El Asesino de la Carretera
- Автор: Эллрой Джеймс
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
Aquí trabajaba y escuchaba y sacaba el máximo provecho de mi invisibilidad protectora.
A los otros reclusos, manipular la carne les repugnaba, y procuraban mitigar el asco hablando sin parar entre ellos. De todos era sabido que se guardaban las mejores historias y planes criminales para las dos horas que pasábamos trajinando piezas de ternera y cerdo. Las sacábamos de los camiones y las metíamos en las cámaras frigoríficas que se encontraban a unos ciento cincuenta metros del muelle de descarga. Con el uniforme manchado de sangre, con la grasa y el cartílago resbalándome en las manos, absorbí relatos de buen sexo e hilarantes desventuras sexuales; aprendí a hacerle el puente a un coche y a procurarme una variedad de identificaciones falsas. Mientras contaban las historias, yo asentía y me reía y, como siempre me esforzaba cargando las piezas más pesadas, nadie notó que no tenía historias que contar.
Mujeres, camas y coches rápidos.
Técnicas para mangar en las tiendas.
Los precios del momento de cada droga.
Detalles pornográficos de mujeres antaño amadas y luego despreciadas.
Suspiros de añoranza por mujeres aún amadas.
Cómo aprovecharse con éxito de los homosexuales a cambio de favores.
Todo esto me llegó mientras forzaba el cuerpo hasta el límite y la sangre de los animales muertos me chorreaba por los pantalones. Sabía que las historias que oía se incorporaban a las mías hasta formar parte de mi memoria, y que debido al ritual de esfuerzo/dolor/carga/sangre/aprendizaje que me las proporcionaba, todos estos relatos me pertenecían más a mí que a los hombres que las habían vivido. Y cuando ya habíamos descargado el último camión del matadero, me quedaba un rato en el muelle, dejando que el cálido otoño de Santa Ana caldeara la pátina escarlata de mi cuerpo.
En cierto modo, Descarga y Limpieza me otorgó el cuerpo que tengo.
Mis ejercicios en el gimnasio habían sido el inicio, y así había pasado de flaco a esbelto, pero las primeras seis semanas en D y L añadieron envergadura y definición muscular, proporcionándome la simetría de un hombre corpulento. Gracias al esfuerzo de cargar constantemente bolsas de la lavandería de quince kilos, los músculos de las muñecas abultaban el doble que antes, y, cuando me agachaba para levantar pesos de setenta kilos, se me formaba una cuña de duras ondulaciones en la parte baja de la espalda. Cargar medias terneras me engrosó el pecho y me acordonó los hombros; los brazos, de tanto arrastrar, tirar y levantar, se me endurecieron hasta el punto de que una aguja no podía penetrar fácilmente en el músculo. Al cargar con los sacos de la colada, estudiaba con disimulo los otros cuerpos que trabajaban a mi lado. Todos eran fuertes, pero predominaban las tripas cerveceras y unos feos tórax en forma de barril. El mío era casi el más perfecto y, para cuando me soltaran, aún estaría mucho más cerca de la perfección.
Después del trabajo y de una larga ducha en soledad, escuchaba a los hombres que jugaban a las cartas en el pasillo y luego me retiraba a mi celda a leer los textos del libro de imágenes de los nazis. El tema no me interesaba, pero la yuxtaposición del horror gráfico y los gritos desde el pasillo me resultaban, en cierto modo, tranquilizadores. Más tarde, después de la cena y de que nos encerraran en la celda, pasaba de la observación y la invisibilidad a los rituales de afirmación.
Cuando las puertas de la celda se cerraban, me desnudaba e imaginaba un espejo de cuerpo entero enfrente de los barrotes. Me palpaba el cuerpo en busca de musculatura nueva y cotejaba mentalmente la información práctica criminal con las anécdotas sexuales que había oído. Al cabo de unos minutos, se dejaban oír otros rituales: el crujido de los muelles de las literas a cada lado de las paredes de la celda me indicaba que habían empezado las fantasías y las caricias. De allí, yo pasaba directo a las historias que se contaban cuando cargábamos carne, adoptando el papel de hombre y de mujer, alternativamente. Cuando hacía de hombre, utilizaba el nombre de Charlie. El proceso era como usurpar los recuerdos de los demás y cargarme con unas experiencias que no había tenido nunca, a fin de volverme más impenetrable por no haberlas tenido. A medida que los ruidos de los camastros se intensificaban, también lo hacían mis pasatiempos. Cuando interpretaba el papel de Charlie, siempre me corría sin tocarme, contemplando mi propia imagen especular en la negrura.
El 2 de diciembre, descubrí quién era Charlie y mi autocontención saltó por los aires, hecha pedazos.
Los titulares del Times y del Examiner pregonaban la noticia: Charles Manson y cuatro miembros de su «familia» habían sido arrestados y acusados de los asesinatos de Tate-LaBianca. Manson, conocido por sus seguidores como «Charlie», dirigía una «comuna hippie» en el rancho Spahn, un plató de cine casi abandonado del Valle, y presidía orgías nocturnas de droga y sexo. Las declaraciones que habían hecho las tres integrantes femeninas del «escuadrón de la muerte» de Manson indicaban que habían perpetrado los asesinatos porque deseaban crear alarma social, una revuelta que finalmente llevaría al Juicio Final, lo que Charlie denominaba el «Helter Skelter».
Estaba tomándome un respiro en el muelle de la lavandería cuando leí esos primeros artículos y, al ver los recuerdos de mi pasado reciente en los titulares de la prensa, temblé de pies a cabeza. Vi a los dos payasos del restaurante y oí que uno de ellos decía: «Ésas hacen proselitismo para ese gurú, Charlie, y dicen que lo que ganan follando es para "La Familia". Y deberías ver el rancho donde viven; es una pasada»; Flower gritaba: «¡El Helter Skelter se acerca!»; y Season describía como «un sabio, un chamán, un sanador y un metafísico» al hombre que el Examiner calificaba de «manipulador ex presidiario de oscuros ojos hipnóticos».
– ¡Vuelve al trabajo, Plunkett! -gritó el boqueras de D y L.
Después de leer el último párrafo, que prometía fotos del «salvador de culto satánico» en la siguiente edición, obedecí. Esa tarde, mientras descargaba la carne del matadero, era incapaz de asimilar las anécdotas que contaban los compañeros y mi cuerpo se revolvía con un único pensamiento: Charlie Manson tenía los ojos oscuros, como yo. Dada aquella coincidencia, ¿el parecido aumentaría o se desmoronaría?
La edición nocturna del Times de Los Ángeles me daba la respuesta. Charles Manson era un tipo pusilánime de treinta y cuatro años y poco más de metro y medio; de cuerpo fláccido y pecho hundido; con una barba enmarañada y el cabello largo de aspecto grasiento. Al estudiar sus fotos, me sentí aliviado y decepcionado, y no comprendí el motivo de aquella ambivalencia. El artículo sobre el historial de Manson sólo aclaraba ligeramente mis sentimientos: era un ex presidiario que había cumplido varias condenas por proxenetismo, falsificación, posesión de drogas y robo de vehículos. Se había pasado media vida en distintas prisiones. Aquello no me inspiró más que desprecio: un recorrido por las cárceles, aprovechado para aprender las habilidades de la vida al margen de la sociedad, podía considerarse aceptable; varios, indicaba una institucionalización autodestructiva. Empecé a preguntarme adónde me llevaría aquel hombre.
Durante una semana, me llevó a una montaña rusa de frustración y análisis de mí mismo.
Manson se convirtió en el tema de conversación principal de la cárcel y los presos de confianza de D y L tenían opiniones diversas. Unos lo consideraban «un psicópata total», mientras que otros admiraban su dominio sobre las mujeres y su estilo de vida de drogas y violencia. Yo permanecía al margen de las discusiones y los escuchaba, sobre todo, por lo que decían de los adeptos, pero intentaba limitar mi consumo de Manson a los hechos que podía entresacar de la prensa. Dejando aparte las expresiones de indignación que plagaban cualquier artículo sobre Charlie y su Familia, compuse un tratado que parecía sensato en cuanto a los hechos se refería.