El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Se aproximó a la cama y le observó con más atención, tratando de descifrar en su expresión qué deseaba o necesitaba. No daba muestras de padecer más dolor que antes pero sus ojos transmitían urgencia, su boca estaba en tensión. ¿Quería que se quedase o que se marchara? ¿Acaso preguntarlo sería poco delicado, demasiado directo? Debía obrar con sumo tacto, estaba muy malherido. ¿Qué le habría ocurrido? ¿Qué había visto?
– ¿Le apetece un poco de leche con arrurruz? -le propuso.
Él asintió de inmediato.
– Vuelvo en cuestión de minutos -prometió.
Regresó casi un cuarto de hora más tarde. La cocina quedaba más lejos de lo que recordaba y le había llevado su tiempo calentar lo suficiente el hornillo. No obstante, los ingredientes eran frescos y llevaba consigo un precioso tazón azul y blanco de porcelana lleno de leche humeante, justo a la temperatura ideal. El arrurruz que contenía actuaría como sedante. Arregló las almohadas de Rhys y se lo acercó a los labios. Bebió sin dejar de sonreír, con sus ojos fijos en los de ella.
Cuando hubo terminado, Hester no supo si él quería que se quedase o no, si debía hablar o guardar silencio. ¿Qué le podía decir? Normalmente lo que hacía era preguntar a los pacientes sobre sí mismos, animarlos a que le hablaran, pero con Rhys la comunicación la dejaba en inferioridad de condiciones. Sólo podía adivinar por su expresión si sus palabras le interesaban o le aburrían, si le alentaban o le causaban más pesar. Apenas había tenido ocasión de que Sylvestra le contara más cosas acerca de él.
Finalmente, optó por no decir nada.
Retiró el tazón vacío.
– ¿Cree que ahora se dormirá? -preguntó.
Rhys negó con la cabeza, despacio pero con determinación. Quería que se quedase.
– Tiene usted algunos libros muy interesantes. -Echó un vistazo a la estantería-. ¿Le gusta que le lean en voz alta?
Tras pensarlo un instante, asintió con la cabeza. Tenía que elegir algo que se apartara al máximo de su vida presente, desprovisto además de cualquier tipo de violencia. Nada debía recordarle su propia experiencia. Y, por otra parte, la lectura tampoco debía resultar tediosa.
Fue hasta la librería y trató de entrever los títulos a la luz del hogar, que ya era considerable.
– ¿Qué le parece la historia de Bizancio? -sugirió.
Rhys asintió de nuevo, y Hester la llevó consigo hasta la cama.
– Tendré que encender el gas.
Él se mostró de acuerdo y, por espacio de tres cuartos de hora, Hester leyó en voz baja sobre la colorista e imbricada historia del gran centro del Imperio, sus costumbres y su pueblo, las intrigas y las luchas por el poder. Rhys cayó dormido a su pesar y Hester cerró el libro, puso como punto una cerilla que encontró en una caja junto al hogar, apagó la luz, y salió sin hacer ruido, con una sensación próxima a la euforia.
No podía hacer gran cosa por él, salvo asegurarse de que se sintiera lo más a gusto posible, de que el dormitorio estuviera limpio y de cambiar los vendajes de las heridas menos importantes con tanta frecuencia como hiciera recomendable el proceso de curación. Le costaba trabajo comer y enseguida sentía dolor. Obviamente, las heridas internas afectaban a su capacidad para admitir y digerir alimentos. Resultaba descorazonador y, no obstante, Hester sabía que si Rhys dejaba de nutrirse se iría consumiendo, los órganos dejarían de funcionar y entonces el daño sería irreparable. Los fluidos eran esenciales.
Volvió a llevarle leche con arrurruz, acompañado de consomé de ternera y una tostada muy fina y, después, una media hora más tarde, más natillas de huevo. Aunque no sin dolor, consiguió retenerlo todo.
El doctor Wade se personó a última hora de la mañana. Parecía inquieto, con la tez pálida y la mirada sombría. Cojeaba y estaba dolorido, pues se había caído del caballo durante el fin de semana. Subió al primer piso casi de inmediato, reuniéndose con Hester en el descansillo.
– ¿Cómo está el paciente, miss Latterly? Temo haberle encomendado una triste tarea. Crea que lo siento.
– Por favor, no se disculpe, doctor Wade -respondió sinceramente-. No soy de las que sólo quieren casos sencillos…
El rostro del doctor Wade se suavizó.
– ¡Me alegra mucho oír eso! Me han hablado muy bien de usted, y según parece por buenas razones. Sea como fuere, es molesto que usted pueda hacer tan poco, que ninguno de nosotros consiga aliviarle. -Frunció el ceño y bajó la voz. Miró fijamente al suelo-. Hace años que conozco a esta familia, miss Latterly, desde que salí de la Armada…
– ¿La Armada? -Se llevó una buena sorpresa. Jamás se le habría pasado idea semejante por la cabeza-. Perdone… No tengo por qué…
Él le brindó una repentina sonrisa que iluminó sus facciones, cambiando su aspecto por completo.
– Fui cirujano naval hace veinte años. Algunos de los hombres a quienes atendí habían servido con Nelson. -Sus ojos, brillantes por el recuerdo, buscaron los de Hester al tiempo que miraba hacia otra época, hacia otro mundo-. Un viejo marino, a quien tuve que amputar la pierna después de que un cañón se soltara aplastándole contra un mamparo, había servido en la victoria de Trafalgar. -La concentración hizo más grave su voz-. No creo conocer a ninguna otra mujer a quien pueda contarle esto sabiendo que entiende lo que le digo. Pero usted ha conocido la batalla, ha sido testigo del coraje en medio del horror, del valor y la fuerza, la resistencia al dolor y la muerte. Tengo la impresión de que compartimos algo que las personas que nos rodean jamás comprenderán. No sabe cuánto me agrada que usted cuide del pobre Rhys y que esté aquí para apoyar a Sylvestra en lo que, sin duda, constituye una experiencia espantosa para ella.
No lo dijo con palabras, pero Hester vio en sus ojos que la estaba preparando para afrontar el hecho de que Rhys quizá no llegaría a recuperarse. Se armó de valor.
– Haré todo lo que esté en mi mano -prometió, sosteniendo con firmeza la mirada del doctor.
– Cuento con ello. -Asintió con la cabeza-. No albergo la más mínima duda. Ahora… Iré a visitarlo. Solo. Estoy seguro de que lo entiende. Es un hombre orgulloso…, joven…, sensible. Debo ocuparme de sus heridas, cambiarle los apósitos.
– Por supuesto. Si puedo servirle en algo, no dude en hacer sonar la campanilla.
– Muchas gracias, miss Latterly.
Por la tarde, Hester dejó a Rhys descansando y pasó un rato con Sylvestra en el salón de las visitas. La estancia estaba abarrotada de muebles, igual que el resto de la casa, aunque resultaba cálida y sorprendentemente agradable, al menos para el cuerpo ya que no para la vista.
En la casa reinaba el silencio. Hester sólo oía las llamas de la chimenea y el repiquetear de la lluvia en los cristales del ventanal. No se oían pasos de sirvientes que cruzaran el vestíbulo, ni cuchicheos y risas como en la mayoría de las casas. La tragedia parecía haberse instalado con una peculiar soledad.
Sylvestra preguntó por Rhys, aunque sólo para entablar conversación. Había subido a verle dos veces a lo largo del día y, en la segunda ocasión, había permanecido junto a su hijo durante una dolorosa media hora, buscando algo que decirle, recordando la felicidad de un pasado que se le antojaba remoto, cuando él aún era niño, y prometiéndose a sí misma que aquella paz y alegría que rememoraba volverían a regir su vida. No había mencionado a Leighton Duff. Quizá fuese lo normal. La conmoción y la herida de su pérdida eran demasiado recientes aún y, por otra parte, no deseaba recordársela a Rhys.
En los silencios que se producían entre ellas, Hester recorría el salón con la mirada en busca de algo que diera pie a la conversación. De nuevo, no podía saber si su acompañante deseaba entretenerse charlando o no. Era muy consciente del doloroso aislamiento de la mujer que estaba sentada frente a ella, con una educada sonrisa y la mirada distante. Hester no sabía si era fruto de la mera soledad o de la reserva que la dignidad imponía a su aflicción.