El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Conseguí apartar de mí el vocablo y sus vertiginosas connotaciones durante semanas, hasta que, a primeros de octubre, una serie de cuerpos revolvió los viejos rescoldos y el destino aportó el viento que me empujó a un incendio arrasador.
Me dirigía en coche hacia el norte por la autopista Pacific Coast, al atardecer; me encaminaba a la salida de Topanga Canyon, en el Valle, e iba observando. Hacía un calor excepcional para la época y grupos de surferos llenaban la carretera asfaltada que corría paralela a la playa. Chicos y chicas, todos eran jóvenes y elásticos, y levanté el pie del acelerador involuntariamente. Un cuarteto me llamó la atención: dos chicos, dos chicas, todos esbeltos, todos morenos. Mi cabeza entró en modo preoperatorio y, de pronto, se quedó en blanco. No era capaz de improvisar con sus cuerpos y supe que se debía a que eran demasiado perfectos.
A pesar de todos mis esfuerzos, el bisturí mental no descendía y el cuarteto se hacía cada vez más elástico. Detrás de mí sonaron unos cláxones y advertí que me había detenido del todo y estaba estorbando el tráfico. Empecé a asustarme y busqué en el arsenal de mi cerebro el juego de cuchillos de acero mate con el que mutilar a los cuatro. Entonces, contra mi voluntad, lo moreno se hizo rubio y los chicos besaban a los chicos y las chicas a las chicas y un coche rozó mi parachoques trasero y el conductor gritó: «¿Dónde te han dado el carnet, capullo?»
Di gas por puro reflejo y el viejo Valiant avanzó por un concurrido cruce con el semáforo en rojo y casi se llevó por delante a una anciana que empujaba un cochecito de bebé. Aparté la vista de la calzada y la clavé en el retrovisor; el cuarteto perfecto había desaparecido. Volví al Valle conduciendo despacio, sabedor de que sólo era cuestión de tiempo que volviera a entrar, mirar, robar y correrme… a pesar del riesgo.
La oscuridad completa conllevó un aburrimiento espantoso. La única gente que rondaba las calles era fláccida y sencilla, indigna de mis maquinaciones, y el recuerdo de los bellos morenos/rubios -ellos y ellas- me invadió como un perfume mental. Pasé de las calles comerciales a las residenciales, perfectamente consciente de mi propósito último, y las casas ante las que circulaba estaban iluminadas brillante y uniformemente: bastiones de felicidad barata e incomprensible. No me quedaba más remedio que cenar, irme a casa y esperar un sueño sin sueños.
Me detuve en Bob's Big Boy, en Ventura Boulevard. En un reservado, cerca de la puerta, había una pareja atractiva y ocupé una silla del mostrador que me permitía verlos a los dos. Me encontraba en el proceso consciente de convertirlos en rubios cuando se levantaron y se dirigieron a la caja. Ocuparon su lugar dos hombres musculosos con ropa vaquera y el más alto de los dos se embolsó la propina. Mientras recogía las monedas, su mano se convirtió en la garra de un reptil; pronto, los dos tipos quedaron fijados en mi mente como lagartos guasones. Luego, el volumen de sus voces interrumpió mis juegos mentales y me puse a escucharlos:
– … sí, putas hippies auténticas. Hablo de chicas que lo hacen por gusto, porque disfrutan echando un polvo, más que por el dinero. Y baratas, además. Una de ellas, Season, me lo hizo por diez pavos por la mañana; la otra, Flower, ¿lo pillas?, sale aún por menos. Eso sí, tienes que escuchar sus zarandajas sobre el gurú al que adoran, pero ¿a quién le importa eso?
– ¿Y dices que rondan por el Whiskey todas las noches? ¿Que tienen un piso en el Strip y que estás toda la noche con ellas por diez pavos?
– No me extraña que no te lo creas, pero escucha: tienen una motivación desviada, o como se llame eso. Ésas hacen proselitismo para ese gurú, Charlie, y dicen que lo que ganan follando es para «La Familia». Y deberías ver el rancho donde viven; es una pasada.
– ¿Y las chicas están buenas?
– De primera.
– ¿Y lo único que tengo que hacer es ir al Whiskey y preguntar por ellas?
– No, tú vas y esperas tranquilo. Ya te buscarán ellas.
– Entonces, ¿qué coño hago aquí sentado con un tipo tan feo?
Sin saber que acababa de cruzarme con la historia, dejé un dólar en el mostrador y me largué al Strip y al Whiskey Au Go Go. El rótulo de neón anunciaba «La batalla de las bandas»: Marmalade contra Electric Rabbit; Perko-Dan & his Magik Band contra The Loveseekers. Escaseaban las plazas de aparcamiento libres, pero encontré un sitio en una estación de servicio, al otro lado de la calle. Consciente de que aquélla era una misión criminal, no un ejercicio de cirugía mental, llegue a la puerta, pagué la entrada y penetré en una oscura cueva donde imperaba un estruendo de muchos decibelios.
El rasgueo eléctrico amplificado era espantoso y no tenía nada que ver con la música; la oscuridad que lo envolvía todo, menos el escenario, resultaba tranquilizadora y un aliado inesperado: como no alcanzaba a distinguir a la gente que se apretujaba en torno a unas mesas del tamaño de cajas de cerillas, no habría cuerpos atractivos que me distrajeran de mi misión. Los seis rockeros que golpeaban guitarras violentamente bajo el fulgor de las luces estroboscópicas me obligarían a buscar a Season y a Flower: su «presencia escénica» era un frenesí de largas greñas, «rastas» fluorescentes y rociadas de fluidos corporales.
Me aparté de ellos, busqué una mesa vacía y tomé asiento. Una camarera se materializó, colocó una servilleta delante de mí y dijo:
– Tres copas mínimo, tres cincuenta la copa. Si quieres bebidas alcohólicas, tengo que ver algún carnet. Si quieres salir y volver a entrar, tendré que sellarte la mano.
– Ginger ale -dije. Le di un billete de cinco y escruté la oscuridad.
Al cabo de unos segundos, distinguí la silueta de la gente sentada. Decidí fijar la vista en un punto entre las mesas del fondo, con la esperanza de ver a Season y a Flower moviéndose entre ellas en sus afanes proselitistas. Me hallaba en mi mundo de pura concentración cuando noté una mano en el brazo y escuché una susurrante voz femenina. Me pilló desprevenido y las rodillas se me dispararon hacia arriba y golpearon la mesa, derribándola. La chica que me había hablado se apartó de un salto y vi que era encantadora, con el cabello negro hasta la cintura. Sonriendo, adopté un aura de invisibilidad psíquica y hablé en un tono de pura despreocupación, puro savoir faire.
– Acabo de llegar del Continent y allí todo es más acogedor y se está más a gusto. ¿No quieres tomar una copa conmigo?
Se quedó boquiabierta y su encanto se volvió fatuo.
– ¿Qué? ¿Quieres decir que aquí no estás cómodo?
– Sólo estoy cautivado -repliqué-. ¿No quieres sentarte?
– ¿Cautivado?-insistió ella y me dirigió una mirada entre despectiva y perpleja.
Un destello errante de la luz estroboscópica magnificó su boca; la chica estaba boquiabierta y mofándose a la vez. La mofa me recorrió de arriba abajo y, mentalmente, le corté los brazos a hachazos y los arrojé en dirección a la Electric Rabbit y sus gemidos desafinados. La chica murmuró «chiflado» y luego hizo un gesto a alguien que quedaba ami espalda y dijo: «¡Season, espera!»
Mis objetivos.
La chica se abrió camino entre las mesas del fondo hacia el rótulo que indicaba la salida. Titubeé y la seguí. Cuando llegó a la puerta, se reunió con otras dos siluetas; plantado a diez metros de ellas, vi que las dos llevaban el pelo largo, pantalones de cuero y chaleco. Estaba demasiado lejos para determinar su sexo y tuve que frenar mi bisturí mental antes de rasgarles los pantalones para averiguarlo. De repente, lo que aquel par tenía entre las piernas se convirtió en lo más importante del mundo. Me dirigía hacia la puerta cuando la chica del pelo negro volvió a zambullirse en el bullicio del club y la pareja de los pantalones de cuero empujó la puerta y salió a la calle.