El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Esa noche, en la habitación que compartíamos, tomé libreta y bolígrafo y la interrogué. Me relató con pelos y señales todo el proceso que vivió a su llegada a la casa un día antes. Al parecer, la misma Elena, antes de sufrir una crisis nerviosa, tuvo el valor y la sangre fría suficientes para tomar a la pequeña Diana en brazos, meterla en su cuna, cubrirla con la sábana y formular un conjuro de sueño para su marido. Bajo ningún concepto un mortal podía ver a la pequeña deformada. Pero su ofuscación le hizo olvidar al niño, a su hijo Roc.
Cuando Karen llegó con su madre, la doctora Bauman, encontraron al pequeño en el suelo de la cocina, muerto de frío, mirando fijamente el horno y repitiendo una y otra vez: «Mala, mala».
– Yo misma -me explicó Karen- lo envolví en una manta, le di una taza de caldo caliente y lo arrullé para que se durmiese, pero estaba tieso como un palo y me miraba fijamente con sus ojos negros, como si quisiese taladrarme. Repetía: «Mala, mala».
Me impresionó mucho esa reacción del pequeño y me prometí hablar con él al día siguiente.
Karen continuó con sus explicaciones y así me enteré de cómo actuaban las médicas Omar para borrar los indicios de la intervención de una Odish, antes de que los cadáveres se hinchasen horriblemente y se llenasen de llagas purulentas. Bauman y Karen maquillaron a la pequeña y se la mostraron al padre, que creyó ciertamente que había fallecido por muerte súbita, durante el sueño. Luego, tras el papeleo, se la llevaron. Karen me confirmó que, además de desangrada, tenía quemaduras en la cabecita, como si el cráneo hubiese sido introducido en el horno. Algo realmente espeluznante. Karen murmuró un detalle al que intenté restar importancia:
– Mi madre dijo que ése era el ritual fenicio del sacrificio de bebés. Los introducían en un horno antes de desangrarlos.
Tomé nota de su comentario con manos temblorosas y Karen continuó su relato.
Parece ser que Elena, la madre, aguantó y aguantó estoicamente limpiando la casa para recibir a las visitas y preparando comida para agasajarlas. La fortaleza de Elena llegó al límite y, cuando estaba ya cercana al derrumbamiento, llegó su hermana y le preparó el brebaje que la hizo dormir durante más de diez horas seguidas. Despertó sin recordar a Diana. Su hijita había desaparecido de sus recuerdos. La hermana de Elena rogó a su marido que no volviese a nombrarla, ya que el olvido, para la madre, era una forma de sobrevivir y que Elena juraría y juraría que nunca había tenido una hija. El marido accedió y Elena pasó página en su vida de madre, como tantas y tantas Omar que perdieron a sus bebés. Ni siquiera acudiría al entierro.
– Entonces Elena no me podrá ayudar.
– Ni se te ocurra interrogarla.
– ¿Y el hermanito? ¿Y el pequeño Roc? -pregunté.
Karen se compadeció.
– Nadie le dio el brebaje, nadie le hizo demasiado caso. Ni siquiera su madre. Es muy chiquitín y a esa edad no hablan todavía, ni comprenden.
– Pero -deduje- es el único que sabe qué ocurrió.
Me propuse hablar con el niño al día siguiente y conocer a esa madre tan valiente, que había perdido a su hija, pero no había perdido la entereza.
Quise ir a dormir y soñar con Gunnar, pero Karen era muy charlatana y estaba encantada de conocer a otra loba de su misma edad y, para más honor, hija de la gran Deméter, la nueva jefa de la confederación de tribus de Occidente. ¡Y pensar que a mí me era del todo indiferente el cargo de mi madre!…
Karen me distrajo de mis recuerdos de Gunnar explicándome infinidad de anécdotas sobre su vida junto a su madre. Me habló de los muchos lugares donde había vivido. Claro que yo no me quedaba a la zaga. Nací en Olimpia, me crecieron los dientes en Heraklion, pasé mi infancia en Pompeya, crecí en Taormina, me hice mujer en Granada e inicié mis estudios en Barcelona. Teníamos muchos rasgos en común en nuestra biografía. La gran diferencia entre ambas era que Karen recordaba su infancia como algo único, irrepetible, feliz. Estaba orgullosa de ser una Omar y quería continuar siéndolo y vivir como su madre, de origen germano, que también había recorrido media Europa itinerante, nómada, aunque siempre vinculada a las montañas donde aullaban las lobas las noches de luna llena. Como en Ordino, un pueblecito de Andorra, donde pasó la adolescencia y de donde guardaba sus mejores recuerdos.
Lo que son las casualidades: Ordino era el pueblo de Meritxell. Le pregunté, pero la respuesta de Karen me dejó atónita.
– ¿Meritxell Salas dices? No, no la conozco.
Creí que me tomaba el pelo.
– Es delgada, rubia, ojos cambiantes, irisados, muy dulce. Pinta y está estudiando Bellas Artes.
– No, no la conozco -insistió Karen.
– Ha vivido siempre ahí, en Ordino. Su padre es viudo y muy rico. Tiene una gasolinera y una tienda de electrodomésticos.
– Imposible. Vuelvo a menudo porque dejé buenos amigos. El dueño de la única gasolinera de la zona se llama Camps y tiene setenta y nueve años y tres hijos solteros. Y en Ordino no hay ninguna tienda de electrodomésticos.
Callé por si acaso. A lo mejor me había confundido de pueblo, aunque estaba segura de haber oído ese nombre en boca de Meritxell.
Antes de dormirnos Karen me hizo una confesión:
– ¿Sabes? Me falta algo.
– ¿El qué?
– Una amiga que comparta mis secretos conmigo. Una loba de mi edad que sepa lo complicado que es ser bruja.
– Ya, te entiendo. A mí también me pasa.
Y era cierto. Pero mi deseo no era tener una amiga. Mi deseo era amar a Gunnar siempre.
– ¿Te puedo pedir algo?
– ¿Qué?
– Ser tu amiga.
No respondí de inmediato. Últimamente las amistades me comprometían demasiado. Pero Karen era muy sincera y temí ofenderla si no respondía.
– Vivimos demasiado lejos, estudiamos carreras diferentes.
– Da lo mismo. Podemos compartir un sueño.
– ¿Cuál?
– Reunimos de mayores aquí, en Urt, en esta casa.
Me hizo gracia.
– ¿En esta casa?
– Está en venta, y a buen precio. ¿No te parece preciosa?
Me lo parecía, pero me reí.
– ¿Piensas comprarla?
– ¿Por qué no?
A lo mejor era cierto, a lo mejor necesitaba una amiga loba que compartiese conmigo mis cuitas.
– Por qué no -respondí.
Y nos dormimos. Creo recordar que soñé que Gunnar y yo vivíamos en la morada del vizconde, porque nos calentábamos las manos en la lumbre del hogar y yo acurrucaba mi cabeza sobre su hombro y le escuchaba contarme la historia de una sangrienta saga islandesa en la que una valerosa mujer vengaba a su padre y a sus hermanos sacrificando a su propio hijo por cobarde. Recuerdo también que en una cuna, junto a nosotros, había una niña llamada Diana. Y lo más sorprendente era que la pequeña Diana era nuestra hija, de Gunnar y mía, y aún estaba viva. Me desperté llorando.
El pequeño Roc tenía en efecto unos ojos grandes, negros y ardientes como las brasas de un carbón encendido. Me miraba con fascinación. Me escuchaba preguntarle una y otra vez qué había pasado con su hermanita. Pero el niño me tocaba el pelo con las manos gordezuelas y callaba.
Decidí reproducir la situación. Le tomé de la mano y lo conduje hasta la cocina. No quería entrar. Se quedó clavado en la puerta negando con su cabecita. Me dio mucha pena, pero tenía que hacerlo. Le cogí en brazos y entré con él. La expresión de su cara al mirar dentro fue indescriptible. Luego, al ver el mármol vacío, señaló con su dedito al horno.
– Mala, mala, vete, mala -gritó valientemente.
Me sorprendió su contundencia y aproveché para acribillarlo a preguntas:
– ¿Quién cogió a tu hermanita?