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El Asesino de la Carretera

Электронная книга - «El Asesino de la Carretera». Краткое содержание книги:

Martin Plunkett ha sembrado Estados Unidos con un rastro de muertes. Cuando el FBI consigue darle caza, decide confesar sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Así, escribe sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado.
Nacido en Los Ángeles en los años cincuenta, su adolescencia es extraña y compleja, hasta el punto de que, en cierto modo, acaba provocando el suicidio de su madre. A raíz de este suceso, queda bajo la tutela de un oficial de policía, de quien aprende justo lo que no debía: el oficio de ladrón. Martin tiene una inteligencia extraordinaria y cierta tendencia al aislamiento, por lo que va construyendo sus obsesiones mientras continúa con los atracos. Tras pasar un año en la cárcel, comete su primer asesinato.
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Los seguí.

Cruzaron Sunset con un correteo andrógino, captados por un aparato de rastreo de acero que me tenía ajeno a todo lo demás que me rodeaba. Apenas me di cuenta de que estaba cruzando entre los coches, de que sonaban las bocinas y chirriaban los neumáticos. Continué el seguimiento; mantuve activada mi visión en túnel. Cuando dejé atrás la calle y delante de mí acechaba la oscuridad residencial, un coche que daba la vuelta iluminó a mis presas. Vi que eran macho y hembra, los dos de constitución delgada; el bigote del joven era el único rasgo distintivo. Mi aparato de rastreo se desconectó y, en su lugar, se encendió un aviso de «Alerta».

Me detuve e inspiré profundamente; la pareja de los pantalones de cuero dobló la esquina y subió la escalera lateral de un edificio de apartamentos de estuco rosa cuyas puertas, situadas a lo largo de un corredor, quedaban a la vista. Season abrió la tercera desde el fondo y encendió una luz; después, indicó al hombre que entrara. Cuando cerró la puerta, la luz se apagó de inmediato. No había usado la llave para abrir; muy probablemente, tampoco la había echado después.

Esperé durante veinte minutos, dolorosamente largos. Después, subí y me acerqué a la puerta. En el fondo de mis ojos se encendió un «Alerta» de neón rojo. Pegué la oreja a la superficie de contrachapado y agucé el oído, Salvo el crepitar de la electricidad que me recorría el cuerpo, no oí nada, así que entré.

El apartamento estaba completamente a oscuras y la mullida moqueta parecía incitarme a que, despacio, me adentrara en él. Las paredes daban la impresión de abrazarme y el aire viciado resultaba acogedor. Cuando mis ojos empezaron a distinguir detalles, los muebles baratos de formica y hierro forjado no se me antojaron estériles: cobraron vida como objetos pertenecientes a una gente a la que deseaba conocer. El calor del hueco entre las cuatro paredes se instaló en mi núcleo físico, sofocando el rótulo de Alerta. Delante de mí, exactamente, vi un pasillo corto y un vano de puerta con una cortina de sartas de cuentas. Tras ella reposaba la oscuridad, pero yo sabía que ésta no me impediría ver. Avancé de puntillas hasta la última barrera que me separaba de los amantes.

Del otro lado me llegaron gemidos, risillas y grititos de placer. Aparté las cuentas y forcé la vista hasta que me dolieron los ojos, lo cual me permitió distinguir luces y sombras en unos tobillos entrelazados; cuando inspiré, reconocí el olor de la marihuana. Los ruidos amorosos se hicieron más intensos y las palabras que pude distinguir -«¡sí!», «¡dale!» y «¡ven!»- venían de voces vulgares. Aquello me consternó y un aire gélido empezó a filtrarse en mi útero sensual. Para aislarme del frío, me quedé mudo y atisbé por entre las cuentas. Vi a dos mujeres que se frotaban la una contra la otra y las chispas que producía la fricción cuando sus pezones se rozaban; vi a dos hombres, unidos entrepierna con entrepierna, cuyas extremidades entrelazadas ocultaban el punto de unión. Luego, los cuatro se fundieron en uno y me perdí intentando ver quién había allí. Entonces, agarrando con fuerza las ristras de cuentas, me corrí.

Asombrosamente, no me oyeron. Me quedé inmóvil como una roca, rodeado de calor y bombardeado por una serie de rótulos de Alerta con las letras cambiadas de orden, o ausentes. Era como si una dislexia completa intentara empujarme, de un modo u otro, a algún acto diabólico e irrevocable. Me quedé quieto, quietísimo, y entonces oí por vez primera la voz de Season.

– Sólo es el viento, que mueve las cuentas. ¿No es bonito?

– Más bien inquietante -respondió el amante.

– Es la naturaleza. -Season suspiró-. Charlie dice que, después del Helter Skelter, [1] cuando todas las grandes empresas hayan desaparecido y la tierra vuelva a ser de la gente, las cosas producidas por el hombre y la naturaleza funcionarán juntas en perfecta armonía. Lo dicen la Biblia, los Beatles y los Beach Boys, y Charlie y Dennis Wilson están haciendo un disco al respecto.

– Llevas bien metido en la cabeza a ese tal Charlie.

– Es un sabio. Es chamán y curandero, metafísico y guitarrista.

El amante emitió un bufido de mofa y Season cantó unas frases de Revolution:

– «Dices que quieres una revolución; bueno, ya se sabe, todos queremos cambiar el mundo.» [2] Charlie llama a eso el Evangelio según los santos Paul y John.

– ¡Ja! ¿Quieres oír el Evangelio según san Yo?

– Pues… Sí, claro.

– Entonces, toma nota: buena comida, buena droga, buenas vibraciones y buena jodienda. Y si alguien se entromete, carga, apunta y dispárale entre los ojos.

– Y muerte a la pasma.

– En mi caso, no; mi padre es policía. ¿Qué dice Charlie de la reanudación instantánea del juego?

– ¿A qué te refieres?

– Ven aquí y te lo explicaré.

Season soltó una risilla. Noté que la atmósfera se calentaba detrás de la cortina de cuentas y salí del útero antes de que el calor se adueñara de mí.

Aquella noche, mis sueños fueron un compendio.

Estaba sin brazos ni piernas. Me perseguía un fantasma llamado Charlie y quise ver por qué unas chicas guapas hablaban de él cuando acababan de hacer el amor con otro, por lo que me dejé atrapar y solté un grito al ver que la cara de Charlie era un espejo que reflejaba, no mi rostro, sino un collage de órganos sexuales destrozados. Walt Borchard se burló de mi grito y, acto seguido, me metió unos billetes de cien dólares en la boca para que no lo repitiera. Mi madre cogió el dinero y, con él, intentó hacerse un torniquete en los brazos cubiertos de cortes. Mi padre brindó por un hongo nuclear que se elevaba sobre el centro de L. A. Consciente de que el silencio total me salvaría, me cosí los labios con grapas de acero mate y accioné una serie de mecanismos externos que impedirían que mis sinapsis mentales chisporrotearan. Empecé a sentirme inexpugnable e intenté reír. No me salió sonido alguno y un nuevo tropel de enemigos con espejos en lugar de caras se acercó a mí, empuñando grandes llaves de metal que abrirían mi voz, mi cerebro y mi memoria.

Desperté al amanecer, con sensación de asfixia y buscando aire afanosamente. Había reventado la almohada a mordiscos y tenía la boca llena de algodón y gomaespuma. Lo escupí todo y respiré hondo; de inmediato, tuve un ataque de tos. Intenté levantar el brazo derecho para restregarme los ojos, pero no noté sensibilidad en el lado derecho del cuerpo.

«No, por favor», gemí. Mandé una orden a la pierna derecha para que diera una patada. El pie golpeó el suelo, lo cual me dijo que no me habían amputado aquella parte de mí. Los dientes me castañeaban y ordené al brazo: «Agarra, tira, rasga, sopesa, cobra vida.» Bajo la sábana hubo un ligero movimiento y mi mano se despegó de la pared de la cabecera de la cama. Tenía los dedos cubiertos de mortero y sangre y observé el agujero que mi pesadilla había excavado. Los bordes, perfectamente perfilados, atrajeron mi atención como jeroglíficos de una caverna. Los contemplé hasta que la mano recuperó la sensibilidad y me desmayé de dolor.

Pasé el día como zombi: dormí, me levanté para ir al baño y mojarme la mano, volví a dormir. El dolor de los dedos era una prueba de que yo seguía existiendo como máquina en funcionamiento y cuando desperté del todo, al atardecer, supe qué debía hacer. Después de quitarme los últimos restos de yeso de las uñas, volví en coche al útero a esperar a los cuerpos más perfectos que pudiera darme.

Aparcado junto al bordillo cerca del edificio de estuco rosa, esperé. A las 7.00, Flower y Season dejaron el apartamento y se dirigieron caminando al Strip; a las 8.19, Flower regresó en compañía de un hippie con aire de roedor. La combinación de la inanidad de la chica y la carne fláccida y colgante del roedor gritaba «no». Continué la vigilancia.

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[1] Charles Manson utilizó esta canción de los Beatles para inspirarse durante sus rituales satánicos antes de asesinar. (N. de los T)

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[2] De la canción de los Beatles. (N. de los T)

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