La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Hernando se detuvo en la entrada del salón. «Necesito que acudáis a la tienda del maestro Juan Marco a comprar…», pensó que podía decirle. «¿Necesito?» «Me gustaría…, os ruego…» ¿Por qué? ¿Qué le contestaría si le preguntaba el porqué? Seguro que lo haría. «Porque soy amigo del duque -podía contestarle-, le salvé la vida.» Se imaginó entonces obligado a repetir ese argumento delante de doña Lucía y lo descartó de inmediato. Don Sancho le había enseñado muchas cosas, pero ciertamente nunca llegó a darle ninguna lección acerca de cómo dirigirse a los criados con aquella autoridad de la que todos ellos hacían gala de manera natural. También pensó en acudir al hidalgo, pero éste no le dirigía la palabra tras su discusión sobre Isabel.
De repente se sintió observado. El camarero tenía la mirada clavada en él. ¿Cuánto tiempo llevaba parado bajo el quicio de la puerta?
– Buenos días, José -le saludó con una mueca que pretendía ser una sonrisa.
La criada dejó de barrer y se volvió extrañada. El camarero le contestó con una leve inclinación de cabeza y al instante devolvió su atención al maestro.
La sorpresa que se reflejó en el rostro de la muchacha le confundió y Hernando cejó en su propósito. Lo cierto era que poco se había prodigado en sus tratos durante los tres años pasados en palacio. Dio media vuelta y remoloneó por los patios del palacio hasta que vio pasar a la criada.
– Acércate -le pidió. A medida que la muchacha lo hacía, Hernando rebuscó en su bolsa-. Toma. -Le entregó una moneda de dos reales. La criada aceptó el dinero con recelo-. Quiero que vigiles al camarero y que me avises si sale del palacio por la noche. ¿Me has entendido?
– Sí, don Hernando.
– ¿Sale por las noches?
– Sólo si no está Su Excelencia.
– Bien. Tendrás otra moneda más cuando cumplas tu encargo. Me encontrarás en la biblioteca, después de cenar.
La muchacha asintió indicando que lo sabía.
Hernando salía a cabalgar todos los días. Procuraba levantarse temprano, antes que los hidalgos, que acostumbraban a hacerlo a media mañana, pero sobre todo trataba de evitar a doña Lucía. Llegó a la conclusión de que don Sancho le había contado a la duquesa sus amoríos con Isabel, puesto que del desdén que le mostraba, la mujer pasó a un odio que no podía disimular. En las pocas ocasiones en las que se encontraban en palacio, doña Lucía giraba el rostro, y a las horas de las comidas Hernando era sentado en el extremo más alejado de la mesa, casi sin acceso a los alimentos. Los hidalgos sonreían ante los esfuerzos del morisco por hacerse con algo de comida.
Así las cosas, desayunaba en abundancia y salía de Córdoba para perderse en las dehesas y disfrutar de la mañana. A menudo pasaba horas entre los toros, caminando a distancia, sin citarlos ni correrlos. El recuerdo de Azirat lanzándose sobre las astas de uno de ellos le perseguía; tampoco acudía a ver cómo los corrían los nobles en la ciudad. En otras ocasiones se cruzaba con los jinetes de las caballerizas reales y, con cierta nostalgia, los veía pelear con los potros de ese año. Después de comer se encerraba en la biblioteca. Tenía bastantes ocupaciones. Una era la de transcribir el evangelio de Bernabé, que había ido a buscar a casa de Arbasia; probablemente algún día tendría que compartir aquel descubrimiento y no estaba dispuesto a entregar el manuscrito. Leyó sus capítulos y preceptos en árabe, pero fue mientras los transcribía, cuando llegó a entender su verdadero significado. Ya en la anunciación, el ángel Gabriel no le dice a María que parirá a un ser divino, sino a alguien que indicará el camino. ¿Adónde?, se preguntó deteniendo la escritura. ¿A quién? Al verdadero Profeta, se contestó a sí mismo. Al igual que los musulmanes, ni Jesús ni su madre podían beber vino o comer cosas inmundas, y los ángeles no anunciaron a los pastores el nacimiento del Salvador, sino el de un Profeta más. En contra de los relatos de los evangelistas posteriores, Bernabé afirmaba que el propio Jesucristo, a quien llegó a conocer personalmente, nunca se llamó a sí mismo Dios o hijo de Dios, ni siquiera Mesías. No se consideraba más que un enviado de Dios que anunciaba la llegada del verdadero Profeta: Muhammad.
Otra de sus tareas consistía en preparar el memorial de los hechos acaecidos en Juviles para el arzobispado de Granada, que le recordó su compromiso haciéndole llegar la cédula especial a su nombre. Hernando no estaba dispuesto a traicionar a su pueblo, por más que así lo pensasen Abbas, sus adláteres o incluso su madre. Fue un morisco, el Zaguer, escribió, quien impidió la ejecución de todos los cristianos del pueblo; es más, si alguna matanza llegó a producirse realmente en Juviles, ésa no fue otra que la de más de mil mujeres y niños moriscos a manos de los soldados cristianos, añadió recordando con dolor la desesperada búsqueda de su madre y la casual salvación de Fátima y su pequeño Humam, entre los fogonazos y las humaredas de los arcabuces en la oscuridad de la plaza del pueblo.
Entre una y otra, asumiendo su compromiso, comunicándose mediante la inmensa red de arrieros moriscos, colaboraba con Castillo para el libro que versaba sobre don Rodrigo, el rey godo, que preparaba Luna. Su contribución consistía en proporcionar datos sobre la convivencia entre cristianos y musulmanes en la Córdoba califal. Se trataba de demostrar que en la época en que gobernaron los musulmanes, los cristianos, entonces llamados mozárabes, pudieron vivir en sus dominios y, lo que era más importante, practicar su fe dentro de una cierta tolerancia. Hernando llegó a comprobar que los mozárabes conservaron sus iglesias y sus templos, su organización eclesiástica y hasta su justicia. Por el contrario, ¿cuántas mezquitas quedaban en pie en las tierras del Rey Prudente? Los mozárabes no fueron obligados a convertirse; los moriscos, sí.
Aportó noticias sobre las iglesias de San Acisclo y San Zoilo, San Fausto, San Cipriano, San Ginés y Santa Eulalia; todas ellas quedaron en pie en el interior de la ciudad de Córdoba durante la dominación musulmana, si bien evitó hablar de la situación de sumisión en la que se encontraban los mozárabes -por lo menos podían seguir con sus creencias, arguyó para sí-, durante la terrible época del visir Almanzor.
Y si se cansaba de esas labores y deseaba disfrutar, se dedicaba al arte de la caligrafía. El tratado que encontró en el arcón junto al evangelio no era sino una copia de la obra Tipología de escribas, escrita por Ibn Muqla, el más grande de los que estuvieron al servicio de los califas de Bagdad. Entonces, al escribir, buscaba la perfección en el trazo y se sumía en un estado de espiritualidad sólo comparable a los momentos de oración.
– Has ofendido a Dios con tus imágenes de la palabra sagrada. -se recriminó un día en el silencio de la biblioteca, consciente de la imperfección de su escritura y de la falta de magia en los caracteres que en lugar de dibujar, garabateaba en los ejemplares del Corán que copiaba.
Necesitaba hacerse con cálamos y aprender a cortar su punta, larga y ligeramente inclinada a la derecha, como indicaba Ibn Muqla; las plumas cristianas no eran suficientes para servir a Dios. No le sería difícil encontrar cañas con que hacerlo, pensó.
Sin embargo, también necesitaba esconder su cada vez más prolífico trabajo, lo que le obligaba a visitas frecuentes a la torre del alminar. Aprovechaba para ello la oscuridad, temiendo ser visto, consciente de que el menor descuido podía arrastrar fatales consecuencias. En el doble fondo de la pared de la torre, en la misma arqueta que había encontrado, tenía escondida la mano de Fátima, que había sacado del tapiz cuando halló aquel escondrijo y el evangelio y su copia. Por lo que se refiere a sus ensayos de caligrafía, los iba destruyendo en el fuego para que no quedara ni rastro de ellos. Sólo dejó a la vista el memorial al cabildo de Granada, que no tardó en ser inspeccionado, puesto que el capellán de palacio se empezó a sumar a sus solitarios desayunos y a interesarse por la opinión de Hernando, tan contraria a la causa de los mártires alpujarreños.