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El Desierto De Hielo

Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:

Anaíd debe descender al mundo de los muertos, pero para ello debe irse de Urt, dejando atrás a sus nuevos amigos y a Roc. Se va de viaje con su madre, que le contará toda la historia anterior a su nacimiento: cómo conoció a su padre y todo lo que tuvo que pasar para librarse de la poderosa y sanguinaria Odish que la perseguía: Baalat.
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Mi madre leyó mis pensamientos. Podía hacerlo estando yo presente y cercana a ella.

– Me puse en contacto con tu casa y hablé con Carla. Ella me tranquilizó, me dijo que estabas bien, que las tres estabais bien.

Respiré aliviada. Por un momento había creído que mi madre pasaba de mí. Deméter me tendió un billete de autobús.

– Ahora escúchame, irás a este pueblo: Urt. Interrogarás a la madre del bebé, una loba llamada Elena que es bibliotecaria. Te alojarás en esta dirección y te pondrás en contacto con cuantas Omar pudieron tener relación con el asesinato de la pequeña. Rastrearás todo aquello que consideres importante. ¿De acuerdo?

– De acuerdo -murmuré impresionada por la responsabilidad que me confería.

– Ve pensando en la versión que daremos. No interesa que cunda el pánico en la comunidad.

Sentí miedo. Una noche de cuchillos largos no auguraba nada bueno. No era gratuita.

– ¿Qué pasa? ¿Qué está pasando?

Deméter suspiró.

– Las profecías se están cumpliendo. Las Odish salen a la luz y se preparan para la guerra.

– ¿Qué guerra?

– La guerra que auguró Om en su profecía. La guerra de las brujas, que se iniciará con la llegada de la elegida.

Se me puso la piel de gallina. Nunca había dado la menor importancia a las profecías. Era cierto que se hablaba de la llegada de la elegida, pero siempre me había parecido una leyenda brumosa y lejana.

– ¿Quién es la nueva matriarca de Occidente? -pregunté sin mucho interés.

– Yo -respondió Deméter sin pizca de asomo de satisfacción.

No la felicité, no quise que la noticia del nuevo cargo de mi madre me impresionase lo más mínimo. Con el transcurso de los años se había ido alejando de mí y, si bien lo agradecía, también me dolía.

Deméter me dio dinero y me hizo una última advertencia.

– Piensa una coartada convincente. Recuerda que deberás hablar con mortales.

No me besó, no me despidió agitando la mano a través de la ventanilla. Simplemente desapareció.

Así era Deméter y así había sido mi vida con ella. Cambiábamos de ciudad, de casa, de amigos, de escuela, sin echar raíces en ninguna parte. Siempre huyendo, siempre protegiéndonos de supuestos peligros que nos acechaban. Deméter aparecía y desaparecía y yo me había acostumbrado a crecer junto a una madre fantasma que nunca me demostró su afecto con besos ni caricias. No tenía tiempo.

Me senté en el asiento del autocar y me quedé embobada mirando a través de la ventanilla. Viajé durante horas y horas hacia el norte, hacia las montañas, hacia los picos y los lagos cubiertos de nieve y hielo. El frío se iba haciendo más patente a medida que anochecía. Se colaba por los resquicios de la ventanilla mal cerrada. El viejo autobús renqueaba en las cuestas y derrapaba peligrosamente en los arcenes salpicados de placas de hielo.

Era noche cerrada. Tras haber cambiado de autobús en Jaca, y tomado tan sólo un triste bocadillo y un café con leche, llegué a un sitio llamado Urt, un lugar remoto donde el tiempo se medía por las campanadas de la torre de la iglesia y donde aún no había aparecido ni el teléfono.

Entonces me pareció el fin del mundo. Y lo era. Sin pistas de esquí ni turismo de aventura, nadie se animaba a perderse en aquel pueblecito de casas de piedra y tejados de pizarra donde cuatro viejos conservaban sus vacas y sus ovejas y los jóvenes, menos aún, vagaban a lomos de su tractor como vaqueros solitarios.

¿Una bibliotecaria en aquel lugar?, me pregunté asombrada. Sin embargo, por las chimeneas de las casas habitadas salía un humo de leña acogedor que olía a encina y a tomillo e invitaba a calentarse las manos al abrigo de la lumbre. ¿Cuántos fuegos arderían en Urt? Y mientras bajaba del autocar y recogía mi ligerísimo equipaje, me entretuve en una tarea curiosa: contar los vecinos como se había hecho siempre, por sus fuegos. Las familias eran eso, un fuego crepitante y unas manos extendidas a su alrededor. Lo que se llamaba un hogar. Una olla colgada sobre la lumbre y muchas horas por delante, un largo invierno a veces, para contar historias, leyendas, cuentos, canciones. Sentí nostalgia de lo que nunca había tenido. Un hogar. Una familia. Una casa. A pesar de las apariencias, Urt me sorprendió. Había niños, había vida y el futuro palpitaba en cada una de las piedras milenarias que guardaban los secretos de las invasiones que a lo largo de los siglos habían penetrado en la Península a través de esos puertos pirenaicos.

Las otras Omar que acudieron al entierro y yo misma nos alojamos en un antiguo caserón que había sido residencia de paso del vizconde de la comarca en sus cacerías veraniegas. Su escudo de armas y un pesado portón de madera honraban su ilustre apellido. La casa era hermosa, recia, de altísimos techos, multitud de habitaciones y una enorme cocina decorada con preciosos azulejos, alrededor de cuya mesa nos reunimos la doctora Bauman, su hija Karen, estudiante de Medicina, y una docena de familiares y amigas de Elena que fueron llegando a lo largo de la noche. Todas estábamos desoladas por la pérdida de la niña.

Allí me enteré de las circunstancias del asesinato de la pequeña Diana. Era hija de Elena -a quien yo aún no conocía- y del herrero del pueblo, un joven recio, de anchos hombros y ojos negros como el carbón, con fama de bromista y cariñoso.

Diana acababa de cumplir un mes y Elena estaba loca de alegría con su pequeña, porque una oráculo etrusca le había vaticinado que sólo concebiría niños. Pero al regresar del coven de la noche de Imbolc, encontró a su bebé desangrado y con graves quemaduras, depositado en el mármol de la cocina. El horno de carbón todavía ardía y su hijo mayor, con los ojos abiertos y llenos de horror, velaba a su hermanita en silencio. Era el único testigo del crimen, tenía sólo un año y medio y se llamaba Roc.

La muerte de Diana estaba presente en todas las conversaciones. En otras circunstancias me hubiera derrumbado, pero estaba demasiado enamorada. A medida que me había ido alejando de Gunnar, en lugar de olvidarlo, palpaba su ausencia con tanta intensidad que le echaba de menos en cada bocanada de aire que me llegaba a los pulmones. Me faltaba el oxígeno de sus manos, de sus labios, del susurro de su voz en mi oído, del tacto de su piel en mi piel. Nunca me había sucedido nada igual. Por eso actué con diligencia y procuré cumplir con mi cometido lo antes posible, para poder regresar enseguida junto a Gunnar. Ni siquiera podía telefonearle para decirle que le quería, que me esperase; que cuando regresase me fundiría en un abrazo con él y no me separaría nunca más. Ojalá lo hubiera hecho. Aunque tampoco sé si hubiera podido evitar lo inevitable.

La distancia me había confirmado algo que yo no sabía cuando intercedí por mi amiga. No podía vivir sin Gunnar. Meritxell y la amistad pasaban a un segundo término. Le quería para mí sola.

Hablé con todas las Omar que pude y de todas obtuve el mismo testimonio. Elena, una loba joven -por entonces Elena tenía veintisiete años- vivía casi voluntariamente aislada en las montañas. Había un motivo que yo podía entender: se había enamorado de su marido, el herrero, y se había propuesto afincarse en ese pueblo hubiese o no hubiese otras Omar en las cercanías, libros en la biblioteca ni niños suficientes para leerlos. Ella, entrada en carnes, alegre, rebosante de vida y energía, ya se ocuparía de todo lo demás, incluso de llenar la escuela con sus propios hijos si era necesario. Y así lo hizo. O al menos, entonces comenzó a hacerlo.

Karen fue mi mejor informante. Políglota, viajera, impresionable y de mi edad, estudiaba primero de Medicina y Diana había sido su primer caso de estudio. Karen mostraba un gran interés por la ciencia médica y por las tradiciones de las Omar. Enseguida se me ocurrió que hubiera sido una hija perfecta para mi madre. Era obediente, discreta, estudiosa y sobre todo una bruja militante. Se quedó horrorizada al saber que yo había preferido ir de fiesta de Carnaval antes que celebrar la noche de Imbolc con los clanes.

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