaba a no hacerlo, trabajando más, intentando agotar mi cuerpo y mi mente para no pensar en él, porque cuando lo hacía… dolía. Había sido mi mejor amigo y, durante toda mi vida, lo éramos todo el uno para el otro.

– ¿Dónde estaba su madre?

– Murió al darme a luz.

– Así que su padre y usted estaban solos -murmuró Spencer-. Como mi madre y yo.

– Sí, supongo que así era. A medida que pasaron los años, el dolor de su muerte fue remitiendo. Un poco como el cuchillo cuya hoja va desafilándose: todavía puede cortar, pero no tanto. Aún pienso en él a diario… pero ahora ya no me duele tanto.

– ¿Cómo murió?

Otra imagen destelló en la mente de Andrew, llenándole de un dolor agudo, y se dio cuenta de que no había sido del todo sincero con Spencer al decirle que, con el tiempo, el dolor de la ausencia había remitido.

– Se ahogó. Una noche, una densa niebla cubrió el lago mientras él estaba en el embarcadero, y se desorientó, cayendo al agua desde el muelle. -La emoción le tensó la garganta-. A pesar de ser un hombre fuerte y enérgico, capaz de hacer mil cosas, no sabía nadar.

– Lo siento.

– Yo también.

La mirada de Spencer volvió a desplazarse hasta su pie tullido y, durante casi un minuto, el único sonido que llenó la estancia fue el tictac del reloj que estaba sobre la repisa de la chimenea. Por fin, levantó los ojos.

– Qué curioso que la única cosa que su robusto padre no sabía hacer sea precisamente lo único que yo sí sé hacer.

– Puedes hacer muchas más cosas aparte de nadar, Spencer.

Este negó con la cabeza.

– No. No puedo hacer esgrima. Ni pelear. Ni montar a caballo. -En su voz se adivinó una mordacidad amarga y resignada que a Andrew le partió el corazón-. No puedo hacer nada de eso. Por eso mi padre me odiaba.

Andrew se separó de la repisa y se sentó a su lado. Inclinándose hacia delante, apoyó los codos en sus rodillas separadas y juntó las manos, intentando encontrar las palabras justas. Deseaba refutar la afirmación del chico y asegurarle que su padre le había querido, pero Spencer no era ningún niño, y sin duda demasiado inteligente como para aceptar tópicos tan vacíos como esos.

Andrew se volvió a mirarle y dijo:

– Siento que tu relación con tu padre fuera tan distante y que él no viera el maravilloso jovencito que eres. Sin duda él se lo perdió, y fue su decisión… decisión que de ningún modo habla mal de ti.

La sorpresa y la gratitud chispearon en los ojos de Spencer antes de que la expresión de su rostro se desinflara.

– Pero no me habría odiado si yo hubiera sido como los demás niños.

– Aprende entonces de su error, Spencer. El aspecto externo es una pobre medida por la que juzgar a una persona. Sólo porque alguien sea hermoso o porque carezca de imperfecciones físicas eso no significa que posea integridad o un buen carácter. Esas son las cosas por las que habría que juzgar a una persona.

Spencer apartó la mirada y se tiró de la manga de la chaqueta.

– Ojalá todo el mundo pensara así, señor Stanton.

Andrew se detuvo a pensar durante unos segundos, y luego cedió a su inclinación y dio una palmada a Spencer en el hombro en lo que esperaba fuera entendido como un gesto de consuelo.

– Yo sí. Pero, desgraciadamente, no podemos controlar los actos de los demás. Ni sus palabras. Sólo los nuestros. Y te equivocas, Spencer. Claro que puedes hacer esas cosas. Si realmente lo deseas.

Spencer se volvió a mirarle con ojos que eran demasiado jóvenes para dar cabida a todo el dolor y el cinismo que colmaba su interior.

– No, no puedo.

– ¿Lo has intentado alguna vez?

Una risa amarga escapó de los labios del chico.

– No.

– Mi padre, que, como ya sabemos, era un hombre muy sabio, no dejaba de repetirme: «Hijo, si siempre haces lo que siempre has hecho, siempre estarás donde estás». -Andrew mantuvo la mirada fija en Spencer-. ¿Es eso lo que quieres? ¿Decir siempre que no puedes hacer las cosas que quieres hacer?

– Pero ¿cómo puedo hacerlas? ¿Es que no ha visto esto? -preguntó, señalándose el pie con el dedo.

– Claro que lo he visto. Pero no te ha impedido andar. Ni nadar. Tienes el pie deforme, pero no la mente. No estoy diciendo que aspires a convertirte en el mejor esgrimidor, púgil o jinete de Inglaterra, sino sólo que aspires a ser lo mejor que puedas. Dime, ¿cuál es tu comida favorita? ¿La que más te gusta?

El chico pareció confundido ante el repentino cambio de tema, pero respondió:

– Las tortitas recién horneadas con mermelada de fresa que prepara la cocinera.

– ¿Cómo sabes que son tus favoritas?

– Porque las he probado… -Su voz se apagó en cuanto la comprensión le iluminó los ojos.

– Exacto. No habrías descubierto tu comida favorita si no la hubieras probado. Yo no sabría que podía hacer morder el polvo a esos rufianes si no lo hubiera intentado. Si no hubiera querido hacerlo. Si no hubiera tenido la suficiente determinación. Lo único que te impide hacer las cosas que quieres hacer eres tú mismo, Spencer. Pensar que no puedes.

Una desconsoladora combinación de duda, confusión y esperanza se encendió en sus ojos.

– ¿Usted cree que puedo?

– Sé que puedes.

– ¿Me enseñaría?

– Sólo tienes que pedírmelo.

– Pero… ¿ y si fracaso?

– Sólo puedes fracasar si no lo intentas. Si no das ese primer paso, nunca sabrás hasta dónde puedes llegar. Si al menos haces el intento, ya habrás triunfado.

– ¿También son de su padre esas sabias palabras?

– No. Estas son lecciones ganadas a pulso que tuve que aprender por mí mismo. Lecciones que nadie se ofreció a enseñarme.

– Como usted se está ofreciendo a enseñármelas a mí.

– Sí.

Spencer frunció el ceño y volvió a tirarse de la manga, presa de un claro debate interno. Por fin, dijo:

– A mamá no va a gustarle. Tendrá miedo de que me haga daño. -Una sombra roja le tiñó las mejillas-. Lo cierto es que quizá a mí también me dé un poco de miedo.

– Iremos muy despacio. En gran medida es una cuestión de equilibrio, y tengo un montón de ideas que pueden ayudarte con eso. Y si, en cualquier momento, quieres poner fin a las lecciones, así lo haremos.

El chico inspiró hondo y luego irguió la columna. A Andrew se le caldeó el corazón al ver la mezcla de decisión y de vacilante entusiasmo que brilló en sus ojos.

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