El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Charlie era un manipulador curtido en la calle que atraía a jóvenes extraviados, un gorrero de droga versado en el rock and roll, la ciencia ficción, el pensamiento religioso y la plétora de movimientos sociales a los que eran susceptibles los jóvenes manipulables y, obviamente, había desarrollado su propio ethos a partir de ellos, un ethos que seducía a los desarraigados. Todo esto era impresionante.
Sin embargo, como criminal era un auténtico desastre y había confiado en gente que al final lo había delatado.
Y sin embargo también, cuando lo entrevistaban, parecía un propagandista descuidado y psicótico.
Pese a ello, había creado un feudo que giraba en torno a sus fantasías sexuales más extremas; pese a ello, otros habían asesinado siguiendo sus órdenes; y pese a ello tenía el poder de usurpar mis rituales nocturnos ante el espejo, transformándolos en torturantes sesiones de preguntas y respuestas.
«¿Había alguna oscura razón cósmica para que tu camino se cruzara con el de este hombre?
»Su potencia sexual tuvo como resultado tu cópula abortada y que tengas que pasar un año en la cárcel. ¿Significa esto algo terrible?
»Física e intelectualmente, serías capaz de partirlo como si fuera una ramita, pero él está en la portada de la revista Life, mientras que tú cargas sacos de ropa sucia y eres un don nadie en el mundo del delito. ¿Es un presagio de tu futuro?»
Sabía que esas preguntas no tenían respuestas y ello se debía a mi sentimiento básico de impotencia. Machaqué aquel argumento lo mejor que pude, excluyendo todos los pensamientos en los que apareciéramos Charlie y yo como gemelos simbióticos en celebridad y fracaso: para ello cargaba bultos cada vez más pesados en el muelle y después hacía horas de gimnasia en la celda, creando mi propio mundo de primacía física y agotamiento. Pero la estratagema siempre se veía frustrada por los titulares sobre Manson, los reportajes sobre Manson, las habladurías y las especulaciones sobre Manson. Los presos de confianza hablaban de Charlie en el muelle y yo casi perdía los estribos. En un documental televisivo sobre la Familia habían incluido entrevistas con Season y Flower, y me entraron ganas de arrancar el aparato del pasillo. Después, cuando se completaron los procedimientos del gran jurado y le hubieron leído el acta de acusación, lo trasladaron al módulo de Alta Tensión de la nueva cárcel del condado y estuvimos bajo el mismo techo.
Yo sabía que convergíamos: el destino estaba urdiendo una cita y sólo tenía que seguir el rumbo que nos marcaba para que el mismísimo hombre del espejo respondiera a mis preguntas. Así, levanté cargas enormes en el muelle, sabiendo que el miedo y la duda me impulsaban y, después del trabajo, me tumbaba en el camastro, temeroso de que el cuerpo que estaba consiguiendo arruinara mi invisibilidad psíquica, de que el resto de la vida me considerasen un cagadero donde otros hombres se ponían a prueba. Empecé a percibir mi situación como un dilema entre visibilidad o invisibilidad, entre una presencia llamativa o el poder sutil del anonimato. Las ventajas y los inconvenientes eran parejos en ambos lados y se volvían aún más convincentes ante la certeza de que mi destino era único, distinto y audaz. Aunque nunca había creído en Dios, empecé a rezarle cada noche; le rogaba que me llevara a Charlie, para ver sus ojos oscuros y saber qué presagiaban para los míos.
El camino hacia Manson empezó un lluvioso miércoles por la mañana, cuando hacía una semana que lo habían trasladado a Alta Tensión. Yo cargaba cartones de comida enlatada desde el muelle a un tinglado cubierto cuando oí: «¡Agárrala, sobrao!», y una caja de lechugas me dio en plena espalda. El golpe me aturdió y caí de rodillas. Oí gritos de: «¡Hijo de puta!» y «¡Vamos, musculitos!». Mientras intentaba incorporarme, me llegó un eco distante del picadero de Flower y Season: «Carga, apunta y dispárale entre los ojos.»
De estar de rodillas, pasé a adoptar la posición de salida de un velocista, me impulsé hacia delante y corrí directo contra mis acusadores. Sorprendidos, los hombres no hicieron amago de apartarse. Caí sobre ellos como un mazo y, cuando vi un bíceps flácido directamente delante de mis ojos, lo mordí y me tragué el pequeño fragmento de carne que logré arrancarle.
El grupo se dispersó y mi propio impulso me llevó de nuevo al suelo. Me levanté y me volví en redondo. Los hombretones me miraban con expresión de asombro, paralizados por la sorpresa. Mantuve la actitud y escuché lo que decían entre susurros: «Joder, me ha mordido», «… maldito Drácula», «¡A mí no, tío!». Entonces, se acercó el boqueras de D y L. Después de haber dejado clara mi postura, dejé que me esposara y que me llevara a la celda.
Me castigaron a cinco días de aislamiento en el módulo de Corrección, que se componía de una hilera de celdas individuales sin litera. Sólo había un cubo para orinar y defecar. No se permitía tener lectura y la alimentación consistía en seis rebanadas de pan y tres vasos de agua al día. Si los carceleros consideraban que aquellas espartanas instalaciones me resultarían penosas, se equivocaban; la disminución de calorías ingeridas purgó mi cuerpo y el oscuro chabolo de tres por dos metros fue el hábitat perfecto para el perfecto vacío mental que adopté durante mi estancia allí. Cuando abrieron la puerta de la celda y me llevaron a mi nueva «casa» -el módulo de custodia de los presos de confianza- me sentí tranquilo y relajado. Me asignaron una celda en la que había otros tres presos y me dijeron cuál sería mi trabajo: barrer los corredores de la cárcel una y otra vez diez horas al día, seis días a la semana. Yo sólo tenía una pregunta.
– ¿Alguna vez tendré que pasar la escoba al módulo de Alta Tensión?
– Tarde o temprano -me respondió el carcelero.
Fue en algún momento entre el tarde y el temprano: cientos de horas indeterminadas y miles de corredores y pasillos en lo que me parecieron millones de kilómetros tirando de la escoba, siempre con la mente en blanco, conteniendo las preguntas del hombre espejo, que siempre parecían dispuestas a precipitarse en pocos segundos. Ni siquiera recuerdo qué día fue pero, cuando el carcelero de los presos de confianza custodiados dijo «Plunkett, a Alta Tensión», cogí la escoba y el cubo de la basura y fui hacia allí con el piloto automático, deteniéndome sólo a leer el registro de los reclusos en la parte frontal del módulo.
Y allí estaba, en blanco y negro: Manson, Charles, celda A-11, y el número del artículo del Código Penal de California correspondiente a homicidio en primer grado: CP 187, junto a su nombre, en rojo.
El boqueras abrió la puerta, me adentré en la pasarela de las celdas A y la estudié. Eran celdas de seguridad individuales, angostas y con barrotes. No se oía ruido en ninguna de ellas. Conté once y marqué mentalmente el lugar. Luego, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, barrí el pasillo, me volví hacia los barrotes de la A-11 y dije:
– Hola, Charlie.
La oscuridad parecía pulsar en el interior de la celda y, por unos instantes, pensé que el hombre espejo se había ido. Me disponía a agarrarme a los barrotes y forzar los ojos para ver el interior, cuando una suave voz de tenor cantó:
– «Me dices que es la institución, bueno, ¿sabes?, es mejor que antes liberes tu mente.» [3] -Se produjo una pausa y luego la voz añadió-: Yo te veo, pero tú no me ves. ¿Crees en el mensaje de esa canción, enchufado?
Apoyé la escoba contra los barrotes y entorné los párpados para ver dentro de la celda, pero lo único que intuí fue un bulto en el camastro.
– Sí, y lo supe mucho antes que los Beatles.
– Eso es lo que tú crees -se burló Charles Manson-. Los santos John y Paul lo sacaron de mí y tú lo sacaste de ellos. Causa y efecto. El karma que nos pasa factura. Ahora estamos los dos aquí. ¿Te mola la energía?
– Es una interpretación conveniente -me burlé a mi vez-. Háblame del Helter Skelter.
– Escucha el Álbum Blanco de los Beatles y lee la Biblia. Ahí está todo.
El bulto del catre cobró forma. Charlie me pareció viejo y frágil.
– Háblame del Helter Skelter -insistí.
Manson se echó a reír. Fue un sonido líquido, como si el Satán hippie estuviera babeando.
– Tú, yo, los parias de Dios en Harleys y en buguis del desierto. Los negros que se rebelan. La Tierra que vuelve a mí.
– ¿En tu celda acolchada?
– Hombre de poca fe -replicó, esta vez con un seco cloqueo-. Si conocieras el mensaje de los Beatles, no estarías aquí.
– Pues tú también estás.
– Es mi karma, enchufado. Es mi energía que me dirige hacia la gente que más necesita escuchar mi mensaje.
En la parte más profunda de mi bóveda de preguntas y respuestas se formó un interrogante y, antes de que pudiera volver al toma y daca verbal, formulé la pregunta:
– ¿Cómo es matar a alguien?
Manson se puso en pie y se acercó a los barrotes. Vi que no me llegaba a los hombros y que sus «hipnóticos» ojos oscuros tenían el brillo de un psicópata pasado de vueltas. Me habría gustado arrancárselos y pisarlos en el pasillo hasta hacerlos puré.
– Yo no he matado a nadie -dijo Charlie-. Soy el chivo expiatorio del poder.
– ¿De la «institución»?
– Exacto.
– Entonces, utiliza la mente para escapar de aquí.
– La cárcel es mi karma -replicó Manson con una carcajada-. Enseñar a esos presidiarios paletos y cínicos es mi energía. Dime, descreído, ¿qué sabes?
Me agaché para que mis ojos y los de aquel diminuto Satán estuvieran al mismo nivel. La Sombra Sigilosa saltó a mi mente haciendo movimientos pantomímicos que significaban APROVECHA ESTA OPORTUNIDAD. Con la voz más depuradamente fría que jamás hubiera adoptado, respondí:
– Sé que hay gente que mata y se lleva lo que quiere y nunca la detienen; y si la detienen, no justifica su fracaso con palabrería mística para seguir siendo grande y no echa la culpa a la sociedad porque reconoce el libre albedrío. Y sé que hay gente que mata con sus propias manos, que no manda a hippies colocadas a hacer lo que ellos no se atreven. Sé que la verdadera libertad es cuando lo haces todo tú mismo y está tan bien que no necesitas contárselo a nadie.
– Cerdo -bufó Charlie y me escupió en la cara. Dejé que el escupitajo se asentara, pasmado ante mi elocuencia, que parecía brotar por propia voluntad desde la nada profunda, como si aquella declaración, no las respuestas de Manson a mis preguntas, fuera lo que yo estaba esperando con la mente en blanco durante las últimas semanas.
Al ver que yo me quedaba inmóvil y que la saliva me bajaba por la barbilla en un reguero, Charlie se puso a cantar:
– «Hey Jude, no lo estropees, deja que el Helter Skelter lo mejore. Recuerda, haz salir de tu mente a la pasma…» [4]
La Sombra Sigilosa interrumpió la música superponiendo CÁSTRALO sobre la frente de Charlie. Recurrí a una profunda corriente de frialdad y dije:
– Me tiré a Flower y Season en tu casa del Strip. Eran unas putas de pacotilla y hacer proselitismo se les daba aún peor. Además, se reían de tu polla de grillo diciendo que no medía ni dos centímetros.
Manson se lanzó contra los barrotes y empezó a vociferar. Yo cogí la escoba y seguí barriendo el pasillo. 0 palmadas en la galería superior y alcé los ojos. Un grupo de boqueras aplaudía mi actuación.
[3] El personaje hace una adaptación de la letra de Revolution, de los Beatles. (N. de los T)
[4] Manson altera de nuevo la canción de los Beatles. (N. de los T)