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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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– Hemos venido a matarlos, padre.

Marcel Dumond no dijo nada. Iba a pasarse -como era su costumbre- la mano por el mentón, donde le picaba una barba que punteaba ya, cuando su rostro se contrajo y una exclamación ahogada de dolor escapó de sus labios.

Brandley, que no había bajado la mirada como su compañero, vio entonces el destrozo horrible que el perro había hecho en aquella mano.

– ¡Pero si está usted herido! -exclamó.

El otro soldado levantó la cabeza y no pudo contener un sordo juramento.

– ¡Maldita la perra que te parió, maldito perro! ¡Pero si le ha destrozado la mano…!

Luego, dándose cuenta de que había metido la pata hasta el fondo, se llevó la mano a los labios, volviéndose precipitadamente hacia su compañero.

– ¡Lleva en seguida al padre para que lo curen!

– Sí, creo que es lo mejor…

– Yo me quedaré aquí. Di al teniente que volveré pronto.

– Bien. Vamos, padre…

Marcel echó a andar tras Nick.

Mathew les siguió con la mirada, todavía impresionado por la mano del sacerdote. Cuando las dos siluetas se fundieron en la negrura de la noche, el soldado se volvió, dando una formidable patada al cuerpo del gran danés.

– ¡Bestia! -gruñó.

Echó a andar, justo en el momento en que los ladridos volvían a brotar por doquier.

Y empezó la matanza.

Durante horas, en el silencio de la llanura belga no se oyó más que el estampido del fusil de Blow.

Y junto a los otros ingleses, echado en el suelo, con la mano vendada, un francés, con los ojos abiertos, rezaba. No podía evitarlo, y se estremecía cada vez que, a lo lejos, sonaban los disparos de Mathew.

Al otro extremo del pequeño campamento, Nick contaba, por enésima vez, lo que había ocurrido en el pueblo.

– Os aseguro que no se quejó ni un solo momento. Y cuando vi su mano, me quedé helado de espanto…

WC le escuchaba, sin cansarse nunca.

Echado en el suelo, con la cabeza apoyada en su macuto, John Wilkie fumaba un cigarrillo.

Bruscamente, se incorporó a medias y dijo:

– ¡Yo no sé para qué diablos envían curas al frente!

Winston le fulminó con la mirada.

– ¡No seas animal! Si algo malo me ocurriese y tuviera que morir, me gustaría tener a alguien como el pater a mi lado.

Wilkie se echó a reír.

– Yo preferiría un buen médico… ¡Han pasado ya los tiempos de los magos!

– ¡Lo que ocurre es que eres un incrédulo! -afirmó Winston.

– ¡Y tú un idiota! Esos franceses, a mi juicio, deberían haber peleado con más redaños, en vez de llevarse los curitas al frente. ¡Creedme, amigos! Si estamos con la mierda hasta el cuello es por culpa de los franchutes.

Nick no pudo contenerse más.

– ¡No dirás que nosotros hemos peleado mucho!

– Por su culpa… Ni siquiera nos han dejado luchar.

De vez en cuando, el estampido de los disparos llegaba hasta ellos.

– ¡Pobres animales! -suspiró Williams.

– Lo que hace Blow -repuso John, sonriente- es, más humano que otra cosa… esos bichos estaban sufriendo. Nadie podía atenderlos. ¿No es mejor matarles?

– ¡Es una bestialidad!

– ¡Ta, ta, ta! Ahora va a resultar que vosotros, los morales, dais más importancia a la vida de un animal que a la de un ser humano…

Volvió a echarse cuan largo era.

– ¡Lo que hay que oír en este puñetero mundo! -gruñó-. Gente que expone la vida por un bicho cualquiera, otros que se lamentan porque están matando unos cuantos perros… Me recordáis a una vieja hipócrita que vivía cerca de mi casa…

Hizo una pausa. Y, sin dejar de sonreír, agregó:

– La muy puerca me echó una bronca, cuando fui de permiso, por pegar una patada a un perro que estaba meando en el portal de mi casa… Y no pensaba, la muy… que yo iba a luchar para que ella siguiese viva… Bueno, voy a intentar dormir un poco. Porque, aunque os parezca un chiste, ésta es una verdadera noche de perros…

Segunda Parte

Los buitres

«Cuando las cosas mueren y se corrompen, llegan ellos. No es necesario, no obstante, que la muerte los preceda; al menos a cierta clase de buitres.

Basta que se pudra algo, que huela a corrompido, que se desintegre esa cosa de la que los humanos están tan orgullosos: su alma.

Porque, en contra de lo que muchos piensan, no hay nada que huela tan mal como un alma podrida. Huele a leguas de distancia. Y lo contamina todo.

Es como una lepra interna que va consumiendo lo único que vale la pena en los humanos. Se les pudre la bondad, se les cancera el amor, se les corrompe la amistad, se les llenan de pus los sentimientos.

¡Y cómo huelen entonces!

En cuanto empiezan a oler, los buitres levantan su vuelo. Poco importa que sean pájaros de acero, porque quienes los pilotan están también podridos hasta el tuétano.

Y como buitres caen, desde la altura, buscando afanosamente su presa, atraídos por la corrupción y por ella movidos…

¡Por eso, cuando el purulento absceso de Dunkerque empezó a oler, llegaron ellos… “los buitres”.»

I

Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano. Luego miró a Tom Lister que, sentado sobre la plataforma giratoria del cañón, introducía los proyectiles de obús en los largos peines.

– ¿Todavía no ha vuelto el general? -inquirió Pat con un tono burlón en la voz.

Lister levantó la cabeza y sonrió a su amigo. Después hizo un vago gesto hacia la proa del barco.

– Sigue allí, hablando con ese oficial.

O’Hara miró hacia allá, distinguiendo en seguida la silueta de Edward, junto a la del marino. Ambos fumaban, apoyados en la barandilla del buque.

– A éste voy a tener que decirle dos palabras en serio…

Tom se encogió de hombros.

– ¿Para qué enfadarse? Después de todo, no le hemos dicho nada y hemos aceptado desde el principio, tácitamente, que fuera él quien mandase. Además, es el jefe de la pieza, el artillero…

– ¡Y también un hijo de su madre! Debió quedarse descansada, la pobre señora…

– No digas eso.

– ¿Y qué quieres que diga? Llevo dos horas subiendo proyectiles de obús y tengo los brazos dormidos. Tú también debes estar cansado, llenando los peines sin parar…

– Yo no me quejo, Pat…

– …porque eres un gilipuertas, Tom. Si le dejamos hacer, si no le paramos los pies, ¡estamos arreglados!

– Podemos decírselo, cuando venga, pero sin necesidad de armar camorra.

O’Hara escupió desdeñosamente en el suelo.

– Perderás el tiempo, chico… A ese tipo no se le puede hablar por las buenas… Hay que ir directamente al grano, y ponerle los puntos sobre las íes.

– Entonces, díselo tú…

Pat se sentó junto al otro.

– ¡Claro que se lo diré! No vayas a creer que le tengo miedo…

– Yo no he dicho nada.

– Lo sé. Con esa clase de niños yo me limpio lo que tú sabes. Ya lo verás…

Sacó un cigarrillo de un paquete arrugado y lo encendió, con una mano que temblaba. Estaba furioso, y hubiese dado cualquier cosa porque Edward llegase en aquel mismo momento.

Pero en la proa del HMS London, Waddell no tenía prisa alguna por regresar al cañón. Estaba encantado al haber encontrado a un auditor excepcional en la persona del oficial de máquinas H. S. Curter.

– Parece el argumento de una novela, amigo -le dijo Curter.

– ¿Verdad que sí?

– Desde luego. Esa joven debe tener una imaginación portentosa.

– ¡Es encantadora! Me gustaría que usted la conociera, señor. Yo sé -y bajó la mirada en un gesto de falsa modestia- que Clara me ha preferido siempre. ¡Lo que ha debido sufrir, la pobre, para no decírselo claramente a Nick!

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