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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Yo estaba en el ojo del huracán. Había sido el inicio de todo y, desgraciadamente, había sido también testigo de su existencia. En aquellos momentos los únicos seres que compartíamos el secreto del retorno de Baalat éramos el pequeño Roc y yo.

Baalat, la Odish que adoraron los fenicios y que según las crónicas fue decapitada, quemada y destruida en Cartago, junto con la ciudad, por orden de Escipión, había reunido fuerzas para regresar.

No podía borrarme de la cabeza esa frase cargada de amenazas: «Regresaré para concebir a la elegida».

La elegida de la profecía que esperaban ansiosamente las Omar…, ¿podría ser una hija de Baalat? ¿Podría Baalat concebir y dar a luz a una hija?

Me estremecí de miedo. Nadie más conocía los propósitos de Baalat y yo tendría que informar exhaustivamente a Deméter sobre el caso. ¿Me había enviado por ese motivo y castigó mi imprudencia convirtiéndome en testigo de ese suceso terrible…? Pero aún no sabía la sanción que me impondría por haber actuado tan irresponsablemente… Y eso que mi madre ni siquiera sabía que, vestida con la túnica de Baalat, embrujé a Gunnar y le di a beber un filtro de amor.

Y entonces lo comprendí. Actué como lo hice bajo el signo de la diosa. ¡Mi amor por Gunnar estaba maldito!

Lloré de rabia y tuve miedo. Mi instinto me avisaba de que las desgracias que yo desataba sólo habían comenzado.

¿Por qué? ¿Por qué no podía ser simplemente una estudiante enamorada?

Mi condición de bruja me pesaba como una losa. Mis obligaciones con la tribu y el clan me parecían condenas eternas. Porque yo era, y lo sé, diferente a muchas otras. Yo era caprichosa e inmediata, y la magia que me confería el poder de la brujería era mala compañera para mi egoísmo. No, yo no tenía madera de mártir ni quería sacrificarme. Si ser bruja significaba eso, prefería ser una mortal sin poderes.

Me ocupé personalmente de atravesar el corazón de la serpiente, trocear su cuerpo, pronunciar un conjuro de purificación y quemarlo. Cuando de la víbora no quedaron más que cenizas, Elena, maternal, cariñosa y agradecida, me obligó a comer un enorme plato de cocido. Fue el plato de comida más amargo que probé en mi vida. El plato que me ofrecía una madre cuya hija había muerto por mi culpa. Me prometí que si tenía una hija honraría a la buena de Elena dándole el nombre de su niñita.

Y luego yo misma, sin decírselo a nadie, preparé el brebaje del olvido y se lo di a beber al pequeño Roc para aliviar sus recuerdos. Fueran cuales fueran sus pesadillas, se desvanecieron.

Tras el triste entierro, regresé a Barcelona con la libreta repleta de notas y el corazón encogido por la culpa.

No quería ver a Deméter. Lo único que quería era olvidarlo todo y refugiarme en brazos de Gunnar.

Odiaba ser una Omar. Aborrecía el dolor de las Omar, su sacrificio, su sufrimiento y solamente aspiraba a ser una mujer de carne y hueso, con amor, con trabajo, con casa, con hijos y sin miedo a perderlos.

* * *

Selene se detuvo en una gasolinera a repostar y aprovecharon para ir al baño y tomar un café. Anaíd, impresionada, no podía digerir toda la información que su madre le acababa de dar y estaba impaciente por acribillarla a preguntas.

– ¿Elena tuvo una hija?

– Eso acabo de explicarte.

– Pero ella dice que no puede tener niñas, que está incapacitada, que sólo concibe niños.

– No recuerda nada. Su hermana le dio la poción del olvido. Es la única forma de que las madres Omar superen el pánico a perder sus bebés.

– Tiene que ser horrible.

– Sí, es lo peor que le puede suceder a una bruja Omar.

Anaíd no lograba quitarse de la cabeza a Roc, sus ojos negros, ardientes.

– ¿Y Roc vio cómo asesinaban a su hermanita?

– Eso supongo. También lo olvidó.

– ¿Cómo era?

– ¿Diana?

– No, Roc.

– Era precioso, un muñequito regordete con el pelo ensortijado y muy negro y unos ojos oscuros e inteligentes. De todos los hijos de Elena, siempre he pensado que es el más guapo. Se parece a su padre.

Anaíd enrojeció súbitamente y Selene se percató.

– ¿He dicho algo que no tenía que decir?

Anaíd, muy apurada, fingió que el café con leche quemaba.

– No, sigue, es que está muy caliente.

Pero Selene no se dejaba engatusar.

– Me parece que me estás escondiendo algo.

– ¿Yo?

– ¿Qué hay entre tú y Roc?

– Nada -negó con contundencia Anaíd, en absoluto dispuesta a compartir sus penas de amor con su madre.

Selene se retiró de la contienda.

– Vale, vale, no he dicho nada.

– Entonces -continuó Anaíd- fuiste a vivir a Urt porque se lo prometiste a Karen. ¿Es eso?

– Pues sí. Karen tuvo la idea y yo la recogí un tiempo después. Compré la casa yo sola y…, bueno, ahora es toda nuestra; ya no pagamos hipoteca.

– Me alegro.

– ¿De qué?

– De que Karen te diera esa idea. Es mi casa, tengo un sitio donde volver y me parece que no podría vivir sin respirar el oxígeno de mi valle y sin ver mis montañas cada mañana.

– Ahora tendrás que acostumbrarte a cambiar de paisaje más a menudo.

Anaíd se sintió de pronto muy agradecida a Selene y compadeció su infancia itinerante, desenraizada.

– Yo sí que tengo una casa y un pueblo. Y una familia.

Selene se emocionó.

– Eso es justo lo que quería darte.

– Aunque cuando murió la abuela todo cambió.

Selene se entristeció.

– Cierto. El lugar que ocupaba ha quedado vacío. Yo también la echo mucho de menos.

– Y a tía Criselda.

Anaíd removió en su taza.

– ¿Y Deméter era tan seria y tan estricta cuando era joven?

Selene sonrió.

– Más de lo que te imaginas.

Anaíd estaba francamente llena de curiosidad.

– ¿Y cuándo fuiste a vivir a Urt? ¿Cuándo y dónde nací yo? ¿Gunnar fue mi padre?

Selene detuvo su impaciencia.

– Un momento. Antes de que tú nacieras, pasaron muchas, muchas cosas. Déjame pagar y te explico.

4

El destino y el deber

En cuanto regresé de Urt, lo primero que hice fue ir a ver a Gunnar. Lo encontré trabajando la madera con determinación. Sus manos fuertes trataban con una delicadeza extremada la talla de un caballito que se iba perfilando poco a poco. Hablaba con la mirada fija en su tarea, sin distraerse; esquivando el cara a cara conmigo, procurando mantener la distancia de los cuerpos, con la mesa de abedul mediando entre los dos. Su voz denotaba una profunda tristeza mientras me explicaba lo que había sucedido en mi ausencia.

– Meritxell se presentó con una maleta. Me dijo que lo tenía todo preparado para irnos juntos a Islandia, que dejaría los estudios, que no le importaba la dificultad de la lengua, que no añoraría la luz, que no sentiría nostalgia del sol ni del verano.

Yo estaba sin aliento. Mientras yo estaba en Urt constatando el mal de Baalat que yo misma había desencadenado, Meritxell se presentaba en casa de Gunnar dispuesta a acompañarlo al fin del mundo.

– ¿Qué le dijiste?

Gunnar pulió el caballito con esmero. En dos ocasiones estuvo a punto de hablar, pero calló. Yo no me mostré impulsiva, reprimí mi curiosidad, le dejé que buscase las palabras y, aunque no las tenía todas conmigo, me mordí la lengua. Finalmente Gunnar habló:

– Le dije que no la quería.

Suspiré aliviada. Por un momento había imaginado que Gunnar, compadecido por su desesperación, había vuelto con Meritxell. Sin embargo, él no estaba aliviado como yo. Levantó la vista de su trabajo y me reprochó con dureza:

– Ella sabe que hay alguien más.

Quise acercarme a Gunnar y saltar por encima de la mesa, si hacía falta, para consolarlo de su aflicción, pero me detuvo con un gesto de su mano.

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