El Largo Camino A Casa
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «El Largo Camino A Casa». Краткое содержание книги:
La odisea de una niña maltratada que, una vez convertida en mujer, tiene valor para liberarse del pasado y tomar las riendas de su propio destino. Toda una lección de entereza, esperanza y amor.
7.-
Envuelta en la seguridad del convento de San Mateo, los siguientes cuatro años fueron tranquilos para Gabriella. Continuó sus estudios con las monjas. Julie se hizo novicia y su hermana Natalie ingresó en la universidad con una beca. Para entonces no sólo estaba fascinada con Elvis, sino pedidamente enamorada de los Beatles. Escribía con frecuencia a las hermanas. Era feliz, salía con chicos y hacía casi todas las cosas con que había soñado durante su vida en el convento.
Para entonces San Mateo contaba con dos nuevas pupilas, dos niñas de Laos enviadas por una hermana misionera. Aunque Gabriella les llevaba bastante edad, compartía el cuarto con ellas como había hecho con Natalie y Julie.
Gabriella no había tenido noticias de su madre durante esos cuatro años, pero todavía pensaba en ella, y también en su padre. Ignoraba qué había sido de él desde su traslado a Boston y sus planes de casarse con una mujer que tenía dos hijas, y no había forma de averiguarlo. Sabía que su madre todavía vivía en San Francisco. La madre Gregoria recibía cada mes un talón de la señora Harrison para costear la manutención de su hija, pero jamás lo acompañaba con una carta o una nota donde se interesara por Gabriella. Tampoco le enviaba tarjetas ni regalos de Navidad o de cumpleaños. La vida de Gabriella giraba ahora en torno al convento y todas las monjas la querían. Trabajaba más que cualquiera, fregaba suelos y lavabos, hacía tareas que muchas hermanas se habrían negado a realizar. Y era brillante en sus estudios. Seguía escribiendo relatos y poemas y sus maestras coincidían en que poseía un gran talento como escritora.
Todavía dormía en un extremo de la cama, todavía sufría frecuentes pesadillas, pero nunca hablaba de ellas. Y la madre Gregoria seguía observándola, preocupada. El dolor en la mirada había disminuido y Gabriella estaba cada día más bonita, aunque ella no se daba cuenta y le traía sin cuidado su aspecto. Vivía en un mundo sin vanidad. En el convento no había espejos y Gabriella vestía las ropas que las nuevas postulantes cedían tras su ingreso. Siguiendo el objetivo que se había fijado a los diez años, llevaba una vida de sacrificio y de servicio a los demás. Pero todavía insistía, cuando se tocaba el tema, en que no tenía vocación. En opinión de Gabriella, Julie y las chicas que llegaban al convento estaban convencidas de su vocación, mientras que ella sólo veía en sí misma defectos, debilidades y errores. En realidad era mucho más humilde que las postulantes que tanto alardeaban de su vocación. Y la madre Gregoria se esforzaba año tras año por hacérselo ver. Pero Gabriella se empeñaba tanto en negar sus virtudes y señalar sus imperfecciones que era incapaz de imaginarse como monja del convento de San Mate, si bien tampoco podía verse fuera de él. La suya era una vida de completo aislamiento envuelta por el amor y la protección de las monjas.
– Supongo que me quedaré aquí fregando suelos el resto de mi vida -bromeó con la hermana Lizzie cuando cumplió quince años-. Nadie más quiere hacerlo y a mí me gusta. Me da tiempo para pensar en mi siguiente relato.
– Podrías seguir escribiendo aunque ingresaras en la orden, Gabbie -le decía Lizzie, como hacían la demás.
Todas eran conscientes de la intensa vocación de Gabriella salvo ella misma. y la mayoría de las veces se limitaban a sonreír y a ignorar sus bobadas. Sabían que con el tiempo oiría la llamada. No podía ser de otra manera, y entretanto maduraría.
Poco antes de cumplir los dieciséis años terminó sus estudios de bachillerato y aunque a sus profesoras les apenaba desprenderse de ella, había llegado la hora de enviarla a la universidad. Gabriella insistía en que no quería ir. Era feliz allí, con las hermanas, haciendo pequeñas tareas y recados y teniendo detalles de los que nunca alardeaba. Pero con su talento para escribir, la madre Gregoria estaba decidida a no permitir que descuidara su educación. Las conmovedoras historias que escribía eran fruto de un don, una percepción y una intuición extraordinarias. Estaban cargadas de dramatismo y de una ternura desgarradora, pero también de fuerza. Poseía el estilo de una persona de mayor edad, y nada tenía que ver con el de alguien que había pasado su adolescencia en un convento.
– ¿Y qué vamos a hacer con la universidad? -preguntó la madre Gregoria el día que Gabriella cumplió dieciséis años y después de haber hablado del asunto con sus profesoras.
Todas coincidían en que Gabriella estaba totalmente preparada para la universidad y sería un pecado no enviarla.
– Ignorarla -respondió Gabriella con firmeza.
No tenía interés en volver al mundo exterior que tanto daño le había hecho y que todavía la aterraba. No quería abandonar el cielo protector del convento de San Mateo. Las hermanas la comparaban en broma con las monjas ancianas que protestaban cada vez que tenían que salir del convento para ir al médico o al dentista. Las más jóvenes todavía disfrutaban yendo a la biblioteca, a casa de sus familiares o al cine. Pero Gabbie no. Ella prefería sentarse a escribir relatos.
– No estamos aquí para escapar del mundo, Gabriella -le dijo la madre Gregoria-, sino para servir a Dios con nuestros talentos. Para ofrecerlos a un mundo que los necesita y no para negárselos por temor a salir del convento. Piensa en las hermanas que trabajan en el hospital Mercy. ¿Qué ocurriría si decidieran encerrarse aquí porque les asusta cuidar a los pacientes varones? La nuestra no es una vida de cobardía, sino de servicio.
La monja tropezó con una mirada llena de pánico y reticencia. Gabriella no tenía intención de dejar el convento para ir a la universidad. A estas alturas Natalie ya era una estudiante avanzada en Ithaca, pero ni el entusiasmo de sus cartas ni la posibilidad de reunirse con ella conseguían hacerla cambiar de parecer.
– No pienso ir -era la primera vez que desafiaba a la madre superiora.
– No tienes elección -repuso la monja. No quería obligarla, pero si ése era el único modo de conseguirlo, estaba dispuesta a utilizarlo-. Formas parte de esta comunidad y harás lo que yo te diga. Aún eres demasiado joven para tomar esta clase de decisiones. Estás cometiendo un terrible error.
Molesta por la terquedad de Gabriella, dio por zanjado el asunto. La madre Gregoria sabía que a la joven le daba pánico volver al mundo exterior, pero no dejaría que el miedo la venciera. Gabriella, por su parte, se daba cuenta de que su actitud no era saludable, pero no pensaba ceder ni un centímetro. Allí se sentía segura. No quería formar parte del mundo. Con dieciséis años, se había apartado de él espiritual y físicamente, y estaba decidida a seguir como reclusa del convento de San Mateo.
La madre Gregoria ordenó a las profesoras que solicitaran el ingreso en Columbia. Conseguir que Gabriella rellenara el formulario fue una auténtica batalla, pero al final lo hizo entre protestas y juramentos de que no iría. Naturalmente, fue aceptada, y con una beca completa, hecho que alegró a todas menos a ella. Habían elegido la Universidad de Columbia no sólo por su prestigio, sino porque así podría asistir a las clases y seguir viviendo en el convento.