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El Grito Silencioso

Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:

El respetable abogado Leighton Duff aparece muerto a golpes en un sórdido callejón. A su lado, se encuentra el cuerpo moribundo de Ryhs, su hijo. La policía no es capaz de profundizar en el caso hasta que aparece en escena el sagaz inspector William Monk, que intuye una relación entre este suceso y una serie de violaciones y palizas a prostitutas. Sorprendentemente, se cierne la sospecha de que ha sido el propio Ryhs quien ha matado a su padre.
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
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– Gracias, pero antes preferiría conocer al señor Duff -contestó Hester-. Quizás usted pueda contarme algo más acerca de él.

– ¿Acerca de él? -Sylvestra se mostró desconcertada.

– Sobre su temperamento, sus intereses -aclaró Hester con amabilidad-. Sé por el doctor Wade que la impresión lo ha dejado temporalmente sin habla. De momento, sólo sabré de él lo que usted tenga a bien confiarme. No quisiera causarle ninguna molestia o pesar innecesarios por culpa de mi ignorancia. Además… -titubeó.

Sylvestra aguardó, sin entender a qué se refería.

Hester respiró hondo.

– Además debo saber si se le ha informado de la muerte de su padre…

El rostro de Sylvestra se despejó al comprender.

– ¡Naturalmente! Lamento ser tan torpe. Sí, se lo he contado. No me pareció justo ocultárselo. Tarde o temprano tendría que enfrentarse a los hechos. No quería que pensara que le había mentido.

– No alcanzo a imaginar lo difícil que habrá sido para usted -reconoció Hester-. Siento haber tenido que preguntárselo.

Sylvestra permaneció callada unos instantes, como atónita ante el pensamiento de lo que le había ocurrido en el espacio de unos pocos días. Su marido estaba muerto y su hijo terriblemente enfermo, encerrado en un mundo aislado, capaz de oír y ver pero no de hablar, resultándole imposible comunicar a nadie el terror y el dolor que sin duda sentía.

– Intentaré contarle algo sobre él -contestó Sylvestra a la petición-. Me… me resulta complicado pensar qué clase de cosas pueden serle útiles. -Se volvió y emprendió la marcha fuera de la sala y a través del vestíbulo hasta las escaleras. Al llegar al pie miró a Hester-. Me temo que debido a la naturaleza del incidente la policía volverá para hacernos más preguntas. En principio no tienen por qué molestarla, dado que usted nada puede saber al respecto. Cuando Rhys recobre el habla, ya les contará lo que sepa pero, obviamente, no parecen muy dispuestos a esperar, que digamos. -Se le entristeció el semblante-. De todos modos, me temo que nunca encontrarán a los culpables. Sin duda una banda de rufianes infames que hallarán cobijo en los barrios bajos, donde unos se protegen a otros.

Comenzó a subir la escalera, con la espalda muy tiesa y la cabeza erguida, pero su manera de caminar carecía de cualquier signo de vitalidad.

Mientras la seguía escaleras arriba, Hester supuso que en su fuero interno apenas empezaba a disiparse el estupor de la conmoción y que en algún rincón de su mente iba dando vueltas y más vueltas a todos los detalles a medida que la realidad iba aflorando. Recordaba haber sentido lo mismo al enterarse del suicidio de su padre y, después, al cabo de pocas semanas, ante la muerte de su madre a causa de la soledad y la desesperación. Se había preocupado de todos los detalles y, sin embargo, al mismo tiempo nunca llegó a confiar en que el hombre responsable de la ruina de su familia pagara por ello algún día.

Aunque ahora todo aquello pertenecía al pasado y lo único que debía tener presente era cuanto había aprendido sobre los volubles estados de ánimo provocados por el dolor.

La casa de los Duff era grande y muy moderna en lo tocante a muebles, cortinas y alfombras. Todo lo que había visto en el salón de día y ahora en el vestíbulo era de fabricación posterior a la ascensión al trono de la Reina. No había nada de la sobria elegancia del período georgiano ni del de Guillermo IV. Había cuadros por todas partes, papel pintado muy recargado, tapices y alfombras tejidas, arreglos florales y animales disecados dentro de urnas de cristal. Afortunadamente, tanto el vestíbulo como el rellano del primer piso eran lo bastante amplios como para no dar sensación de opresión, aunque no era aquél un ambiente en el que Hester se sintiera a gusto.

Sylvestra abrió la tercera puerta del descansillo, titubeó un instante y luego invitó a Hester a acompañarla al interior. Aquella habitación era totalmente distinta. Los altos ventanales daban al sur y toda la luz que los atravesaba iluminaba unas paredes prácticamente desnudas. El espacio lo presidía una cama enorme con columnas talladas, sobre la que yacía un muchacho de tez pálida, con una expresión de susceptibilidad y mal humor en un rostro cubierto de cardenales azules y negros y, en varios puntos, aún con costras de sangre seca. El pelo, tan negro como el de su madre, lo llevaba peinado con raya al lado y le caía sobre la frente. Desfigurado por las heridas y el dolor, resultaba difícil descifrar su estado de ánimo, aunque se diría que miraba a Hester con resentimiento.

A Hester no le sorprendió lo más mínimo. Era una intrusa en un pesar muy profundo e íntimo.

Era una perfecta desconocida y, sin embargo, él iba a depender de ella para sus necesidades más personales. Sería testigo de su dolor pero mantendría las distancias, siendo capaz de ir y venir sin dar muestras de apego. No sería el primer paciente a quien semejante trato le parecería humillante, a quien disgustaría sobremanera esa desnudez física y emocional ante alguien que siempre permanecía escudada en la intimidad del uniforme.

Sylvestra se aproximó a la cama, pero no se sentó.

– Te presento a miss Latterly, que es quien cuidará de ti ahora que te hallas de nuevo en casa. Estará contigo constantemente, o bien en la habitación contigua, de modo que oirá la campanilla cuando la necesites. Hará cuanto pueda para que estés cómodo y te ayudará a reponerte.

Rhys volvió la cabeza para mirar a Hester sin apenas curiosidad, si bien ella no dejó de apreciar su disgusto.

– Encantada de conocerle, señor Duff -dijo con más frialdad de la que se había propuesto. Ya había cuidado a pacientes de carácter difícil con anterioridad pero, por más que lo comprendiera, seguía resultándole molesto ser despreciada por alguien que instintivamente le inspiraba compasión y con quien compartiría las semanas venideras, o incluso los meses, a todas horas y en las circunstancias más íntimas.

Rhys pestañeó y la miró fijamente en silencio. Al margen de lo que viniera después, el comienzo se anunciaba dificultoso.

Sylvestra se mostró un tanto incómoda. Se volvió hacia Hester.

– ¿Tal vez debería enseñarle su habitación?

– Gracias -aceptó Hester. Cambiaría su atuendo por un vestido más sencillo y práctico y regresaría sola para tratar de conocer a Rhys Duff y averiguar cómo podía hacerle la vida más agradable.

* * *

La primera velada en casa de los Duff le resultó inquietante, sintiéndose más sola de lo habitual. Debido a su profesión, con frecuencia convivía junto a personas profundamente afligidas por la violencia, la pérdida de seres queridos e incluso por el crimen. Había vivido con familias que soportaban la presión de que unos extraños investigaran los aspectos más privados y vulnerables de sus vidas. Había conocido a personas que, debido a espantosas circunstancias, resultaban sospechosas y se temían mutuamente. Sin embargo, hasta entonces jamás había cuidado a un paciente que estuviera consciente y en cambio fuese incapaz de hablar. En toda la casa reinaba un silencio que le producía una desazonadora sensación de aislamiento. La propia Sylvestra era una mujer silenciosa, poco dada a conversar excepto si tenía algún mensaje concreto que transmitir, de modo que, a diferencia de la mayoría de mujeres, no charlaba por mero compañerismo.

Los sirvientes habían enmudecido, como si estuvieran en presencia de un difunto, sin la cháchara y el cotilleo usual entre ellos.

Cuando Hester regresó a la habitación de Rhys lo encontró tendido boca arriba, mirando fijamente al techo con los ojos muy abiertos, como si estuviera concentrado en algo. Dudó en interrumpirlo. Se quedó de pie observando la vacilante luz de la estufa, se aseguró de que hubiese suficiente carbón en el cubo para unas cuantas horas más, y luego examinó la pequeña librería de la pared más próxima para ver qué era lo que su paciente acostumbraba a leer antes del asalto. Vio que abundaban los libros sobre otros países: África, India, Extremo Oriente, y por lo menos una docena de títulos sobre viajes, cartas y memorias de exploradores, botánicos y observadores de las costumbres y hábitos de otras culturas. Destacaba un gran volumen bellamente encuadernado sobre el arte del Islam y otro sobre la historia de Bizancio. Otro más parecía tratar sobre las conquistas árabes y moras en África del norte y España antes de que el alzamiento de Fernando e Isabel los obligara a regresar al sur. Junto a éste encontró un tratado de matemáticas, arte e inventos árabes.

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