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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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El mensaje era tan poderoso que obedecí por reflejo pero, cuando ya me acercaba a la ventana, me guardé en el bolsillo una diminuta fotografía enmarcada de tres niños risueños.

Mirar.

Robar.

Mirar y robar.

Estas dos ocupaciones gemelas dominaron mis horas de vigilia durante el siguiente año, mientras que las pesadillas ocuparon mis sueños. Había esperado que el hombre-mujer-yo sería mi trinidad, pero no fue así. Era una tríada compuesta de: mirar sexo mecánico motivado por la codicia y la desesperación, robar por la supervivencia emocional y porque era la razón para mirar, y soñar para tratar de desentrañar el misterio de Lauri. Que mis sueños se convirtieran inevitablemente en pesadillas fue lo peor.

El nombre auténtico de Lauri era Laurel Hahnerdahl y, haciéndome pasar por un agente de policía al teléfono, supe que había nacido en Copenhague, Dinamarca, en 1943, y que había llegado a América en 1966. Su profesión declarada era «modelo», no tenía familiares en Estados Unidos y no poseía antecedentes delictivos. Eso fue todo lo que el DPLA y el Departamento de Vehículos a Motor pudieron darme.

Era prácticamente imposible que nos hubiéramos conocido, pero yo la sentía simbióticamente familiar. Recorrí su apartamento dos veces y no encontré nada que despertara mis recuerdos. Observé cuatro de sus citas, sin robar, y ni siquiera así logré descifrar el misterio. Soñaba con ella constantemente y siempre era lo mismo: la miraba mientras hacia el amor con un tipo que se parecía a la Sombra Sigilosa y se me nublaba la visión y me acercaba sólo para convertirme en un objeto inanimado sin voz, sin piernas, sin brazos y ciego. Lo único que podía hacer era escuchar y entonces oía truenos, truenos que estallaban acallando miles de voces ininteligibles que trataban de decirme qué significaba Lauri. La pesadilla siempre terminaba al llegar a aquel punto, tras el cual me despertaba con una erección y bañado en sudor.

Lauri regresó a Dinamarca en abril de 1969 y Carol Ginzburg dio un brunch en su honor para celebrar su regreso a la tierra natal. La idea de verla marchar me destrozaba y estaba enojado conmigo mismo por no haber averiguado quién era. Sin embargo, cuando se marchó, mis pesadillas remitieron y pude apartar de mi mente el enigma que esa chica representaba.

Así que seguí mirando y robando, hasta que la esperanza de volver a sentir lo mismo que el 5 de junio de 1968 murió de un exceso de sesiones turgentes de cama, de una superabundancia de expresiones patéticas de soledad. Frente a la desilusión que me había llevado mirando, robar me proporcionó una nueva ilusión, así que di once golpes seguidos. Le vendí todo el material a Cosmo Veitch y me deleité en el hecho de que Cosmo, si bien finalmente había descubierto que yo no era policía, me temía de veras. Desde finales del verano de 1968 hasta la mitad del verano de 1969 me pagó un total de siete mil doscientos dólares por los objetos que yo había robado, suma que guardé en una caja de seguridad de un banco de La Brea para cuando dejara de trabajar en la biblioteca y me marchara del edificio de mala muerte de Walt Borchard.

Sin embargo, en agosto de 1969 ocurrió una serie de acontecimientos que, por su coincidencia en el tiempo, me obligaron a hacer un alto temporal en mi carrera delictiva. Sharon Tate y otras cuatro personas fueron acuchilladas en su casa de Benedict Canyon, un hecho que, sumado a los acuchillamientos similares del matrimonio La Bianca, ocurridos en el barrio de Los Feliz, en el otro extremo de la ciudad, desató el pánico y provocó un auge de todo tipo de aparatos y servicios de seguridad. Los angelinos compraban pistolas y perros de vigilancia y se atrincheraban en contra de unos asesinos concretos que seguían sueltos y en contra de los años sesenta en general. Robar en las casas se convirtió en un negocio arriesgado.

Por otra parte, Carol Ginzburg acabó sumando dos y dos y relacionó los robos en los pisos de los clientes con la desaparición de su agenda. En el brunch dominical del restaurante, la oí decir: «Coincidencia, coincidencia…; algo raro está pasando.» Explicó su teoría de un ladrón muy frío que, por precaución, sólo actuaba de una manera intermitente, y añadió que iba a contratar a un detective privado para que investigara qué sucedía. Carol siguió hablando; yo pagué la cuenta y salí del local.

Sin el mirar y el robar, lo único que quedaba de mi trinidad eran las pesadillas. Aunque Lauri se había marchado, regresaron. Eran susurros que me tentaban entre el estruendo de los truenos. No sabía qué decían pero, cuando despertaba, notaba el sabor de la sangre.

10

Sin extremidades que me impulsaran ni vista que me guiara, mis sueños se convirtieron en excursiones a la ingravidez. Era presa de ruidos que me zarandeaban como una muñeca de trapo y me sentía a merced de truenos que me quemaban por dentro. Sólo una corriente subterránea de conciencia me ayudaba a contener mis pesadillas y me salvaba de la desgracia del insomnio provocado por el terror. Aun durante lo peor del trance, me daba cuenta de que el hecho de notar el trueno-calor significaba que no estaba disociado de mi cuerpo. Cada mañana, al despertar -repuesto pero, a la vez, colmado de miedo residual-, comprendía que poseía un piloto automático que siempre me mantenía a salvo de precipitarme al abismo.

Aun así, seguía temiendo quedarme dormido y procuraba retrasar el momento del sueño mediante la búsqueda del agotamiento absoluto.

Con el colchón de mi cuenta bancaria, dejé el empleo en la biblioteca y me pasaba los días quemando energía física. Me apunté á un gimnasio de L. A. Oeste y levantaba pesas dos horas diarias; al cabo de un mes, mi magro esqueleto empezó a cubrirse de músculo. Corría por las colinas de Griffith Park hasta que me caía de aturdimiento y las duchas calientes en casa me resultaban un calor benevolente. Luego, de noche, desmembraba a otros. Era un ritual espoleado por la conciencia de mi propio cuerpo e impulsado por el deseo de sofocar las pesadillas. Me convertí en rastreador de seres humanos en sus poses más prosaicas, en director de películas mentales aficionado a improvisar dramas con los transeúntes de la calle y sus gestos despreocupados. Noche tras noche, recorría las calles amodorradas, observando. Vi manos que tiraban de perneras y dobladillos y supe cómo se procuraban el sexo sus dueños; las luces de neón que iluminaban a una banda juvenil con camisetas sin mangas me revelaron por qué aquellos chicos hacían lo que hacían. Mi proyector cerebral tenía un mecanismo automático de cámara lenta y, cuando un cuerpo hermoso requería una inspección más cuidadosa para revelar la verdad de su poesía, ese mecanismo entraba en acción y me permitía deleitarme sin prisa en cada uno de los deliciosos pliegues y turgencias de la carne.

Al cabo de unas semanas de observación móvil, las pesadillas empezaron a remitir y dejé de ser director de cine para convertirme en cirujano, en un esfuerzo por extirparlas del todo. Mi cirugía experimental abarcaba trasplantes de extremidades de alguien del otro sexo: piernas de hombre en torsos de mujer o caras femeninas en cuerpos masculinos, con especial atención a las incisiones mentales que posibilitaban los injertos. Con el coche pegado al bordillo, fijaba la atención en una pareja que iba cogida de la mano y reducía la marcha hasta que avanzábamos a la misma velocidad. Cuando las farolas iluminaban sus rostros, yo amputaba miembros y cabezas y recomponía los cuerpos; sin esfuerzo, sin derramamiento de sangre. Y aunque no era capaz de expresar con palabras el sentido de aquel acto, sabía que estaba desarrollando unas uniones simbióticas triangulares que trascendían el sexo.

La combinación de ejercicio diurno y películas mentales nocturnas permitió que mis pesadillas se convirtieran finalmente en poco más que una molestia ocasional. Como precaución para que no reaparecieran con toda su intensidad, dormía con la luz encendida y, si alguna vez despertaba a media noche, me levantaba e iba a mirarme en el espejo de cuerpo entero de la puerta del baño. Ahora estaba fuerte, cada vez más, y cuando me tanteaba los músculos con la punta de los dedos sentía una carga casi eléctrica. Aquella carga me recorría, bajaba hasta la entrepierna y finalizaba en una palabra: «Robo.»

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