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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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Entre las fotos enmarcadas le llamó la atención la de una muchacha de ojos negros y cejas rectas con la nariz demasiado prominente para ser guapa, a pesar de que su boca era hermosa. Presentaba un marcado parecido con Rhys, y el traje de noche que lucía, cuya parte superior aparecía muy clara en la imagen, era de un estilo muy moderno; la fotografía no podía tener más de un año o dos.

– Un rostro muy interesante -comentó, confiando no estar aludiendo a ninguna otra tragedia.

Sylvestra sonrió y lo hizo con orgullo.

– Es mi hija Amalia.

Hester se preguntó dónde estaría y cuánto tardaría en acudir para ayudar y apoyar a su madre. Sin duda no había otro deber familiar más importante.

La respuesta llegó de inmediato, de nuevo con una pizca de orgullo y una sombra de desconcierto.

– Está en la India. Mis dos hijas residen allí. Constance está casada con un capitán del ejército. No se figura cuánto sufrió durante el motín de hace tres años. Escribe a menudo, contándonos cómo es su vida allí -no miraba a Hester, sino a las llamas que bailaban en la chimenea-. Dice que las cosas nunca volverán a ser lo mismo. Antes le encantaba, pese a que la mayoría de las esposas encontraban la vida de lo más aburrida. Durante los calores veraniegos todas las mujeres se instalaban en las estaciones de montaña, ¿lo sabía? -Era una pregunta retórica. No esperaba que Hester tuviera ningún conocimiento sobre aquellas cuestiones. Había olvidado que había sido enfermera militar o quizá no entendía lo que aquello significaba realmente. Se trataba de un mundo ajeno al suyo.

– Ya no pueden confiar como antes lo hacían. Todo ha cambiado -prosiguió-. La violencia fue algo inimaginable, la tortura, las masacres. -Negó con la cabeza-. Pero, naturalmente, no pueden regresar a casa. Su deber es permanecer allí. -Lo dijo sin amargura ni el menor resentimiento.

El deber daba fuerza y razón de ser a la vida, además de ser su frontera más rígida.

– Comprendo -se apresuró a decir Hester. Y era cierto. Su mente voló hacia el pasado para recordar a los oficiales que había conocido en Crimea, hombres, inteligentes unos y tontos otros, para quienes el deber era algo tan simple como una llama. Fuera cual fuese su coste, personal o público, incluso si resultaba doloroso o ridículo, jamás se les ocurriría hacer otra cosa que no fuese lo que se esperaba de ellos. A veces le habría gustado gritarles, o incluso darles una azotaina, debido a la frustración que le causaba su rigidez, sus sacrificios a veces innecesarios y terribles. Ahora bien, nunca dejó de admirarlos, tanto en su nobleza como en su futilidad, o en ambas cosas a la vez.

Sylvestra debió de percibir algo en su voz, una profunda emoción en la respuesta. Se volvió para mirarla y por primera vez sonrió.

– Amalia también está en la India, pero su marido trabaja en el Servicio Colonial y no sabe lo interesada que está en los pueblos nativos. -Su rostro transmitía orgullo y asombro ante un estilo de vida que a duras penas conseguía imaginar-. Ha trabado amistad con algunas mujeres. A veces me preocupa que sea demasiado imprudente. Tengo miedo de que se entrometa allí donde los occidentales no son bien recibidos, pensando que va a cambiar las cosas para bien, cuando lo cierto es que probablemente sólo pueda hacerles daño. Le he escrito aconsejándole, aunque nunca fue una muchacha muy dispuesta a escuchar consejos. Hugo es un muchacho estupendo, pero anda demasiado atareado con sus propios asuntos para prestar suficiente atención a Amalia, me da la impresión.

La imaginación de Hester dibujó a un hombre más bien estirado revolviendo papeles en un escritorio mientras la resuelta y más aventurera Amalia exploraba territorios prohibidos.

– Lamento que no estén más cerca, para que pudieran hacerle compañía en estos momentos -dijo con amabilidad. Le constaba que pasarían meses antes de que las cartas de Sylvestra con la noticia de la muerte de su padre dieran la vuelta al cabo de Buena Esperanza, alcanzaran la India y las respuestas llegaran a Inglaterra. No era de extrañar que Sylvestra se sintiera terriblemente sola.

El duelo era un momento que reclamaba la intimidad de la familia. Los extraños, por excelente que fuese su relación, se sentían intrusos y no sabían qué decir.

– Sí… -convino Sylvestra, casi como si hablara consigo misma-. Me encantaría contar con su compañía, sobre todo con la de Amalia. Es siempre tan… positiva. -Se estremeció un instante, pese al calor de la habitación, a las pesadas cortinas corridas que tapaban las ventanas dejando fuera la lluvia y la oscuridad, a la bandeja del té con los restos de bollos tostados y la mantequilla-. No sé a qué atenerme… La policía volverá, me imagino, con más preguntas para las que no tengo respuesta.

Hester sí sabía a qué atenerse pero le pareció poco delicado contestar. Se hallarían respuestas, se descubrirían cosas feas, aunque sólo fuese porque eran privadas y quizá imprudentes o poco honradas. Y todo ello no conduciría forzosamente a descubrir al hombre que había asesinado a Leighton Duff.

* * *

Una vez más, Rhys tomó sólo consomé de ternera y una tostada sin untar. Hester leyó para él un rato, y el muchacho se durmió bastante temprano. Ella, por su parte, no apagó la luz de su dormitorio hasta pasada la medianoche, y se volvió a despertar en las tinieblas con un estremecimiento de horror que le heló la sangre. La campanilla no había sonado y no obstante se levantó de inmediato y fue a la habitación de Rhys.

El fuego seguía ardiendo bien y las llamas emitían mucha luz. Rhys estaba medio recostado en las almohadas, con los ojos abiertos como platos y cegados por un terror indecible. El sudor empapaba su rostro. Tensaba los labios enseñando los dientes. La garganta se convulsionaba una y otra vez y parecía incapaz de tomar aire salvo en jadeos sofocados entre gritos mudos. Levantaba las tullidas manos frente a su cara como si quisiera con ese gesto ahuyentar el terror que veía en su mente.

– ¡Rhys! -gritó, corriendo hacia él.

Él no la oyó. Aún estaba dormido, sumido en su terrible mundo particular.

– ¡Rhys! -insistió levantando la voz-. ¡Despierte! ¡Despierte! ¡Está a salvo, en casa!

La boca del muchacho seguía esforzándose en pronunciar los espantosos gritos que atormentaban todo su cuerpo. No podía ver ni oír a Hester, se hallaba en un estrecho callejón de St Giles, testigo de la agonía y el asesinato.

– ¡Rhys! -Esta vez gritó con tono imperioso y alargó el brazo para agarrarle la muñeca. Estaba preparada para que él la golpeara, creyéndola uno de sus asaltantes-. ¡Ya basta! -le gritó-. ¡Tiene que despertar!

Rhys empezó a temblar violentamente, haciendo que toda la cama se tambaleara. Luego se fue viniendo abajo poco a poco, entre sollozos y escalofríos, llorando a moco tendido, con tal nudo en la garganta que apenas podía respirar.

Hester no lo pensó ni un instante; se sentó en la cama, tendió los brazos y lo abrazó, acariciándole cariñosamente el pelo abundante, apartándoselo de la frente, siguiendo la línea de la nuca.

Estuvo así sentada durante un lapso de tiempo que no midió. Perfectamente podría haber pasado una hora.

Luego, por fin, le soltó suavemente y se apartó para ponerse de pie. Tenía que cambiar las sábanas empapadas y arrugadas y asegurarse de que durante la crisis el muchacho no hubiese desgarrado o arrancado alguno de los vendajes.

– Voy a buscar sábanas limpias -dijo en voz baja. No quería que pensara que se iba sin más-. Volveré dentro de nada.

Al regresar lo encontró con la vista clavada en la puerta, esperándola. Dejó la ropa blanca que traía encima de una silla y le ayudó a moverse hacia un lado de la cama para poder comenzar a cambiar las sábanas sin levantarlo. Aquello nunca era tarea fácil, pero Rhys estaba demasiado enfermo para dejar el lecho y aguardar sentado. Hester no sabía hasta qué punto las heridas internas podrían verse afectadas, y tampoco conocía la naturaleza de las externas que el doctor Wade había visto y ella no, las cuales podrían abrirse.

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