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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¿No te pongo en un compromiso?

Don Pedro mudó el semblante.

– Todos tenemos compromisos, ¿no es cierto?

– Sí -aceptó Hernando.

– ¿Estarás en contacto con nosotros?

– No lo dudes.

50

¿Qué más reliquias deseáis que las que tenéis en aquellos montes? Tomad un puñado de tierra, exprimidla y verterá sangre de mártires.

El papa Pío IV al arzobispo de Granada,

Pedro Guerrero, que solicitaba

reliquias para la ciudad

Si a su regreso de Granada Hernando mantenía alguna esperanza de que la comunidad morisca de Córdoba hubiera suavizado su postura respecto a él, ésta se esfumó enseguida: gracias a la carta remitida a don Alfonso por el oidor, la noticia de su intervención en el estudio de los mártires cristianos de las Alpujarras le había precedido. La solicitud del arzobispado se comentó en la corte de mantenidos del duque y poco tardó en llegar a oídos de Abbas a través de los esclavos moriscos de palacio.

A los pocos días de su retorno, tras la insistencia de Hernando, su madre consintió en hablar con él. Se la veía envejecida y encorvada.

– Eres el hombre -le aclaró en un tono inexpresivo cuando Hernando acudió a la sedería-. La ley me exige obediencia, a pesar de mis deseos.

Se hallaban los dos en la calle, a unos pasos del establecimiento en el que trabajaba Aisha.

– Madre -casi suplicó Hernando-, no es tu obediencia lo que busco.

– Has sido tú quien ha logrado que me aumentaran el jornal, ¿no? El maestro no ha querido darme explicaciones. -Aisha hizo un gesto hacia la puerta. Hernando se volvió y vio al tejedor, que le saludó en la distancia y se mantuvo en la puerta, observándolos, como si esperara para hablar con él.

– ¿Por qué no podemos recuperar nuestra…?

– Tengo entendido que ahora trabajas para el arzobispo de Granada -le interrumpió Aisha-. ¿Es eso cierto? -Hernando titubeó. ¿Cómo podían saberlo con tanta celeridad?-. Dicen que ahora te dedicas a traicionar a tus hermanos alpujarreños…

– ¡No! -protestó él, con el rostro enrojecido.

– ¿Trabajas para los papaces o no?

– Sí, pero no es lo que parece. -Hernando calló. Don Pedro y los traductores le habían exigido secreto absoluto acerca de su proyecto y él lo había jurado por Alá-. Confía en mí, madre -le rogó.

– ¿Cómo quieres que lo haga? ¡Ya nadie confía en ti! -Los dos quedaron en silencio. Hernando deseaba abrazarla. Alargó una mano con la intención de rozarla, pero Aisha se apartó-. ¿Deseas algo más de mí, hijo?

¿Por qué no contárselo todo?

«Jamás a una mujer! -casi había gritado don Pedro después de que él plantease la posibilidad de confiar en su madre-. Hablan. No hacen más que parlotear sin comedimiento. Aunque sea tu madre.» Luego le había obligado a jurarlo.

– La paz sea contigo, madre -cedió, y retiró la mano.

Con un nudo en la garganta, la vio alejarse calle abajo, muy despacio. Luego carraspeó y se dirigió donde todavía lo esperaba el maestro tejedor, quien tras intercambiar los saludos de rigor, le exigió que cumpliera su palabra: la casa del duque debía comprarle mercadería.

– Te prometí interceder para que el duque se interesara en tus productos -le contestó Hernando-. Que compre o no ya no dependerá de mí.

– Si vienen, comprarán -asintió, señalando el interior de su tienda.

Hernando echó un vistazo: se trataba de un buen establecimiento. La luz, como era obligado, entraba a raudales por las ventanas abiertas, carentes de toldos o telas que las cubriesen, para que los compradores apreciaran con claridad las mercaderías; las piezas de terciopelo, raso o damasco se exponían al público sin ningún reclamo o trampa que pudiera inducir a error.

– Estoy seguro de ello -afirmó Hernando-. Te agradezco lo que has hecho por mi madre. Tan pronto como vea al duque…

– Tu señor -le interrumpió el tejedor- puede tardar meses en volver a Córdoba.

– No es mi señor.

– Díselo a la duquesa entonces. -La expresión de Hernando fue suficiente como para que el maestro frunciera el ceño-. Hicimos un trato. Yo he cumplido. Cumple tú -exigió.

– Lo haré.

¿Cómo no iba a cumplir?, se planteó tan pronto como dio la espalda al tejedor. Su madre no admitiría un real de su mano. No podía consentir que ella viviera en la pobreza mientras él disponía de una cuantiosa asignación. Era lo único que le quedaba, aunque lo rechazase. Algún día podría decirle la verdad, trató de animarse mientras andaba por delante de los poyos adosados a la pared ciega del convento de San Pablo. El cadáver de una mujer joven encontrado en los campos por los hermanos de la Misericordia, rodeado por un grupo de niños que lo contemplaban boquiabierto, le recordó la época en que día tras día acudía allí, conteniendo la respiración, a la espera de ver expuesto al público el cuerpo de Fátima o el de alguno de sus hijos.

Fátima había vuelto a su recuerdo con una fuerza inusitada. Días atrás, al abandonar Granada, en la vega, Hernando hizo un alto y volvió grupa para contemplar la ciudad de los reyes nazaríes. Allí quedaba Isabel. Sin embargo, aquellas nubes que se abrían por encima de la sierra y de cuyas caprichosas formas y colores tantas predicciones extraían los ancianos le mostraron el rostro de Fátima.

Alguien, quizá don Sancho, había hecho ruido a sus espaldas, como llamándole la atención para que continuaran el camino; el hidalgo se mostraba seco y distante con él. Hernando no se volvió, la vista puesta en esa nube que parecía sonreírle.

– Id vosotros. Ya os daré alcance -les dijo.

Habían transcurrido tres años desde que Ubaid había asesinado a Fátima y los niños, pensó Hernando. Acababa de conocer a otra mujer con la que había intentado alcanzar ese mismo cielo que se abría por encima de la nube, pero era Fátima quien se le presentaba, como si Isabel, en aquella Granada que casi podía tocar, le hubiera liberado y permitido abrir las puertas de un sentimiento que mantenía encerrado dentro de sí. Tres años. Hernando no lloró como lo había hecho tras la muerte de su esposa; ni las lágrimas ni el dolor vinieron a empañar las risas de ella, las dulces palabras de Inés o los delatores ojos azules de Francisco. Miró a la nube y siguió su recorrido en el cielo hasta que ésta se enredó con otra. Luego palmeó al caballo en el cuello y le obligó a volverse. El hidalgo y los criados se habían alejado. Pensó en azuzar a Volador para alcanzarles, pero prefirió seguirlos en la distancia, al paso.

El camarero del duque de Monterreal se llamaba José Caro y tenía cerca de cuarenta años, diez más que Hernando. Se trataba de un hombre estirado, serio y extremadamente escrupuloso en sus cometidos, como correspondía a una persona que había servido ya como paje al padre de don Alfonso, siendo sólo un niño. El camarero, a quien la jerarquía situaba sólo por debajo del capellán y del secretario, se hallaba al cuidado del guardarropa y demás atavíos y efectos personales del duque, amén de todo lo correspondiente al ornato y mantenimiento del palacio. José Caro era la persona a la que tenía que convencer para que se interesase en las sedas del maestro, pero durante los tres años que llevaba viviendo en el palacio ni siquiera había cruzado una docena de palabras con él.

Una tarde, Hernando lo vio en uno de los salones, impecablemente vestido con su librea, vigilando a un maestro carpintero que arreglaba un aparador desportillado. A su lado, una joven criada barría el serrín del cepillado antes incluso de que llegara a tocar el suelo.

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