El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
– Me acabo de colgar de ese chico. Está como un queso.
Anaíd enrojeció como un tomate.
– Me parece… que es Roc, ¿no? -añadió Clodia guiñándole un ojo.
Era Roc.
– ¡Y si no te lo ligas rápido, me lo quedo yo!
Pero Anaíd no era rápida ligando. Estaba tan nerviosa en su fiesta, en su primera fiesta, que se veía obligada a charlar todo el rato, a servir, a hacer de anfitriona, a moverse de aquí para allá y a tener las manos ocupadas. Eludía las sombras y los silencios y apenas salía a la pista de baile.
La fiesta era un éxito. Había marcha, buena música, mogollón de bebidas y buen rollo. La gente bebía, reía, bailaba y algunas parejas comenzaban a perderse por los rincones. Clodia fue a incordiarla.
– ¿Ésa de los pantalones piratas es Marion?
– Sí.
– Pues no le quita el ojo de encima a tu Roc.
– ¿Y a mí, qué?
Anaíd estaba arreglando una fuente de canapés y manoseaba compulsivamente los de foie-gras y queso.
– Lo tuyo es patológico -le susurró Clodia al oído-. Los has cambiado de orden cinco veces. Deja de marear los bocatas y vete con Roc.
Anaíd lo miró a hurtadillas. Como siempre, estaba rodeado de chicas y de amigos. Explicaban algo divertido, reían.
– Está ocupado, ¿no lo ves?
Clodia tomó a Anaíd de la mano y la llevó hasta el rincón donde estaba instalado el equipo de música. Allí, entre los bailes, el sintonizador y centenares de discos, se parapetaba un pringado con tendencias autistas y aparato corrector en los dientes, que miraba la fiesta de lejos.
– ¿Cómo te llamas? -le entró Clodia.
– Jonatan.
– Es un nombre muy bíblico, muy majo. Oye, Jonatan, ¿me podrías llenar un vaso con naranjada y una pizquita de vodka y esperarme ahí, junto al foco?
Jonatan, hipnotizado, fue incapaz de asentir. Simplemente salió volando a cumplir los deseos de Clodia.
– Has ido a saco -se admiró Anaíd.
Pero entonces Clodia, de un manotazo, lanzó todos los compact discs al suelo. Anaíd se enfadó.
– ¿Tú estás tonta? ¿Por qué los tiras?
– Para que te entretengas con algo. Es tu castigo por no saber divertirte.
Y desapareció riéndose y dejando a Anaíd confusa y desconcertada. ¿Se había vuelto loca Clodia? ¿Había bebido alguna poción extraña?
Se agachó con ganas de estrujar el cuello a su amiga y maldijo la hora en que la invitó a su fiesta. Lo único que había podido comprobar es que Clodia continuaba tan simpática y sociable como cuando la conoció, mientras que ella aún miraba la vida desde la barrera, sin atreverse a dar el salto. ¿De dónde sacó las fuerzas para enfrentarse a los peligros de las brujas Odish y liberar a su madre del mundo opaco si luego era incapaz de enfrentarse a ese pánico escénico que sentía en presencia de un chico?
Arrodillada, ofuscada y tanteando el suelo con las manos, buscaba inútilmente el disco de Lorenna MacKennit que tocaba pinchar enseguida cuando el timbre grave de una voz conocida la paralizó.
– Clodia me ha dicho que estás en apuros.
Anaíd levantó la cabeza lentamente y se le fundieron los plomos: a pocos centímetros de su cara, los ojos negros de Roc la inspeccionaban desde la oscuridad. Podía notar su aliento, oía su respiración.
– ¿Qué ha pasado?
Afortunadamente estaba muy oscuro y Roc no pudo darse cuenta de su apuro.
Iba a inventarse alguna excusa convincente pero no hizo falta. Roc se agachó a su lado y comenzó a ayudarla.
– Menudo follón.
– Ha sido un accidente -murmuró Anaíd avergonzándose de su poca imaginación y de lo absurdo que era calificar de «accidente» la caída aparatosa de un centenar de compact disc perfectamente ordenados.
– Un accidente afortunado -pronunció lentamente Roc.
– ¿Afortunado? -repitió tontamente Anaíd sintiéndose doblemente tonta por no entender la indirecta a la primera y por no sentirse lo suficientemente interesante como para ser considerada causa de esa «fortuna».
– Estaba intentando buscar una excusa para estar a solas contigo y… por casualidad… ya la tengo.
Anaíd pensó que Roc estaba hablando con otra persona. Era imposible que Roc hubiese estado urdiendo una estrategia para encontrarse a solas con ella. ¿Por qué? ¿Para qué?
– ¿Y por qué? -preguntó sin caer en la cuenta de que la pregunta en sí entrañaba una cierta dosis de ingenuidad perversa.
Su desconcierto era tan sincero y tan falto de coquetería que Roc lo recibió como un jarro de agua fría.
Anaíd se dio cuenta de que había equivocado el tono y el estilo inmediatamente.
– Quería decirte que te estoy muy agradecido por las clases de Matemáticas -dejó caer Roc con un tono extrañamente formal y protocolario, con frialdad, como si su voz llegase a través de un hilo telefónico.
Se alejó unos centímetros de ella y sus manos ya no se encontraron más.
Anaíd quiso recuperar la intimidad perdida. Esa magia que se truncó por una respuesta equivocada, por esa maldita falta de autoestima suya que invalidaba sus impulsos.
– Me gustó darte clases, lo pasé bien. Me gusta… enseñar… Matemáticas.
Se hubiese pegado una bofetada. Le gustaba Roc. ¿Por qué no se lo decía en lugar de divagar? A la de una, a la de dos… Pero Roc se levantó del suelo y se sacudió las rodilleras de los pantalones. Ahora era imposible decirle nada. Anaíd también se puso en pie. Se quedaron los dos frente a frente, hieráticos, cortados, secos.
– Gracias de todas formas. ¿Cuándo te vas?
– No lo sé.
– ¿Dónde irás?
– Pues… está por decidir.
Anaíd se desesperó. No podía darle ninguna dirección, ninguna fecha, ningún dato. Ni siquiera sabía si lo volvería a ver.
– ¿Qué vas a hacer con el curso?
Anaíd no pudo responder siquiera a esa pregunta tan lógica.
– Lo haré a distancia -improvisó.
– ¿Por Internet? -se interesó Roc.
Anaíd creyó que no comprometía su futuro inmediato si aventuraba esa posibilidad.
– Sí.
Roc sacó un papel de su bolsillo.
– Cuando te conectes para tus ejercicios…, escríbeme y así podré contestarte.
Apuntó su e-mail y se lo entregó.
Anaíd lo recogió de sus manos y lo guardó en su bolsillo. Se encogió de hombros, apurada.
– Te puedo dar mi dirección -balbuceó Anaíd haciendo memoria sobre si era Anaiiid14, o 14Anaiiid. La usaba tan poco…
– No hace falta. Ya me escribirás.
– Pues yo no tengo nada que darte.
– Yo creo que sí.
Anaíd hizo memoria.
– No tengo móvil, ya lo sabes.
Roc dio un paso hacia ella y Anaíd, esa vez, no se movió. Las piernas no la sostenían, y los ojos de Roc, fijos en los suyos, le impedían moverse.
– ¿Me das un beso de despedida?
La fracción de segundo durante la cual Anaíd estuvo pensando sobre lo que debía hacer o decir fue la más larga de su vida.
Pero en ese mismísimo momento, para bien o para mal, un zumbido insistente en su cabeza la hizo reaccionar con una rapidez sorprendente, dar un salto alejándose de Roc y salir corriendo hacia la puerta al tiempo que agitaba la mano disculpándose.
– Hasta luego, ciao, me tengo que ir, te escribiré. Estaba recibiendo una llamada telepática urgente de Selene. Algo sucedía.
Llegó a casa sudorosa y excitada. Los semblantes graves de las mujeres que la esperaban no admitían dilación. Entre Karen, Elena y Valeria la metieron en el coche, le entregaron su vara, su atame y su pentáculo, y duplicaron la protección de su escudo. Selene arrancó inmediatamente.
– ¿Y Apolo?
– No podemos llevárnoslo, Karen cuidará de tu gato.
Partían, se iban, no vería más a Roc ni a Clodia. No había podido despedirse correctamente, ni siquiera había podido besar a Roc, y eso que había estado a punto. Se sentía muy desgraciada. Si ése era su sino, a lo mejor no estaba a la altura de las circunstancias.