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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¡Claro que a Gades! -contestó Metelo Pío, cogiéndole por los hombros y zarandeándole-. ¡Vamos, muchacho, a la sombra! No quiero que nadie coja una insolación, que os necesito a todos. ¿No te apetece un largo viaje por mar para huir de este calor?

– ¿Un largo viaje? ¿A dónde?

– A Cartago Nova, en socorro de Cayo Memmio.

– ¡Padre, desde luego no cabe duda de que eres genial!

Y eso, pensó el Meneitos mientras conducía a su hijo a la sombra de la tienda de mando, era tan emocionante como escuchar los gritos y vítores de «¡Imperator!» con que le había saludado el ejército al término de la batalla. ¡Lo había conseguido! Había infligido una derrota al mejor general de Quinto Sertorio.

La flota que zarpó de Gades era grande y perfectamente escoltada por todos los navíos de guerra que el gobernador pudo reunir; los mercantes iban cargados de trigo, aceite, pescado y carne en salazón, garbanzos, vino y hasta sal. Todo lo necesario para asegurar el abastecimiento de Cartago Nova, cercada por los contestanos por tierra y bloqueada por los piratas por mar.

Después de aprovisionar a Cartago Nova, Metelo Pío embarcó la legión de Cayo Memmio en los mercantes vacíos y zarpó para seguir tranquilamente hacia el norte por la costa este de Hispania Citerior, complacido al ver que el barco pirata con que se tropezaron huía a toda vela. Los piratas habrían derrotado a Cayo Cotta en una batalla naval varios años atrás en aquellas mismas aguas, pero rehuían al Meneitos.

Él iba, naturalmente, como buen noble romano que era, a entregar a Pompeyo en Emporiae la legión de Cayo Memmio; y también iba a jactarse un poquito y a mostrarse algo apesadumbrado por el desastroso verano bélico de Pompeyo… Consideraba que se lo merecía por intentar arrebatarle la gloria.

Cuando, pasado ya el fuerte reducto pirata de Dianium, Metelo Pío mandó anclar los barcos en una ensenada tranquila para pasar la noche, vieron que se llegaba a ellos una barca de Dianium. Era Balbus el joven con muchas noticias.

– ¡Qué bien volver a hallarme entre amigos! -dijo en su curioso latín a Metelo Pío, Metelo Escipión y Cayo Memmio (aparte de su tío, que se alegró sobremanera de verle sano y salvo).

– Supongo que no pudiste entrar en contacto con mi colega Cneo Pompeyo -dijo Metelo Pío.

– No, Quinto Cecilio. No pude pasar de Dianium. Toda la costa desde la desembocadura del Sucro hasta el Tader está llena de tropas de Sertorio, y a mí se me nota que soy gaditano… me habrían capturado y torturado. Mientras que en Dianium hay muchos púnicos; así que pensé que sería mejor quedarme allí y enterarme de cuanto pudiera.

– ¿Y de qué te has enterado, Balbus?

– ¡De lo que me he enterado y lo que he visto! Algo muy interesante -dijo Balbus el joven con ojos brillantes-. No hará dos intervalos de mercado que llegó una escuadra; venía del Pontus y era del rey Mitrídates.

Los romanos, tensos, se inclinaron para oír mejor.

– Continúa -dijo Metelo Pío.

– En la capitana viajaban dos emisarios del rey, dos desertores romanos… creo que habían sido legados al mando de tropas de Fimbria, Lucio Magio y Lucio Fanio.

– Sus nombres estaban en las listas de proscritos de Sila -comentó Metelo Pío.

– Habían venido a ofrecer a Quinto Sertorio, que acudió en persona a hablar con ellos cuatro días después, tres mil talentos de oro y cuarenta grandes navíos de guerra.

– ¿A cambio de qué? -gruñó Cayo Memmio.

– A cambio de que, cuando Quinto Sertorio sea dictador de Roma, confirme a Mitrídates todos los territorios que posee y le permita expansionarse más.

– ¡Cuando Sertorio sea dictador de Roma! -dijo Metelo Escipión boquiabierto-. ¡ Eso no sucederá jamás!

– ¡Tranquilízate, hijo! Deja que prosiga el buen Balbus -terció el padre, reprimiendo su indignación.

– Quinto Sertorio aceptó la propuesta del rey con una condición: que la provincia de Asia y Cilicia siga siendo de Roma.

– ¿Y qué dijeron Magio y Fanio?

– Aceptaron, según mi informador. Supongo que se lo esperaban, porque Roma no quiere perder ninguna provincia. Aceptaron en nombre del rey, aunque dijeron que Mitrídates tendría que oírselo antes a ellos para dar su confirmación formal.

– ¿Y sigue fondeada en Dianium la flota póntica?

– No, Quinto Cecilio. Sólo estuvo nueve días y volvió a zarpar.

– ¿Y entregaron oro o barcos?

– Aún no. Lo harán en primavera. Sin embargo, Quinto Sertorio envió pruebas al rey de su buena fe…

– ¿Cuál?

– Ha regalado al rey una centuria completa de sus mejores tropas hispanas de guerrilla al mando de Marco Mario, un joven a quien aprecia mucho.

– ¿Quién es Marco Mario? -inquirió el Meneitos, frunciendo el ceño.

– Un hijo ilegítimo que tuvo Cayo Mario con una mujer de los beturios cuando era propraetor de la provincia Ulterior, hace cuarenta y ocho años.

– Pues no será tan joven ese Marco Mario -comentó Cayo Memmio.

– Cierto; perdonad que os lo haya hecho creer -respondió Balbus excusándose.

– ¡Por los dioses, hombre, no es ningún delito! -comentó el Meneitos, irónico-. Continúa, continúa.

– Pero Marco Mario no ha salido nunca de Hispania, y, aunque habla bien latín y ha recibido una buena educación, pues Cayo Mario le había dejado bien provisto, es un hombre inclinado a la causa de los bárbaros hispanos. De hecho, ha sido el mejor comandante de guerrillas de Quinto Sertorio, y esa clase de combate es su especialidad.

– Entonces, Sertorio le ha enviado para que enseñe a Mitrídates a tender emboscadas y hacer incursiones -dijo Metelo Escipión-. ¡Gracias, Sertorio!

– ¿Y será en Dianium donde entreguen el dinero y los barcos? -preguntó Metelo Pío.

– Sí, en primavera, como os he dicho.

Las sorprendentes noticias dieron que pensar y materia para escribir a Metelo Pío durante el resto del viaje hasta Emporiae. Nunca había llegado a imaginar que las ambiciones de Sertorio fuesen más allá de proclamarse rey romanizado de toda la Hispania, pues su causa le parecía exclusivamente vinculada a la de los nativos.

– Ahora creo -dijo a Pompeyo al llegar a Emporiae- que hay que tomarse más en serio a Quinto Sertorio. La conquista de Hispania no es más que su primer paso, y si tú y yo no le paramos los pies, va a llegar a Roma con la blanca diadema lista para ceñírsela. ¡ Rey de Roma! Y aliado de Mitrídates y Tigranes.

Después de aquellos comentarios previos, a Metelo Pío le fue imposible hurgar en las heridas del joven Pompeyo. Había mirado aquel rostro inexpresivo y aquellos ojos vacíos del joven Carnicero, llegando a la conclusión de que en vez de reprocharle sus torpezas tenía que ayudarle espiritual y mentalmente. Su padre el Numídico habría dicho que de todos modos su honor le exigía escarbar con el cuchillo, pero el hijo Pío había vivido demasiado tiempo a la sombra de su padre y abominaba tan enrarecido concepto del pundonor.

Con objeto de efectuar amplias composturas en el maltrecho amor propio de Pompeyo, el Meneitos tuvo el acierto de enviar a su engreído y poco diplomático hijo a la Galia narbonense con Aulo Gabinio para reclutar caballería y caballos; habló con Cayo Memmio para que le secundara y encomendó a Afranio y a Petreyo la reorganización del mermado ejército de Pompeyo. Durante varios días mantuvo toda conversación y pensamientos al margen de las campañas pasadas, satisfecho de que las noticias de Dianium dieran nuevo impulso a los acontecimientos.

Finalmente, casi ya en diciembre y dispuestos a regresar a su provincia, la vieja de la Hispania Ulterior se puso manos a la obra.

– No creo que sea necesario hablar de los acontecimientos pasados -dijo resueltamente-. Ahora tenemos que preocuparnos de las próximas campañas.

A Pompeyo siempre le había gustado bastante Metelo Pío, y ahora hasta le habría complacido que su colega le hubiese zaherido con su jactancia por el éxito, pues a él le habría servido para desdeñarle y detestarle, mientras que con aquella amabilidad y consideración se exacerbaba su amargura. Era evidente que el Meneitos no le consideraba lo bastante importante como para despreciarle; no era más que un simple tribuno militar joven que había fracasado en su primera misión, al que había que recoger, sacudir el polvo y montarle de nuevo en el caballo.

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