El Grito Silencioso
- Автор: Перри Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Grito Silencioso». Краткое содержание книги:
En los barrios bajos del Londres victoriano los ciudadanos llevan a cabo sus más vergonzosos y secretos negocios. Con dinero se puede conseguir cualquier cosa pero, a veces, el precio a pagar es la propia vida…
Debía establecer algún tipo de contacto con él. Si se veía obligada a forzar las cosas, lo haría. Dio unos pasos hasta donde él pudiera verla, aunque sólo fuese de reojo.
– Tiene una colección de libros muy interesante -dijo, como quien pretende entablar conversación-. ¿Ha viajado alguna vez?
Rhys volvió la cabeza para mirarla.
– Ya sé que no puede hablar, pero puede asentir con la cabeza -continuó Hester-. ¿Lo ha hecho?
Rhys movió un poquito la cabeza negativamente. El muchacho se comunicaba, aunque en sus ojos seguía brillando la animadversión.
– ¿Tiene previsto hacerlo, cuando se encuentre mejor?
Algo se cerró en la mente de Rhys. Hester advirtió el cambio con bastante claridad, aunque era tan sutil que resultaba imposible describirlo.
– Yo estuve en Crimea -prosiguió, haciendo caso omiso de su retirada-. Estuve allí durante la guerra. Naturalmente, lo que más vi fueron campos de batalla y hospitales, aunque no faltaron ocasiones para conocer gentes y paisajes. Siempre me ha parecido extraordinario, diría incluso que indecente, el modo en que las flores siguen brotando, y tantas otras cosas siguen su curso habitual, incluso cuando en el mundo reina la mayor confusión y los hombres se matan entre ellos por centenares. Tienes la sensación de que todo debería detenerse pero, por supuesto, no es así.
Hester le observaba atentamente y él no apartó la vista, pese a que sus ojos seguían cargados de rabia. Estaba casi segura de que era rabia, no miedo. Bajó la mirada hacia las destrozadas manos de Rhys, que descansaban sobre las sábanas. Las puntas de los dedos, que asomaban entre los vendajes, se veían finas y delicadas. Llevaba las uñas perfectamente cortadas, salvo una que estaba rota. Sin duda había herido a sus adversarios en la lucha por salvarse a sí mismo… y quizá también a su padre. ¿Qué recordaba de lo sucedido? ¿Qué terrible conocimiento ocultaba su silencio?
– Conocí a varios turcos que resultaron de lo más encantador e interesante -prosiguió Hester, como si él hubiese mostrado alguna clase de interés en su relato. Le describió a un muchacho turco que trabajó como voluntario en el hospital, habiéndole de él con toda familiaridad, recordando más detalles a medida que desplegaba su relato; y si no se acordaba de algo, se lo inventaba.
En un momento dado de la interminable hora que duró su discurso, le pareció advertir que los labios de Rhys dibujaban una leve sonrisa. Al menos la estaba escuchando. Durante un instante habían compartido un pensamiento o un sentimiento.
Más tarde trajo una pomada para aplicársela en la piel de la cara allí donde se le estaba secando y se le podía cuartear, causándole más dolor. Le acercó una pequeña porción en la punta del dedo pero en el momento en que su piel tocó la suya, apartó la cara bruscamente, apretó los dientes y el enojo volvió a ensombrecer su mirada.
– No le hará daño -prometió Hester-. Ayuda a que la costra no se cuartee.
Rhys no se movió. Tenía los músculos tensos, el pecho y los hombros tan agarrotados que por fuerza el dolor tenía que extenderse a las heridas que tanto el doctor Riley como el doctor Wade decían que le cubrían el cuerpo.
Hester se dio por vencida y dejó caer las manos.
– De acuerdo, no tiene importancia. Volveré a intentarlo más tarde, a ver si ha cambiado de parecer.
Salió del dormitorio y bajó a la cocina en busca de algo que Rhys pudiera comer. Tal vez la cocinera pudiera prepararle un huevo escalfado o unas natillas ligeras. Según el doctor Wade estaba en condiciones de comer y había que incitarle a hacerlo.
La cocinera, la señora Crozier, había dispuesto todo un surtido de platos apropiados, algunos ya preparados, otros fáciles de hacer mientras Hester esperaba. Le ofreció consomé de ternera, huevos, pescado al vapor, budín de pan y mantequilla, natillas horneadas y pollo frío.
– ¿Cómo se encuentra el señorito? -preguntó con cara de preocupación.
– Parece gravemente enfermo -respondió Hester con toda sinceridad-, pero debemos mantener la esperanza. ¿Quizá sabría decirme cuáles son sus platos predilectos?
La expresión de la cocinera se iluminó un poco.
– Oh, pues claro, faltaría más. Le encanta la pierna de cordero fría, y también el estofado de liebre.
– En cuanto esté en condiciones para comer algo así, se lo haré saber.
Hester se llevó un huevo escalfado y una ración de natillas.
Encontró a Rhys de otro humor. Se mostró muy dispuesto a permitir que lo ayudara a incorporarse y tomó más de la mitad de la comida que le habían preparado, pese al hecho de que moverse lo más mínimo le causaba un dolor considerable. De pronto, le faltó el aliento y el sudor perló su rostro. Parecía al mismo tiempo húmedo y frío y, por un momento, tuvo náuseas.
Hester hizo cuanto pudo por él aunque, a decir verdad, fue muy poco. Se vio obligada a permanecer a su lado impotente mientras él luchaba contra las punzadas de dolor, con los ojos clavados en los suyos, teñidos por la desesperación, suplicando un poco de consuelo, una pizca de alivio. Hester alargó el brazo y tomó las puntas de sus dedos vendados, prescindiendo de los hematomas y de las costras, asiéndole con tanta fuerza como si, literalmente, le estuviera salvando de caer al abismo.
Los dedos de Rhys apretaban tanto los suyos que Hester pensó que también ella tendría moretones en las manos cuando por fin la soltara.
Así transcurrió media hora en silencio hasta que, finalmente, Rhys comenzó a serenarse un poco. El sudor resbalaba por su frente y formaba gotas sobre el labio, pero sus hombros descansaban en la almohada y dejó de apretar con los dedos. Hester liberó su mano, escurrió un paño y le enjugó el rostro.
Rhys le sonrió. No hizo más que torcer levemente los labios y dulcificar la mirada, pero fue algo real.
Hester le devolvió la sonrisa y sintió que se le hacía un nudo en la garganta. Acababa de entrever al hombre que había sido Rhys antes del terrible suceso que lo había convertido en su paciente.
Rhys no hizo sonar la campanilla durante la noche; no obstante, Hester se despertó en dos ocasiones por decisión propia y fue a ver cómo se encontraba. La primera vez lo encontró durmiendo a pierna suelta. Aguardó unos instantes y volvió a salir de puntillas sin molestarlo.
La segunda vez estaba despierto y la oyó en cuanto empujó la puerta. Se hallaba tendido mirando hacia ella. Al no llevar ninguna vela consigo, la única luz en la estancia era la de las brasas de la chimenea. La habitación se había enfriado. Los ojos de Rhys parecían vacíos en la penumbra.
Hester le sonrió.
– Creo que es hora de que avive un poco ese fuego -dijo en voz baja-. Está casi apagado.
Rhys asintió levemente y la siguió con la mirada mientras cruzaba la habitación, apartaba la rejilla y se inclinaba para cribar las cenizas y amontonar con cuidado unos trozos pequeños de carbón sobre las ascuas, para luego esperar a que prendieran formando unas vacilantes llamas.
– Ya se enciende -dijo, sin más motivo que el de establecer cierta comunicación. Al volverse se percató de que la estaba mirando-. ¿Tiene frío? -preguntó.
Rhys asintió con la cabeza, aunque lo hizo con muy poco ánimo y con expresión compungida. Hester dedujo que sólo debía estar un poco destemplado.
Esperó a que las llamas se avivaran, luego añadió más carbón, amontonando cantidad suficiente para que durase hasta la mañana.