El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Flower y su consorte ratonil salieron a las 10.03 y se separaron en la esquina. En su recorrido de vuelta al Whiskey, la chica se cruzó con Season, que iba con un hombre de unos treinta años, delgado como un raíl de tren, e intercambiaron unas palabras. Era a Season a quien yo deseaba en mi triunvirato, pero su magro acompañante tenía un aire malévolo y destructivo. Impaciente y ansioso por el largo tránsito sin películas mentales, me quedé quieto.
Poco después de medianoche, Season y su amante dejaron el apartamento y se dirigieron al sur, alejándose del Strip. Entonces caí en la cuenta de que las chicas debían de sincronizar sus llegadas y partidas y aposté a que Flower reaparecería al cabo de diez minutos. Me dolía la mano y procuré que las palpitaciones dolorosas bajaran de intensidad concentrándome en la pregunta que había perturbado mis sueños: ¿quién era Charlie?
Como esperaba, Flower dobló la esquina apenas unos minutos más tarde. La acompañaba un tipo grande con ropas militares que se movía con una autoridad que resultaba antihippie, anticontracultura y puramente masculina. Al acercarse al edificio, se quitó la gorra y se alisó el cabello. Lo tenía de un rubio lustroso y comprendí que tenía que ser Charlie.
Mi espera dio paso a una serie de temblores, escalofríos y cosquilleos en la entrepierna. Sabiendo que a Charlie le parecería vulgar un polvo rápido y violento, aguardé a que se estableciera un ambiente precoital antes de acercarme a la puerta. Con el corazón desbocado, abrí y entré.
La habitación delantera estaba oscura como la brea y dejé la puerta entornada para que entrara cierta luminosidad; luego, fui directo hasta la cortina de cuentas. Miré a través de ella y el resplandor de la vela encuadró al hombre encima de la chica. Me toqué, pero tenía fría esa parte de mí. El corazón me iba «tumpa, tumpa, tumpa» y supe que los amantes no tardarían en oírlo. Me toqué de nuevo y esta vez no noté frío, sino nada. «Charlie», susurré; aparté la cortina y avancé hacia la cama. Una levísima brisa hizo que la vela iluminara unas piernas entrelazadas. Con una exclamación, me incliné y las toqué.
– ¡Oh, Dios!
– ¿Qué coño…?
Oí las palabras y retrocedí; se encendió una luz y las piernas que había estado acariciando me lanzaron patadas. Un instante después, Charlie empezó a envolverse en una sábana y no me quedó más remedio que huir.
Corrí a la cortina y me alcanzó un golpe en la nuca. Flower chilló: «¡El Helter Skelter se acerca!», y caí de rodillas. Luego, se encendió la luz de la habitación de la entrada y la fuerza que me agarraba del cuello me levantó del suelo. Capté una confusa panorámica de Tahití y Japón vía Pan American Airways y carteles de los Jook Savages y de Marmalade. Intenté fugarme a una película mental defensiva, pero tenía el cerebro como si me estuvieran volando la tapa de los sesos a tiros. «¡Mierda, mierda, mierda!», gritó Charlie; al momento siguiente, estábamos en el corredor exterior y la gente de los apartamentos contiguos se asomaba a la ventana. Me miraban a mí.
Mientras Charlie me retorcía el cuello, a punto de arrancarlo de su eje, lancé una patada de costado y cristales hechos añicos volaron sobre una sucesión de caras perplejas. Charlie me arrastró escalera abajo y en mis oídos resonaron gritos y unas sirenas que se acercaban. Lo último que oí antes de perder el conocimiento fue a Flower cantando un improvisado popurrí de los Beatles.
11
La caricia me costó casi un año de mi vida.
Me detuvieron y me acusaron de un delito de robo con escalo y la ganzúa del bolsillo me valió un segundo cargo, el de posesión de herramientas para cometer robo con escalo. También querían acusarme de voyeurismo, pero el abogado de oficio me dijo que el tío Walt Borchard había convencido al fiscal del distrito de que no presentara ese cargo, pues no quería que me etiquetaran de delincuente sexual. Siguiendo el consejo del fiscal, me declaré culpable en el acto de lectura de la acusación. La condena: un año en la prisión del condado de Los Ángeles y tres años de libertad vigilada. Cuando el juez me leyó la sentencia y me preguntó si tenía algo que decir, rompí la pauta de silencio/respuestas monosilábicas que había mantenido desde el momento de mi detención.
– No tengo nada que decir… todavía -respondí.
Mi «silencio práctico» entró en acción automáticamente en el momento que el sheriff me cerró las esposas en las muñecas y me enteré de que mi asaltante no era el fantasmal Charlie, sino un hombre llamado Roger Dexter. Los polis, los presos y los funcionarios con los que traté entre la detención y la sentencia esperaban laconismo y miradas perdidas, y mi conducta en la subcomisaría de Hollywood Oeste no resultó tan incongruente. Además, medía metro noventa, pesaba ochenta y cinco kilos, era huesudo y extraño, y mis compañeros del calabozo tenían peces mucho más pequeños con los que entretenerse. Nadie sabía que estaba muerto de miedo y que mi protector en la prisión era el villano de un cómic.
Los consejos de la Sombra Sigilosa aplacaron mis pesadillas, suavizaron mis recuerdos del momento en que había tocado carne y me permitieron concentrarme en sobrevivir a la condena. Nuestro diálogo era tan constante que, incluso manteniendo un silencio físico permanente, por dentro me sentía hiperverbal, y en mi campo visual aparecían avisos impresos cada vez que estaba especialmente asustado.
«Contando con la "buena conducta" y la "reducción por trabajo" de la que gozarás por ser un preso de confianza, tendrás que soportar nueve meses y medio de cárcel. Tendrás por compañeros a hombres estúpidos y violentos propensos a torturar a los más débiles que ellos.
»Por lo tanto, deberás sacar partido de tu aspecto físico sin adoptar una conducta de macho, que sólo atraería más violencia.
»Por lo tanto, deberás utilizar el silencio práctico y la invisibilidad física y "una invisibilidad protectora nueva y bien elaborada", adoptando la personalidad de los que están contigo, mezclándote con ellos hasta que seas indistinguible de tus compañeros reclusos.»
Así, mentalmente pertrechado, llegué a la «nueva» prisión del condado de L. A. a cumplir mi condena. El edificio, terminado hacía poco, era una enorme construcción angulosa de acero y cemento brillante, toda pintada de gris azulado y naranja, con largos corredores intercalados entre los calabozos y los módulos de los internos, y unas celdas de cuatro literas con estrechos pasillos en la parte delantera. Unas escaleras mecánicas conectaban los seis pisos, cada uno de los cuales equivalía en altura a un edificio de tres plantas, y los pasillos tenían la longitud de tres campos de fútbol. Los comedores eran como salas de cine y la zona de oficinas constaba de doscientos metros de puertas reforzadas. Después de diez horas de espera en el calabozo, de registros corporales, de rociadas contra los piojos y de más espera, me consignaron junto con otros cinco en una celda para cuatro donde esperaría a que me otorgasen el estatus de preso de confianza y me asignaran empleo. Después de recorrer kilómetros de cemento gris azulado/naranja mientras una acumulación de conversaciones obscenas me zumbaba en los oídos, me tumbé en el camastro que le arrebaté a un mexicano joven y rechoncho, para que las impresiones generales se asentaran. Contención era la palabra más precisa y global, y supe que la obtendría del acero y del metal que me retenía y de las mentes empobrecidas de mis carceleros y de los otros reclusos, así como del nivel de ruido en el aire que respiraba. Y también supe que, con la Sombra Sigilosa a mi lado, mi autocontención dentro de la contención sería impenetrable.
Esperé cuatro días a que me declarasen preso de confianza y entretanto aprendí la nomenclatura carcelaria y perfeccioné mis habilidades de simulación. Pasé todo el tiempo en la celda, durmiendo y escuchando los relatos hiperbolizados de proezas criminales y sexuales, conversaciones en las que sólo participaba cuando me preguntaban directamente. Empecé a notar que el aburrimiento superaba a la violencia como factor destacado en la vida carcelaria y que mi mayor peligro personal consistiría en la eventualidad de reírme en voz alta de las historias ridículas que los demás contaban sin inmutarse.