El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Le llevó bastante tiempo; obviamente, a él le producía dolor moverse y Hester se armó de paciencia para ir trabajando a su alrededor, alisando y tensando, enrollando y desdoblando las telas blancas, hasta que por fin tuvo la cama hecha y Rhys se tendió exhausto. Aunque la cosa no acababa ahí, pues era preciso cambiarle la camisa de dormir. La que llevaba puesta no sólo estaba empapada en sudor sino manchada de sangre. Hester anhelaba cambiarle también los apósitos de las heridas mayores para asegurarse de que estuvieran convenientemente tapadas, pero el doctor Wade le había prohibido que las tocara, por si al retirar la gasa desgarraba el tejido en vías de recuperación.
Mostró a Rhys la camisa de dormir limpia.
Él la miró fijamente durante unos instantes. De pronto, sus ojos volvían a estar a la defensiva, todo asomo de confianza se había esfumado. Inconscientemente, se había parapetado detrás de las almohadas en las que se apoyaba.
Hester extendió la colcha más fina cubriéndolo de la cintura a los pies. Le dedicó una leve sonrisa y Rhys, no sin cautela y prevención, permitió que le quitara la camisa de dormir por la cabeza. Al levantar los brazos le dolieron los hombros, pero apretó los dientes con coraje y no titubeó. Hester le puso la camisa limpia y, metiendo las manos con sumo cuidado por debajo de la colcha, se las arregló para cubrirlo. Volvió a alisar las sábanas y mantas con esmero y sólo entonces se dio por satisfecha.
Añadió carbón al fuego, se sentó en el silloncito y se dispuso a esperar a que Rhys se durmiera.
Por la mañana se sintió cansada y entumecida. Por más veces que lo hiciera, jamás se acostumbraría a dormir sentada.
Refirió el incidente a Sylvestra, aunque resumido, ahorrándole los horrores del dolor que había presenciado. Si lo hizo, fue sólo para asegurarse de que el doctor Wade en efecto iría a visitar a Rhys, y no pensara que, como parecía estar recuperándose, otros pacientes le necesitaban más.
– Debo ir a verle -contestó Sylvestra muy decidida, con el rostro crispado por la angustia-. Me siento tan… ¡inútil! ¡No sé qué decir o hacer para ayudarle! ¡Ni siquiera sé lo que le ocurrió! -Miró fijamente a Hester como si creyera que ésta iba a darle una respuesta.
Pero nunca había una respuesta, ni para Rhys, ni para todos aquellos muchachos que habían presenciado más atrocidades de las que podían soportar, excepto que el tiempo y el amor pueden curar, como mínimo, una parte del dolor.
– No saque a colación lo sucedido -aconsejó Hester-. Su compañía es todo cuanto puede ofrecerle para aliviar su pesar.
Sin embargo, cuando Sylvestra entró en el dormitorio, Rhys apartó la vista de ella. Se negó a mirarla. Su madre se sentó en el borde de la cama, alargó una mano para tocarle el brazo que reposaba sobre el cobertor y él lo apartó bruscamente; luego, al intentarlo de nuevo, fue él quien la agarró por sorpresa, aprisionándole la mano entre las tablillas del vendaje, haciéndose daño a sí mismo y a ella.
Sylvestra sollozó desolada, no tanto por el dolor físico como por el rechazo. Se quedó sentada inmóvil, sin saber qué hacer.
Rhys volvió el rostro, manteniendo la cara apartada de la de su madre.
Sylvestra miró a Hester.
Ésta no tenía la menor idea de por qué su paciente se había comportado con tan súbita crueldad. Le resultaba imposible adivinar siquiera el motivo; su reciente lesión, un sentimiento de culpa que quizá le llevara a pensar que debió ser capaz de salvar a su padre o, en caso contrario, que él también tendría que haber fallecido. Hester había conocido a hombres cuya vergüenza por haber sobrevivido a sus compañeros muertos en combate era tan grande que ningún razonamiento les proporcionaba consuelo. Era un sentimiento insondable, y las palabras bienintencionadas de aquellos que jamás podrían llegar a comprenderles, no hacían sino ensanchar la zanja que los separaba de los demás, aumentando su extrema soledad.
Pero esa explicación no evitaría que Sylvestra se sintiera dolida.
– Venga conmigo abajo -dijo Hester en voz baja-. Lo dejaremos descansar, al menos hasta que llegue el médico.
– Pero…
Hester negó con la cabeza. Rhys seguía inmóvil y tenso. Tratar de persuadirlo habría sido inútil.
Sylvestra se puso en pie a regañadientes y siguió a Hester fuera del cuarto, por el corredor, el descansillo y escaleras abajo. No dijo palabra. Se había encerrado en el mundo que había construido su propia confusión.
Poco después del almuerzo, la doncella anunció que el hombre de la policía se encontraba de nuevo en la casa.
– ¿Se quedará conmigo? -pidió Sylvestra a Hester-. Se lo agradecería mucho.
– ¿Está segura? -Hester se sorprendió. La gente normalmente prefería mantener ese tipo de invasiones de la intimidad reducidas al menor número de testigos posible.
– Sí -fue la concluyente respuesta de Sylvestra-. Sí. Si tiene algo que contarnos, será más conveniente para Rhys que usted también esté al corriente. Yo… -No era preciso que manifestara lo asustada que estaba por él, lo llevaba escrito en la cara.
Hicieron pasar a Evan. Obviamente tenía frío y estaba descontento. La doncella se había hecho cargo de su sombrero y del sobretodo, pero los bajos de sus pantalones estaban mojados, sus botas empapadas y las mejillas le brillaban salpicadas aún por gotas de lluvia. Hacía ya algún tiempo desde la última vez que Hester le vio, aunque habían compartido numerosas experiencias, tanto de triunfo como de miedo y dolor, y él siempre le había caído bien. Admiraba la amabilidad y la honestidad de las que hacía gala. Y a menudo era más perspicaz de lo que Monk reconocía. Sin embargo, la discreción dictaba que se comportaran como si no se conocieran.
Sylvestra los presentó, y Evan no mencionó que ya se conocían.
– ¿Cómo sigue el señor Duff? -preguntó.
– Está muy enfermo -se apresuró a contestar Sylvestra-. Todavía no ha hablado, si es eso lo que esperaba usted. Me temo que no sé nada más.
– Lo siento. -Su rostro dejó entrever el desengaño. Era muy expresivo, hacía evidentes sus pensamientos y emociones con mayor facilidad de la que él hubiese deseado. Estaba un poco delgado, tenía los ojos de color castaño verdoso y la nariz aguileña, más bien larga. Sus palabras eran fruto de la compasión, no del fastidio.
– ¿Ha descubierto… algo? -preguntó Sylvestra. Respiraba bastante deprisa y se retorcía las manos sobre el regazo.
– Muy poca cosa, señora Duff-respondió-. Si alguien vio lo ocurrido, no estará dispuesto a contarlo. En ese barrio no tienen mucho aprecio a la policía. Las gentes viven al borde de la ley y tienen demasiado que ocultar para ofrecerse a colaborar voluntariamente.
– Entiendo. -Sylvestra había oído hablar de lo que el sargento acababa de referirle, aunque se trataba de un mundo que quedaba más allá de su conocimiento o comprensión.
Evan miró el rostro anguloso, severo y extrañamente hermoso de Sylvestra y no trató de explicarle nada más, pese a percatarse de que no lo había entendido.
Hester adivinó la pregunta que quería hacerle y también por qué le costaba tanto articularla sin que resultara ofensiva. Por otra parte era más que posible que Sylvestra desconociera las respuestas verdaderas. ¿Qué hacía en semejante barrio un hombre de la posición de Leighton Duff? Apostar ilegalmente, tomar dinero prestado, vender o empeñar pertenencias, comprar algo robado o falsificado, o reunirse con una prostituta. A su esposa no podía haberle hablado de ninguna de esas posibilidades. Incluso aunque se tratara de algo tan loable como ayudar a un amigo en apuros, no era probable que se lo confiara a su esposa. Tales dificultades eran de carácter privado, cosas de hombres que no tenían por qué saber las mujeres.