Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Asesino de la Carretera
El Asesino de la Carretera - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
1 ... 8 9 10 11 12 13 14 15 16 ... 70
Перейти на страницу:

Se trataba de una improvisada agenda de clientes, sus números de teléfono, las fechas de las citas ya concertadas y una lista de las otras chicas que la «confidente-terapeuta», Carol Ginzburg, «controlaba», junto con los números y los teléfonos de los puteros y notas sobre si la «cita» tendría lugar en un motel, en el piso del cliente o en el apartamento de la propia muchacha. En resumen, aquello era una fuente de información extraordinaria sobre posibles sitios donde mirar y robar y, en el caso de las «citas» ya concertadas, me brindaba la posibilidad de hacer incursiones de reconocimiento del terreno antes de que se produjera el encuentro.

Con la determinación de la Sombra Sigilosa, me dispuse a escribir mi propio cuaderno de notas. Primero, utilicé las Páginas Blancas normales de L. A. y la guía policial «inversa» de números de Walt Borchard. Compilé una lista de las direcciones que correspondían a los números de teléfono y luego, un fin de semana en que el tío Walt salió de la ciudad en una excursión de pesca, simulé un robo con escalo en el garaje trasero y le robé el resto de herramientas de ratero, el cortacésped y un montón de números del National Geographic que, supuestamente, tenían cierto valor. El cortacésped y las revistas los tiré al embalse de Silverlake. Las herramientas las envolví en hule y las metí en un tronco de árbol hueco a dos manzanas de distancia.

A continuación, realicé una serie de misiones de reconocimiento.

Carol Ginzburg y «sus chicas» se encontraban cada domingo para tomar el brunch en el café Carolina Pines, de la esquina de Sunset con La Brea, y en su cuaderno de notas lo calificaba de «charla de chicas». Escuché furtivamente tres de sus sesiones y estudié a las muchachas. Eliminé a «Rita» «Suzette» y «Starr» porque eran unas busconas estúpidas y aprobé a «Danielle», «Lauri» y «Barb», considerándolas aceptables para constituir un tercio de la fusión del trío. Lauri era muy atractiva, alta y majestuosa, con el cabello rubio miel y acento escandinavo. Decidí que, en primer lugar, la seguiría en sus salidas a domicilio, cartografiaría el territorio y puliría mis habilidades de ratero.

Lo hice todo de una manera muy metódica. Lauri tenía una cita en Coldwater Canyon cada tres miércoles. Al inspeccionar la casa, ésta me pareció inexpugnable, con una alarma conectada a la comisaría de policía, y la taché de la lista. También tenía una cita mensual los lunes en una de las zonas menos elegantes de Beverly Hills; las ventanas eran pan comido y junto a las alcobas había abundantes setos que ofrecían un lugar perfecto para esconderse. Aquél sería el «golpe» número uno, el 7 de agosto de 1968.

Y así seguí con el resto de la lista. Primero, las citas de Lauri, después las de Barb y, por último, las de Danielle. Las tres chicas vivían en la plantación rosa de Carol Ginzburg, por lo que no sería conveniente actuar cuando recibiesen en su casa, ya que no podía correr el riesgo de repetir robos en el mismo edificio. Además, algunos de los pisos de los clientes estaban muy a la vista y protegidos contra ladrones, así que tuve que eliminarlos. Al final, me quedé con una lista de diecinueve «probables», todos previamente inspeccionados y marcados en el calendario; unos robos en citas de amantes que, si todo salía bien, me durarían hasta enero de 1970. Por otra parte, yo contaba con un dispositivo a prueba de fallos. Si la policía era alertada de una serie de robos en lugares donde trabajaban las putas, yo me contaría entre los primeros en saberlo.

De día, mientras esperaba que llegara el siete de agosto, mi vida transcurría como siempre: trabajaba en la biblioteca, pasaba películas mentales y anhelaba la invisibilidad psíquica. En cambio; de noche, trabajaba en mi escondrijo, un cobertizo de mantenimiento abandonado que había descubierto en lo más hondo de los bosques de Griffith Park. Al resplandor de una lámpara de arco alimentada con pilas, me familiaricé con el tacto de las seis ganzúas del juego de herramientas y aprendí cómo cedía imperceptiblemente la cerradura cuando las insertaba y las movía en su interior. Compré docenas de cerrojos nuevos de acero mate de varias marcas en las ferreterías y aprendí a neutralizarlos. Practiqué con la ventosa en ventanas y corrí por las oscuras colinas del parque para mantenerme en forma, por si tenía que salir por piernas de alguna de las casas de las citas. Llegué a creer que mi primer año de ratero había sido una mezcla increíble de azar, alarde imprudente y la suerte del principiante. Antes había sido un viajero infantil. Aspiraba a convertirme un artesano consumado.

7 de agosto de 1968

La anotación en la libreta de citas de Carol Ginzburg decía las nueve de la noche, por lo que me puse en marcha hacia Beverly Hills a las siete y media, por si al final se hacía necesario un replanteamiento de última hora. La noche era calurosa y sofocante, bochornosa. Aparqué en un espacio de pago de Wilshire, a tres manzanas de mi objetivo, y caminé hasta allí adoptando el paso despreocupado de quien tiene todo el tiempo del mundo y nada que temer. En Charleville con Le Doux vi la casa del señor Murray Stanton, iluminada como un árbol de Navidad de pura expectación ante una noche caliente con Lauri. Al pasar por la acera junto a la calzada de acceso, oí zumbar a todo trapo el aparato de aire acondicionado montado en la ventana. Me acerqué con disimulo y corté el cable en el punto donde salía de la ventana y entraba en el aparato. Me agaché y admiré mi trabajo. El cable estaba deshilachado y la rotura parecía natural. Entré en el patio trasero y me acurruqué a esperar detrás de un rosal.

A las ocho y veinte, oí una voz masculina que farfullaba: «Mierda»; al cabo de unos segundos, se abrieron unas ventanas en ambos lados de la casa y vislumbré la silueta de Murray Stanton. De lejos, podía pasar por la Sombra Sigilosa.

A las nueve en punto sonó la campanilla de la puerta principal. Me puse los guantes, cerré los ojos, pasé películas mentales y conté hasta quinientos, todo ello simultáneamente. Entonces me acerqué a la ventana más distante del dormitorio, me impulsé apoyándome en el alféizar y me colé en la casa a oscuras.

Unos gritos de éxtasis me dirigieron hacia la puerta de la alcoba. Vi que estaba cerrada, pero no con llave, y que salía luz por debajo. Me figuré que los amantes tendrían los ojos cerrados y abrí la puerta un par de centímetros, empujándola con el pie.

Murray Stanton estaba encima de Lauri, taladrándola, y la plaga de acné enquistado de su espalda era un insulto para la Sombra Sigilosa. Lauri, alta, rubia y majestuosa por lo que se veía de su cuerpo, examinaba una fotografía enmarcada que había cogido de la mesita de noche y tenía la otra mano apoyada en el hombro cubierto de granos de Stanton, con los dedos separados como si temiera que las pústulas fuesen contagiosas. La que gemía era ella, y resultó que era muy mala actriz; el momento culminante de su actuación fue cuando dejó la foto para rascarse la nariz. Era tan guapa que podía ser Lucretia, pero me recordaba a otra persona, a alguien fuerte y nórdico enterrado en un profundo compartimento de la bóveda de mi memoria.

Continué mirando sin excitarme. Al cabo de un rato, Lauri dejó de gritar y se mordió las uñas de las dos manos. Los movimientos de Stanton se volvieron más frenéticos y, jadeante, el tío farfulló: «¡Voy a correrme! Di: "¡Qué grande la tienes! ¡Es tan grande que me hace daño! "»

Lauri pronunció las palabras, procurando contener una risita. Cualquiera, excepto una suerte de cerdo lleno de acné en el momento de llegar al orgasmo, habría notado el tono satírico de su voz. Regresé a la sala y la Sombra Sigilosa, que caminaba a mi lado, me dijo: «Roba, roba, roba.»

Ya en la sala, obedecí. Me disponía a coger una cartera que había encima de una mesita de café cuando recibí un mensaje mental impreso con sorprendente claridad: «No, mejor no la robes, porque el cerdo del acné echará la culpa a Lauri y entonces nunca averiguarás quién es ella.»

1 ... 8 9 10 11 12 13 14 15 16 ... 70
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)