Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]
- Автор: Андерсон Пол Уильям
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: EDAF
- ISBN: 84-7640-448-4
- Переводчик: Rafael Lassaletta Cano
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Tres corazones y tres leones [Three Hearts and Three Lions - es]». Краткое содержание книги:
¿Pero entonces quién ganó esta pelea?
Alianora se inclinó sobre la forma caída.
—No sangra —dijo con voz áspera—. Pero aun así está muerto, pues los fariseos no pueden soportar el contacto del hierro frío.
Holger recuperó el aliento. Su mente comenzó a aclararse. Vio sus errores; sí, debería haber permanecido montado y utilizar su caballo como arma secundaria. Lo haría mejor la próxima vez. Brevemente se preguntó lo que utilizarían en lugar del acero los habitantes de Faerie —fariseos—, como parecían llamarse, sin duda porque una población humana y letrada había confundido sus referencias bíblicas. ¿Aleaciones de aluminio? Seguramente la magia podría servir para extraer aluminio de la bauxita, berilio, magnesio, cobre, níquel, cromo, manganeso…
Aunque sin duda era cierto, la idea de un mago con un espectroscopio le resultó lo bastante divertida como para recuperar el equilibrio. Sorprendió a sus camaradas al echarse a reír a carcajadas.
—Pues bien —dijo, sorprendiéndose él mismo un poco de su propia crueldad—. Veamos lo que hemos conseguido.
Se arrodilló y abrió la visera. El vacío se le quedó mirando. La armadura estaba hueca. Debió estarlo todo el tiempo.
7
Faerie parecía una selva, con colinas, bosques y valles sin cultivar. Holger preguntó a Hugi, que se sentía muy acobardado, que de qué vivían sus habitantes. El enano le explicó que obtenían con magia una parte de la comida y la bebida, otra parte de los reinos del Mundo Medio que le eran tributarios, y que también cazaban algo de los animales fantásticos que merodeaban por sus dominios. Todos ellos parecían ser guerreros y brujos, dejando que hicieran el trabajo físico los esclavos que habían tomado de los goblins, kobolds y otras tribus atrasadas. El interrogatorio de Holger reveló que los fariseos desconocían la vejez y la enfermedad, y también que carecían de alma. Holger pensó que no serían la compañía más agradable que pudiera imaginarse.
Intentando encontrar una base mental sólida, y olvidándose de la armadura hueca que yacía en el campo de asfódelos, comenzó a teorizar. Sólo tenía un conocimiento preciso de la física y las matemáticas, pero era capaz de realizar algunas conjeturas inteligentes. ¡Este mundo debía tener una explicación racional!
Tanto las similaridades con su hogar, como las constelaciones, como las diferencias, tales como las que ahora le rodeaban, descartaban la posibilidad de que fuera otro planeta en el espacio. Es decir, en el mismo espacio que el suyo. Las leyes ordinarias de la naturaleza, como la gravedad y la combinación química, parecían funcionar; pero era evidente que aquí existían cláusulas que permitían… bueno, la magia. Resultaba concebible que la magia no fuera más que un control mental directo de la materia. Incluso en el mundo del que procedía había personas que creían en la telepatía, telequinesis, etc. Quizá en este mundo, bajo ciertas condiciones, las fuerzas mentales pudieran ser más poderosas que las inorgánicas… Cuando sus pensamientos le llevaron hasta ese punto, se dio cuenta de que no estaba en parte alguna, sino que simplemente había dado un nombre diferente a la misma serie de fenómenos.
Pues bien, sea como sea, ¿dónde estaba? ¿O sería mejor preguntar cuándo estaba? ¿En otra Tierra? Quizá dos objetos pudieron ocupar el mismo espacio al mismo tiempo sin que se produjeran relaciones entre uno y otro. Lo que significaba que podían hacerlo dos universos llenos de estrellas. O un número cualquiera de universos. Había caído en uno de ellos: con un paralelismo tan grande con respecto al suyo, a pesar de las diferencias, que tenía que existir alguna vinculación entre ellos. ¿Pero cómo?
Suspiró y abandonó. Ocuparse primero de lo primero. Ahora mismo tenía que mantenerse vivo en una tierra en la que muchos seres buscaban a uno que llevaba los tres corazones y los tres leones.
En la luz crepuscular fue apareciendo lentamente el castillo. Los muros se elevaban hasta una altura de vértigo, los tejados eran todo cumbres y ángulos, rematados en elevadísimas y delgadas torres: era de una belleza salvaje, como la del hielo en un bosque invernal. La piedra blanca parecía estar hecha como un encaje, y ser tan frágil que el aliento podría deshacerla, pero al acercarse Holger pudo ver lo enormes que eran los muros. Un foso rodeaba la colina sobre la que se erguía el castillo, y aunque ningún río vaciaba allí sus aguas, el agua daba vueltas interminablemente resonando como campanillas.
No lejos de allí había otra colina cubierta de rosas, medio oculta en las corrientes de niebla, pero que parecía tener la forma del pecho de una mujer. Hugi señaló hacia ella.
—Allí está la Colina del Elfo —dijo en voz muy baja—. Allí dentro, los elfos celebran sus fiestas desconocidas y salen para bailar en las noches iluminadas por la luna.
Al fondo había un bosque tan oscuro que Holger apenas si podía ver los árboles que se extendían hacia el norte, el sur y el este.
—Allí en Mirkwood los señores de los fariseos cazan grifos y manticoras —susurró Hugi.
Desde el castillo, lejano y frío, resonó una trompeta, cuyo sonido se parecía al de las aguas al precipitarse. Ya nos han visto, pensó Holger. Dejó caer una mano hacia su espada. Alianora, aleteando, bajó junto a él adoptando su forma humana. Tenía una expresión grave.
—Tú y Hugi… —se detuvo para aclararse la garganta—. Me habéis guiado hasta aquí, y os lo agradezco mil veces. Pero ahora sería mejor que os fuerais.
Alianora se le quedó mirando un momento.
—Nanay —dijo enseguida—. Creo que nos quedaremos un rato. A lo mejor podemos ayudar.
—No soy nadie para vos —dijo con voz vacilante—. Nada me debéis y yo os debo más de lo que podré pagaros nunca.
Los ojos grises permanecieron serios.
—Se me viene a la mente que sois algo más que nadie, aunque vos no lo sepáis —murmuró ella—. Tengo una sensación sobre vos, sir Holger. Así que por lo menos yo me quedaré.
—Pues bien —exclamó Hugi con voz ampulosa, aunque no demasiado feliz—. No pensaréis que voy a volverme como un cobarde ahora, ¿no?
Holger no les presionó. Había cumplido con su deber al ofrecerles una excusa para que se fueran; ¡y por Dios que se alegraba de que no la hubieran aprovechado!
Se abrieron las puertas del castillo y, sin hacer ruido, descendió un puente levadizo. Las trompetas volvieron a sonar. Salieron a recibirle unos jinetes con estandarte y blasón, penacho de plumas y lanza. Holger tiró de las riendas y esperó, sujetando fuertemente con la mano la lanza. Así que éstos eran los señores de Faerie.
Iban vestidos con unos colores que parecían luminosos sobre el fondo crepuscular, carmesíes, dorados, morados y verdes, pero el tono de cada prenda brillaba, destellaba y cambiaba de un momento al siguiente. Algunos llevaban cota de malla, o placas metálicas plateadas elaboradamente formadas; otros llevaban túnicas y coronas. Eran altos y se movían con una gracia líquida que ningún ser humano podría repetir, ni siquiera un felino. Una arrogancia fría era la nota predominante de sus rasgos, extrañamente modelados, de pómulos altos, narices extendidas hacia los lados y barbilla estrecha. Eran de piel blanca, de cabellos largos y finos color azul plateado, la mayoría de los hombres imberbes. Cuando se acercaron lo suficiente, Holger pensó al principio que eran ciegos, pues sus ojos oblicuos mostraban un vacío azulado. Pero pronto se dio cuenta de que la vista de estos era mejor que la suya. El jefe se detuvo e hizo una pequeña reverencia desde el estribo.
—Bienvenido, señor caballero —dijo. Era agradable escuchar su voz, pues se parecía más a la del canto que a la del habla—. Soy Alfric, duque de Alfarland en el reino de Faerie. No es frecuente que los mortales vengan a saludarnos.